Las (más) caras nuestras de cada día

Hace tiempo, los franceses G. Allard y P. Lefort realizaron un extenso artículo de corte antropológico sobre las máscaras. En ese trabajo teorizaban sobre diferentes categorías que iban desde el nivel de la metamorfosis hasta las que «disimulan», pasando por las que pretenden generar temor en quien las visualiza. Utilizadas tanto para la catarsis como para ocultar la verdadera identidad del usuario, la máscara -en forma emblemática- posee diversas connotaciones que van desde la representación de alguna divinidad hasta la proyección de una faceta alternativa y simbólica. En este caso, curiosamente, el uso de la máscara también puede descubrir más de lo que tapa. Aquí no importaría la verdadera identidad que se oculta debajo del antifaz sino lo que se pretende proyectar al mundo exterior, a través de una faceta que contiene un mensaje público. Estamos hablando, por supuesto, de tendencias inconscientes que afloran en ese rostro artificial que oculta el rostro natural.

En plena especulación teórica podríamos suponer que el usuario se disfraza y asume las características de otro, a la vez que hace emerger posibles secretos del subconsciente (¿deseos reprimidos?, ¿espíritu lúdico?). Claro, no es lo mismo ponerse una careta del Pato Donald que usar una de Frankenstein pero más allá de este ejemplo grosero, existen diversas posibilidades de lectura que pueden ir del ridículo hasta lo demoníaco (como ocurre con las máscaras del Teatro de Bali). El ensayista Hans Biedermann, en su Diccionario de símbolos, afirma lo siguiente: «El que se pone una máscara se siente interiormente transformado y en ese tiempo, asume las cualidades del ser (un dios, demonio o genio) que representa». En contrapartida, la máscara también sirve como barrera que impide ver lo que avergüenza, repugna y/o aterroriza (como el caso de El fantasma de la ópera de Gaston Leroux). Aquí, la monstruosidad se sublima a través de un ocultamiento estilizado que sugiere otra cosa; un desvío sugerente que intriga y funciona como disparador para la imaginación: el que observa se pregunta ¿qué hay detrás? Y presupone.

 

Sacate la mascarita que te quiero conocer

Hay ejemplos para todos los gustos: figurativas y no figurativas, mascaritas carnavaleras, rostros estereotipados de la tragedia griega, máscaras protectoras, zoomóficas, e incluso mortuorias. Su nombre, aparentemente, encuentra resonancias tanto en la voz provenzal «masca» (referido a hechicera) como en la palabra árabe «mashara» (algo así como payaso o bufón). Se asocian con la magia, con lo litúrgico y -según Jean Pierre Vernant, otro erudito francés- provocan «la evanescencia de la real personalidad y, sobre los umbrales del anonimato, abren las puertas de la denuncia o de la insidia, de la humorada o el sarcasmo, del disparate o del insulto». Esto parece significar que, detrás de la máscara el personaje anónimo se siente fuerte y capaz de criticar abiertamente (no debemos olvidar que los murgueros, por ejemplo, también disimulan su verdad era faz tras la pinturita).

Algo similar pensaba Bob Kane, el creador de Batman cuando, reflexionando sobre su personaje enmascarado, llegó a decir en una entrevista que «el antifaz hacía al protagonista mucho más valeroso: el mundo no puede verlo pero él lo ve todo». Pero si volvemos al ejemplo del Carnaval resulta claro que, al disfrazarse, el ser humano se desinhibe (la timidez desaparece tras la metamorfosis artificial) y envalentonado en el anonimato puede dejar de lado las reglas de urbanidad en un singular estallido catártico. (No hay que olvidar lo interesante que se ponen algunos bailes de máscaras y no sólo los de Hallowen). Todas estas reflexiones simplonas sobre máscaras y mascaritas no deberían dejar de lado el verdadero semblante que se esconde tras el tocado porque, muchas veces, la propia faz puede transformarse en careta impenetrable que impide advertir sentires y pensamientos. También se habla de personas con dos caras como sinónimo de falsedad y muchos recuerdan a Jano, la divinidad de dos facetas que, en realidad, no representaba la hipocresía sino la ambigüedad del ser y el devenir, todo lo bueno y lo malo que depara la vida en su tránsito por este mundo. Jano, de alguna manera, significaba esa dualidad cíclica de principio y destrucción y no la fallutería. De todas formas, alguien puede pensar que mucha gente lleva la careta puesta desde siempre. O que no la necesita porque posee un sólido rostro de piedra. Pero ese es otro tema. *

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