Museo Gulbenkian, un museo a escala humana
Inaugurado en 1969 y actualizado en los conceptos museográficos y sistemas técnicos entre 1999 y 2001, el Museo Gulbenkian de Lisboa, despliega parte de una colección de 7000 obras, pacientemente acumulada por el magnate Calouste S. Gulbenkian, reveladora del gusto exigente y sensual del coleccionador, ecléctico y sin interés científico por los diferentes períodos históricos. Y para no desmentir su sensibilidad armenia, del placer visual y táctil por los objetos artísticos de Oriente y Occidente, conformó un registro desde el lejano Egipto hasta el impresionismo del siglo XIX. Un recorrido que su fundador no llegó a conocer pero del cual quedaría altamente satisfecho, aunque lo disfrutó en su palacio de la avenida Iena de París, última residencia antes de anclar en su morada lisboeta. Tuvo asesores, claro, de cada época aunque era él a tomar la decisión definitiva. Por eso delineó, con refinamiento, obras de indudable valor artístico, sin demorarse en trabajos menores o secundarios.
Un hilo conductor revela el sólido temperamento selectivo que atraviesa la colección. Desde las esculturas egipcias dos milenios antes de Cristo (Cabeza del faraón Sesostris), una enorme cerámica griega de figuras rojas sobre fondo negro, del siglo V a. C. con dos bandas decorativas de escenas mitológicas y un dibujo leve y rítmico, rodeado de medallas griegas y romanas dispuestas sobre gruesos vidrios inclinados que conducen a un bajo relieve asirio de alabastro proveniente de Nimrud, un genio alado con la característica barba mesopotámica para desembocar en la fantástica sala de Oriente Islámico con paneles de azulejos, cerámicas, alfombras, tejidos, trajes, libros ilustrados, vidrios dorados y esmaltados (lámparas de mezquitas) procedentes de Persia, Turquía, Siria y la India, de una encandilante hermosura. Es una zona muy elocuente en su deslumbrante diversidad de formas, colores y texturas que se enlazan con los marfiles bizantinos y los libros de horas holandeses. Y las salas de China y Japón, fundamentalmente cerámica.
La pintura europea, de los siglos XV al XVII, registra cuadros de la escuela flamenca (Roger van del Weyden, Dierk Bouts, un sensacional Rubens con Retrato de Helena Fourment)), alemana (Lochner), italiana (Ghirlandaio, Carpaccio) holandesa (dos maravillosos Rembrandt que se destacan en el aniversario de su nacimiento), van pautando medallas de Pisano y tapices de Giulio Romano, la atmósfera epocal. Que estalla en el siglo siguiente con la suntuosidad de muebles, relojes, platería (Germain, Durant), todo exhibido con enorme simplificación y sobriedad.
Los siglos XVIII y XIX continúan esa línea hedonística con el Retrato de Mrs.Lowndes-Stone de Gainsborough, Naufragio de un carguero de Turner, y culmina en Espejo de Venus de Edward Burne Jones, para citar algunos de los numerosos pintores ingleses representados. Que compiten con la veintena de Guardi, Hubert Robert, Fragonard y Corot y concluir el recorrido con la Escuela de Barbizón y los impresionistas (recordable El deshielo de Monet, Globos de jabón de Manet), Degas, Renoir. Antes de salir, una sala dedicada a las joyas de René Lalique (pectorales, diademas, pulseras) en el más puro estilo Art Nouveau, con sus interminables ondulaciones de oro, esmalte, amatista, vidrio, marfil, topacio, que atrapan pérfidas imágenes de pavos reales y mariposas. Junto a un espejo enmarcado por dos víboras enfrentadas, el museo despide al visitante. Lo importante es destacar que cada sala tiene su propio clima (color de las paredes, distribución de los objetos) e iluminación, dialoga con la naturaleza circundante para el necesario disfrute tranquilo y reflexivo. Un museo para volver, ajeno a las apabullantes grandiosidades del Louvre o el Metropolitan y a los ejércitos de turistas, esos insectos felices. Un museo a escala humana. *
(Segunda de una serie de notas sobre un viaje a España y Portugal)
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