Los filmes de un cineasta rebelde
Sin embargo debió pasar bastante tiempo para que Seijun Suzuki, que nació en 1923 y ha realizado cincuenta y seis películas desde 1956, se convirtiera en un cineasta de culto, reconocido internacionalmente por el modo como subvirtió desde adentro al rígido sistema de estudios del cine japonés, cuestionando los estereotipos y utilizando los géneros como campos de experimentación visual.
Entre los años 1956 y 1967 Suzuki realizó más de cuarenta películas para la empresa Nikkatsu, generalmente realizaciones de bajo presupuesto ancladas en géneros preestablecidos (policiales violentos, comedias, filmes de guerra, películas de yakuzas, melodramas con prostitutas), que solían exhibirse como complemento de películas más prestigiosas en las salas de la compañía. A un promedio de tres o cuatro películas al año, Suzuki comenzó a encontrar empero la forma de hacerlas más interesantes, lo que (según el crítico Tony Rayns) implicaba «intensificar lo que ya estaba disponible en el guión: utilizar una puesta en escena e iluminación de origen teatral, mostrar la acción desde ángulos excéntricos, destacar los detalles más inesperados, elevar el nivel del humor absurdo».
En palabras del especialista en arte oriental Scott Burgeson, «de la misma manera en que los tradicionales grabados en madera japoneses eran producidos industrialmente como posters comerciales, y que solamente fueron reconocidos como obras de arte mucho tiempo después, los filmes de Suzuki son un verdadero triunfo del estilo y la forma por sobre las restrictivas condiciones en las que fueron producidos».
El ciclo que se puede ver en la Sala Dos de Cinemateca reúne diez películas de Suzuki, entre ellas ocho de las que hizo para la Nikkatsu. Las dos últimas, en cambio, pertenecen a su «período tardío»: dos de los tres filmes de la llamada Trilogía de Taisho, realizada en los años ochenta y principios de los noventa, que exhiben una libertad creativa impensada en su período industrial. Un descubrimiento, que se presenta gracias a la colaboración de la Embajada de Japón en el Uruguay.
Detalles de la programación
– Bureau de detective 23: Váyanse al infierno, bastardos (Tantei jimusho 23: Kutabare akuto-domo). Japón 1963. Detective nipón infiltra una organización de traficantes de armas. Un esquema clásico de cine policial es minuciosamente desarticulado por Suzuki mediante un estilo de ruptura, que anticipa delirios visuales y narrativos del cine japonés posterior. (Hoy).
– El vagabundo de Kanto (Kanto Mushuku). Japón 1963. Uno de los filmes fundamentales de Suzuki: fiel a códigos ancestrales, un yakuza intentará llevar una vida según las viejas tradiciones, algo nada sencillo en un mundo moderno donde el honor no parece tener un lugar. (julio 20 y 21).
– El joven rebelde (Akutaro). Japón 1965. Melodrama clásico sobre los problemas de una joven pareja, sobre el fondo social de un Japón, militarista y violento, según novela famosa (y autobiográfica) de Kon Toko. En un contexto represivo, la adúltera es una heroína y la ruptura de los lazos matrimoniales una historia de foragidos (julio 22 y 23).
– El tatuaje del dragón blanco (Irezumi ichidai). Japón 1965. Un mando medio de la yakuza es traicionado por sus jefes, y huye a Manchuria con un hermano. Intentan llevar una vida pacífica, pero el pasado los persigue. Entre la violencia y la parodia, su secuencia final fue motivo de homenaje por Tarantino en Kill Bill (julio 24 y 25).
– Historia de una prostituta (Shunpu den) Japón 1965. Prostituta japonesa en el frente de Manchuria, durante la Segunda Guerra Mundial, establece una particular relación con dos de sus clientes.
La historia de un amor trágico que le sirve a Suzuki para ironizar, con mucho sarcasmo, sobre la gloria guerrera y el sacrificio por la patria (julio 27 y 28).
– Carmen de Kawachi (Kawachi Karumen) Japón 1966. Versión muy libre de la Carmen de Bizet, con ambientación japonesa y un melodrama que conduce a la protagonista desde la escuela secundaria donde la violaron hasta el triunfo en el cabaret y el destino de «rompecorazones». Suzuki combina el blanco y negro y el color, con deliberado efecto expresivo (julio 29 y 30).
– Elegía de la violencia (Kenka erejii). Japón 1966. Japón, años treinta. Un joven estudiante enamorado de una chica católica canaliza sus insatisfacciones sexuales a través de la violencia pandillera. Con sarcasmo, violencia y un humor subversivo, Suzuki cuestiona la educación de un fascista (julio 31, agosto 1º).
– Kageroza (Kageroza). Japón 1981. Segunda entrega de una trilogía ubicada en el período Taisho (1912-1926), en el que chocaron la modernidad y el creciente militarismo. Suzuki cuenta sobre un escritor, su mentor y dos mujeres, una de ellas tal vez un fantasma. El director rompe las estructuras narrativas y apuesta a la deliberada teatralidad de las imágenes (agosto 3 y 4).
– Yumeji (Yumeji). Japón 1991. Una historia de fantasmas, y una fantasía en torno a un personaje real, el artista plástico y poeta Yumeji Takehisa (1884-1934). Una vez más, el período Taisho sirve de fondo a un despliegue que incluye el anarquismo idealista, el activismo romántico, el delirio narrativo y la búsqueda de la libertad (agosto 5 y 6).
El fin de semana pasado se exhibió Bastardos luchadores (Kutabare Gurentai). Japón 1962. *
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