El voyeurismo monstruoso de Verhoeven
Raúl Forlán Lamarque
El científico Sebastian Caine (Kevin Bacon), en su primera aparición en cuadro, se distrae por un momento de sus preocupaciones esenciales para mirar cómo una mujer del edificio de enfrente comienza a desvestirse. El hombre pierde compostura, llega a excitarse hasta que la muchacha baja las persianas y Caine vuelve a su obsesión profesional.
Paul Verhoeven, el realizador de filmes tan importantes como El vengador del futuro o la primera de la saga de Robocop y hasta la polémica Bajos Instintos, siempre fue un individuo que ha indagado en el comportamiento de sus iguales en circunstancias disímiles, pero en donde la idea de poder y la naturaleza sexual con sus despliegues predominan en su discurso cinematográfico. Lo siguió procurando en Showgirls, pero el asunto fue tremendamente fallido.
Es parte de sus obsesiones últimas, y por supuesto no están ausentes sino potenciadas en su nuevo largometraje El hombre sin sombra (Hollow Man), donde un genio de la ciencia que se siente Dios puede llegar a niveles extraordinarios de demencia con tal de conseguir lo que desea y provocar, en su suceder megalómano, una catástrofe y una secuencia de muertes con tal de preservar ese don de haberle vuelto invisible, algo tan perfecto para un voyeur y para que a cada paso, a cada gestión personal siente inflamarse de un poder –para sus objetivos– que no podrán quitárselo.
Los efectos especiales, en este caso, poseen un rendimiento excepcional, sobre todo cuando se prueba volver visible a un animal o, finalmente, por la contraria, cuando Caine (vaya apellido) esquivando su informe a las más altas autoridades militares del Pentágono, decide exponerse como conejillo de Indias ante la negativa primaria de sus colegas (Elisabeth Shue, Josh Brolin y Kim Dickens).
Claro que sus argumentos serán tan persuasivos que Caine (Bacon) devendrá invisible y, desde luego, se sentirá Dios, dueño de las obsesiones más pequeñas hasta el cruce devastador de la frontera de la razón donde el científico y el voyeur se transforman en un alien a cazar por su propio staff de colaboradores.
Verhoeven, en su relato, no hace otra cosa que reflexionar con el transcurso propio de la acción dramática, además de promover una serie de homenajes a títulos que van desde La Mosca a Darkman e incluso hasta Alien en su tenso epílogo y en su formulación narrativa.
De la gloria al patetismo transcurre esa criatura que llega desde Wells y que, para hacerse un tanto visible en esta modernidad cinematográfica, se coloca una máscara de látex y anteojos negros y vuela en su Posche plateado sintiéndose que el mundo es suyo.
Todos somos voyeurs, todos poseemos y lidiamos con nuestros demonios interiores, todos somos tentados por ráfagas de megalomanía, parece sugerir con amplificada lente crítica Paul Verhoeven, aunque no todos llevamos a Caine encima de nuestras almas.
El filme posee sus méritos por la impresionante aplicación de los efectos visuales y sonoros, por una trama que si bien llega a decaer, sobre el final trepa sus decibeles de intensidad y mantiene a los espectadores atados a sus butacas. Ha vuelto Verhoeven mucho más ajustado, con sus habituales excesos y su talento que se desparrama como Caine, pero que merece verse.
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