Un paisaje humano hecho de silencios y de reticencias
Tras su incursión en el largo de ficción, a partir de una novela de Henry Trujillo, en La espera, Aldo Garay vuelve aquí a su primer amor, el documental, abundantemente practicado en trabajos previos como Yo, la más tremendo, Bichuchi o numerosos trabajos para TV Ciudad. Con la misma atención a la realidad humana que ha caracterizado a esos empeños anteriores (no necesariamente histórica o social: Garay ha dicho alguna vez que lo que le interesa es la gente, y si el filmado miente esa mentira forma parte, de todos modos, de la realidad), el realizador vuelve aquí a un tema uruguayo y mundial, la despoblación del campo, el cuadro agónico de los pequeños caseríos del interior, para el caso Quebracho, sin un centro ni una plaza principal, ni siquiera una iglesia. Como muchas otras concentraciones humanas de esas características, es posible que Quebracho deje de existir en un momento u otro. Para el futuro quedará este registro sociológico y humano que Garay lleva a cabo con su inquisitiva cámara, relevando personajes y ambientes, descubriendo (y reivindicando) la diversidad y la experiencia de vivir. Lo curioso de todo es que ese no era el plan. Garay quería hacer un documental sobre la campaña electoral de 2004, y eligió Quebracho, para descubrir después que esa campaña apenas llegaba al pueblo: la gente estaba, sensatamente, para cualquier otra cosa. El director declara que el único discurso que escuchó fue el mismo que se oye a muchos montevideanos: «Estamos cansados de que vengan y nos prometan y luego desaparezcan». Entonces se olvidó de la política y se puso a observar a la gente. Gente que habla poco, además: hubo alguien incluso que se hacía filmar sin decir una palabra, y Garay siguió adelante con la cámara.
El propio director define el resultado como «un retrato, y más aún un relato», centrado en una serie de pobladores de un lugar que está desapareciendo. ¿Una visión pesimista? El cineasta lo discute: no hay un lamento, afirma, o por lo menos «no lo puse en la película». Lo que puso es, en todo caso, la pintura de un ambiente y unos personajes, un paisaje humano hecho de silencios y reticencias, la constancia del paso del tiempo y la finitud. *
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