Dos propuestas colectivas
Soberbia y pasión, en el Centro Municipal de Exposiciones, es la más significativa. La curadora Jacqueline Lacasa desplegó una formidable tarea, con entusiasmo y profesionalismo. Trabajó muy de cerca con los artistas elegidos, intercambiaron ideas durante seis meses y el resultado es muy alentador. El cuidado montaje valoriza los trabajos en lugares suficientes, sin incomodarse, salvo en el caso sonoro al interferir los audios de los videos en un local que todavía no lo ha podido resolver de manera satisfactoria. Con escaso presupuesto se logró un conjunto atractivo y de fuerte impacto visual.
Lacasa distribuyó, borgianamente, a los veintiséis artistas en cuatro apartados: batallas, regresos, sacrificios, búsqueda, si bien esa división no incide en la lectura general. Con pertinentes textos de pared (no todo el público accede al catálogo) se facilita la comprensión de la propuesta y de cada obra. Hay inventivas felices: Sergio Porro, en primer lugar, en un ascendente proceso de dominio técnico (ya demostrado en Dispersiones y Absorciones) en encuentros inesperados de citaciones alejadas en el tiempo, de carácter surrealista (Snoopy- Marat-David, la historieta y una pintura clásica), tiñendo la composición de una sensualidad no exenta de erotismo, con su pizca irónica. Hay un pintor imaginativo a tener en cuenta. Todo lo contrario sucede con Rulfo. Al pretender corregir Las señoritas de Aviñón, por «mal construida» hizo una intervención de la tela fundadora del cubismo y «simplemente la mejoré, ni más ni menos», según escribe en el catálogo, en la más perfecta encarnación de soberbia provinciana.
Los videastas están muy bien (Enrique Aguerre, Federico Aguerre, Alejandro Albertti, Castagno-Delgado), un quinteto familiarizado con la tecnología que satisface la sensibilidad de comunicación actual. Mario D´Angelo disimula su siempre fuerte apuesta personal en un collage fotográfico de compleja lectura. Un video registra el tatuaje de Cecilia Mattos en su pantorrilla con una pintura de ella misma, el día de inauguración, Alicia Ubilla en un finísimo entramado de 500 plegados restablece su delicado estilo del mal paso en Dispersiones. Algo similar ocurre con Ernesto Vila, con relación a la unipersonal reciente en el Goethe Institut, y de Mariana Duarte en la Alianza Francesa. Sergio Meirana echa una mirada sardónica a los oscarizables de Hollywood desde un mirador resuelto con habilidad. Más que enumerar las características de los restantes participantes, con desniveles que no llegan a enturbiar la totalidad, es que el visitante asuma la diversidad como un ingrediente de la situación actual y más allá de la temática.
Absorciones, en el Centro Cultural MEC, convoca a pintores de diferentes generaciones, algunos más (re)conocidos que otros. Es una propuesta pictórica convencional, cuyo nexo es el empleo del negro (no siempre visible ni dominante) donde se exalta la sensibilidad, lo emotivo y la expresividad que provienen de las telas. Quizá, para confirmar la existencia o permanencia de la pintura, como se desprende de los textos de pared, pues el catálogo, con errores de impresión, extensísimo y en letra chiquitita no estimula su lectura. En ese sentido se destacan Eduardo Cardozo, Sergio Porro, otra vez el más singular, Gustavo Tabares, Juan Pedro Paz, Diego Píriz en narrativa historietística de continuidad más lograda, los sutiles acordes románticos de Diego Focaccio, Javier Bassi y Martín Pelenur, la firme composición de Marcelo Legrand y la contrastante de Gabriel Regal.
La sala del MEC amplió su espacio, ahora enorme, y con las futuras modificaciones, ampliaciones y mejoras que se avecinan, se convertirá en un centro polivalente o una suerte de foro juvenil permanente, según se desprende de conversaciones informales con Luis Mardones y Federico Arnaud, y en conexión con la también pensada reestructura de la Sala Vaz Ferreira, un lugar de encuentro, de discusión, de formación e información que Montevideo reclama. Para recuperar el diálogo interrumpido por la dictadura. *
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