El mundo de Verónica Perrota

Quemadura china, en el teatro de Agadu

Para encontrar alguna semejanza tendríamos que remontarnos a Beckett, salvando las distancias y a Brian di Palma, salvando los géneros. Hay una similar concentración de escritura, análoga y desconcertante objetividad, una parecida apariencia de ingenuidad que se revela finalmente el producto de una organización refinada y de un método invariable.

De inmediato «Quemadura china» nos sitúa en la atmósfera de la pieza anterior de Perrotta, «¿Qué pasó con b.n.?». De nuevo estuvimos en la intimidad del enigma, apenas velado bajo la apariencia de lo inmediato, de nuevo sentimos una opresiva angustia; una vez más, a partir de situaciones poco frecuentes, que sin embargo asimilamos de inmediato como si pertenecieran a lo cotidiano, vimos nuestra vida desde un ángulo muy oblicuo que parecía sorprendernos con nuestra misma existencia; tuvimos ante nosotros las manifestaciones de una poderosa imaginación que no se dejó tentar, en lo más mínimo, por el mundo de la fantasía.

Muestra además la autora la más pulcra simplicidad en el decir, que le alcanza y le sobra para dibujar el mapa completo de su mundo; exhibe un lenguaje seguro de sí mismo como si hubiera pasado, antes de escribir la primera línea y sobre la sonrisa del gato de Cheshire, al otro lado del espejo. Nos llega a partir de esta sencillez una clara sensación de irrealidad; pero también una no menos intensa sensación de realidad. Perrotta propone un mundo nuevo, pequeño y perfecto, de difícil ubicación, tal vez cerrado sobre sí mismo y de difícil acceso, pero trabajado artesanalmente en todos sus detalles y analizado hasta el fin sin que llegue a agotarse su misterio.

Los actores se han compenetrado del espíritu e intenciones de la autora y directora, con lo que «Quemadura china» configura un espectáculo impar en nuestro medio. *

QUEMADURA CHINA, de Verónica Perrotta, con Fabiana García y Gabriel Macció Pastorini. Espacio escénico de Roberto Cancro, vestuario de Victoria Esquivel, música de Maximiliano Silveira, iluminación de Sebastián Bednarik, dirección de Verónica Perrotta. En Teatro de Agadu.

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