Movida nipona con talleres y representación de Bunraku

Títeres a la japonesa

Otras muestras de cultura japonesa son: la semana de nuevo cine japonés que hoy proyecta Kid Return del premiado Takeshi Kitano, el jardín típico armado en la Expo Prado, el stand en la Feria del Libro y una exposición de bonsai en el mismo MEC.

Antes hubo una muestra de nueva arquitectura y un ciclo de documentales. A partir del viernes 29 una exposición de ikebana en el MEC y en octubre cursos de origami (papel plegado) para niños, de cocina tradicional y un certamen de idioma. El grupo Koryu Nishikawa, es heredero de una tradición familiar de una variedad de los espectáculos de títeres japoneses (bunraku) en la que cada muñeco es accionado por un solo titiritero con auxilio de una especie de carrito.

El taller de hoy se repetirá mañana a las 11 en la Casa de la Cultura de Maldonado. El espectáculo del lunes comienza, como es tradicional, con una invocación bailada, muestra de habilidad y dos piezas tradicionales; una humorística, otra fantástica y de amor. Sin embargo, la compañía ha incluido piezas modernas en su repertorio.

El Bunraku

Luego de largas guerras civiles, el Japón se estabilizó y conoció una bonanza en la era Genroku (1680-1704), que consolidó una clase burguesa con ideales y gustos lejanos al ascetismo de los nobles guerreros zen.

Del teatro japonés se tiene más noticia del parco Noh, de inspiración zen y el colorido Kabuki, de orígenes más o menos prostibularios. Pero al mismo tiempo en que el kabuki se asentaba en Edo (Tokio), en Osaka ganaba popularidad el bunraku, un teatro de títeres.

En su origen está el romance joruri, una copla surgida a principios del siglo XVI, que pronto se juntó con instrumento de tres cuerdas originario de Okinawa, el guidayu-shamisen. El más grande dramaturgo de joruri, cuya popularidad incluia el hecho de que contaba escándalos amorosos del momento, fue Chikamatsu Monzaemon (1653-1724).

Ya en esa época se empezó a acompañar los recitados dramáticos con el aporte de titiriteros ambulantes kugutsu. Pero, unos diez años después de la muerte de Monzaemon, los muñecos evolucionaron hasta el preciosismo y tomaron primacía en el nuevo género que se llamó bunraku.

El arte está en la coordinación. Primero entre los tres titiriteros mudos que manejan los muñecos tradicionales (de un metro de alto), el principal mueve la cabeza y la mano derecha; un ayudante, con palancas, la derecha; el otro la izquierda. También entre el movimiento de los muñecos y el de los titiriteros.

Luego, entre éstos y el relator, que cambia la voz para las partes narradas y los distintos personajes, y con el tocador de shamisen, que marca los tiempos de todos y de a ratos profiere gritos cortos y gruñidos para marcar ciertos puntos en el ritmo.

Los japoneses consideran que los muñecos pueden ser superiores a los actores; expresan sentimientos puros porque no tienen ningún conflicto emocional interior. Además, pueden evocar un amplio rango de «emociones no inhibidas», que pueden exagerarse sin resultar artificiales.

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