Roma no está más en Roma

Titus Andronicus, por la Comedia Nacional

A un lado hay una mesa metálica cuyo fin dentro de la fábrica no es claro; al fin cae una pesadas cortina metálica, cuyo significado, denso sin duda, se nos escapa. La acción sucede en Roma, en sus calles, en una plaza y ante un palacio, en una llanura cercana, en la casa y en los jardines de Tito, en varias partes de un bosque: todo está representado por la ingrata armazón metálica, que nada dice y poco se usa.

Tal vez un director imaginativo, que empleara con variedad e ingenio la iluminación, pudo salvar la empresa; pero Levón concibe una puesta en escena tan arbitraria y caprichosa que casi no puede juzgársela. Es imposible encontrar en ella un plan o una idea, y parecería que el actor ha envuelto su idea en tantos y tan disímiles detalles como para que nadie tenga una pista de lo que se propuso… si es que se propuso algo. Dejemos aparte el enigma de la escenografía. El vestuario no es ni el propio de los romanos del siglo IV AC, ni el actual: es los dos a la vez. Trajes cruzados y sacos sport para algunos hombres; para otros trajes modernos con togas rojas, que serían romanas, por encima; para algunos charreteras del siglo XIX; otro está semidesnudo; para Tito Andrónico (Jorge Bolani) hay una vestimenta de guerrero medieval. Gloria Demassi (Tamora) lleva un elegante vestido negro, pero Andrea Davidovics (Lavinia) lleva la peor parte: la hija de Tito Andrónico, que debería recibir a su padre, héroe de guerra, vestida de fiesta, está cubierta, más que vestida, con una feísima túnica, que le cuelga de los hombros. En ninguna parte hay el menor asomo de coherencia o sentido.

El director se ha sentido en la obligación de modificar el texto; pero no lo ha hecho para subrayar un sentido, ni para indicar otro, ni para mostrar una idea: lo ha hecho para desconcertarnos. No otra explicación podemos encontrar a la incómoda circunstancia de que oímos hablar en latín (aunque el original contiene algunos fragmentos) que ni siquiera un ex monaguillo puede entender, y en otro idioma que nuestros escasos conocimientos nos hacen identificar como alemán, lengua que tampoco está al alcance de la mayoría de nuestro público. Si se trató de avisarnos que los romanos hablaban latín y los «godos» alemán, ignoramos el sentido de esta enseñanza.

Sobra el insoportable payaso que hace Jaime Yavitz bajo un atuendo más intolerable todavía, para peor debido a un no menos intolerable error de traducción: «clown», en «Titus Andronicus» es «campesino» y no «payaso»; el espectador verá que tiene en sus manos y hace cosas de hombre de campo, no de circo. Aun el título, «Titus Andronicus», sin castellanizar, nos parece vacua pedantería. No hablamos de Julius Késar sino de Julio César ni llamamos Kíkero a Cicerón.

Se supone que el director muestra su arte en las modificaciones del texto. La primera, inmediata de ver, es muy difícil de impugnar: los personajes, cuando no los altera el afán políglota, hablan en prosa española; pero «Tito Andrónico» está escrita en verso. Se dirá, prosa o verso, qué más da. Craso error. El verso de Shakespeare y las metáforas e imágenes en cadena que obran en el texto original aligeran y contrastan el terrible argumento con la gracia del ritmo; la prosa empleada, que es muy pobre, deja caer la obra y le impide remontar vuelo. Pero aunque disponemos de poetas que podrían haber traducido a «Titus Andronicus» en verso (y recordamos la versión de «Crimen en la catedral» de T.S. Eliot por Idea Vilariño). Un poco más grave es el aditamento gratuito de tres escenas de sexo, dos de las cuales son violaciones. Es conocida la dificultad, para nosotros invencible, de nuestros actores para representar relaciones sexuales en escena. La violación de Lavinia, que es virgen, sucede sin un grito. Casi parece un ejercicio de gimnasia. Estamos viendo algo atroz, donde se mezclan el sadismo, el odio, la venganza: no lo sentimos.

Hay también graves desfiguraciones. Si no contamos mal, hay en «Titus Andronicus» doce homicidios. Las víctimas son Alarbo, muerto por los hijos de Tito, Bassiano (muerto por Demetrio y Chirón, los hijos de Tamora), Marcio y Quinto, hijos de Titus, ejecutados por Roma como culpables de la muerte de Bassiano), la Nodriza, muerta por Aarón (y no contamos a la partera, cuyo asesinato se anuncia inevitable). Tito mata a Demetrio y Chirón, a sus hijos Lavinia y Mucio y a la emperatriz Tamora, cuyo cuerpo será pasto de aves de rapiña; Tito, es muerto por Saturnino y éste por Lucio. Falta la muerte, decretada en el último acto, de Aarón, que será semienterrado hasta que enloquezca y muera de hambre. Hay tres manos y dos cabezas cortadas, y a la emperatriz se le sirve un pastel, del que come, hecho con la carne de sus hijos. ¡Sin duda Shakespeare aventaja por mucho a su pacato admirador, Peter Greenaway! Todas estas muertes suceden en esta versión; pero están sanitizadas, reducidas a gestos alusivos, a amagues, a cuerpos que caen (y que pronto se levantan, como si aquello no fuera nada). No hay dolor ni valor; no hay crueldad ni angustia; no hay sangre, ni gritos, ni lágrimas. La muerte en «Tito Andrónico» es cosa de nada. No es muertes; Thanatos no osa decir su nombre. La breve carta de Flaubert a Maxime Du Camp en ocasión de la muerte de su hermana, recatada y sobria como es, resulta mucho más conmovedora que todo este dispendio de muertes al por mayor.

Todo este río de sangre y dolor, todo este horror debió tener un sentido. La obra es esencialmente una contraposición entre el virtuoso Tito Andronico, magnánimo y generoso, que se niega a ser emperador pero que muy a su pesar se ve envuelto en un remolino de muerte, y Aarón (Lucio Hernández), que hace un culto del mal y que, enfrentado a la muerte sólo se arrepiente de no haber sido más perverso. Es un binomio bien   mal, con los infortunios de la virtud, ya que no con los premios al vicio, que merece figurar como un antecedente del ulterior Justine   Juliette, del marqués de Sade. La pieza debió despedir resplandores del Averno; todo sucede, en cambio, en medio de una luz uniforme y benigna donde Tito se corta una mano con el talante vagamente ausente con que enfrentaría una sesión de manicura.

Pero todavía hay algo peor, que es la paupérrima construcción y resolución de las escenas. Ni se prepara bien la acción, ni se realiza verosímilmente, ni se finaliza con claridad. La obra comienza con un desatentado divagar de los personajes por todo el escenario que nos recordó la desdichada «La hora en que no sabíamos los unos de los otros». Hay entre escenas infinidad de tiempos muertos, cuyo efecto inmediato es privar de continuidad a la acción y generar fatiga en el espectador; los personajes se hablan a distancia, y no por prudencia, sino para ocupar todo el espacio, como si hubiera una ley que así lo ordenara y van de un lado para el otro sin que hayamos podido adivinar qué significado se le asigna a tales desplazamientos.

La interpretación es todo lo buena que puede esperarse de los actores de la Comedia Nacional. Jorge Bolani como Tito Andrónico hace su papel correctamente, pero sin pasión; Juan Carlos Worobiov es convincente, pero el personaje es un tanto unidimensional y no le permite desplegar sus cualidades; sólo en Lucio Hernández encontramos al espíritu de Shakespeare, a Roma y a lo poco que queda de la obra. *

TITUS ANDRONICUS, de William Shakespeare, versión de Levón, por la Comedia Nacional. Con Daniel Spinno Lara, Mario Ferreira, Jorge Bolani, Juan Worobiov, Andrea Davidovics, Oscar Serra, Fabricio Galbiati, Diego Arbelo, Miguel Pinto, Leandro Núñez, Gloria Demassi, Luis Manzione, Mateo Chiarino, Jaime Yavitz, Duilio Borch, Luis Martínez, Pablo Varrailhon y Lucio Hernández. Escenografía de Adán Torres y Dante Alfonso, vestuario de Carlos Pirelli,
música de Pablo Bonilla, dirección de Levón. Estreno del 11 de junio, teatro Solís.

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