Una muerte que no es un desenlace
El cine, con el filme Los años, fue la causa primera; siguió una lectura simultánea o casi (la otra lectora fue, según creemos, Gabriela Iribarren) de la vida de la escritora; sobrevino esa saturación del alma por la idea, que conocen los artistas; Larreta escribe el libreto de Virginia; pero el material es tan noble y abundante que tenía para más. Se le habían hecho carne los dos cuentos, periféricos respecto del texto dramático o tal vez centrales, o ambas cosas, siempre con Virginia Woolf como protagonista.
Hasta aquí estamos en la historia de una fecundación, quizás en la ostra y la perla; pero Stendhal, un autor aludido en Virginia, descubrió o describió también, entre las aventuras del alma, un fenómeno semejante a la cristalización, el misterioso instante en que la presencia casual de un hilo en un líquido donde algo está disuelto, más un papirotazo que viene de la segunda parte del aforismo de Lichtemberg, nos proveen un perfecto cristal, luminoso y marino, cuya forma parece bajada del Olimpo o traída de un taller de Amsterdam. A la vida de Virginia Woolf se sumaron así uno o dos temas constantes y casi obsesivos en Larreta; y Virginia es Virginia Woolf, de soltera Virginia Stephen, pero es mucho más: contiene al Larreta de ayer y de hoy, con su sorprendente rango de intereses que hacen de él un hombre del Renacimiento. «Sé decir la verdad y ocultar los demonios» dice «Virginia Woolf» en su diario apócrifo de El sombrero chino; Larreta dice, o intenta decir, la verdad con los demonios como lenguaje.
Uno de los temas de Larreta que vemos, una vez más, en esta «Virginia» es el tema del amor. En pocas obras hemos visto y oído tanto sobre el amor como en Virginia; y se requiere no poco coraje en Larreta, ya demostrado en obras anteriores, para abordar un tema que cierta gazmoñería del sentimiento parece haber desterrado de nuestros escenarios y hasta de nuestra literatura. García Lorca dijo que escribía para que lo quisieran y Eugenio Barba declaró como el motivo del comienzo de su larga ascesis teatral la busca de encuentros con mujeres; el lector uruguayo lee estas frases y las juzga bromas de mal gusto. Virginia contiene dos matrimonios, desde la petición de mano hasta un registro de anorgasmia, infidelidades varias, hijos adulterinos, avances sexuales, la vida íntima de allegados y amigos, ya sean heterosexuales (Leonard Woolf, Clive Bell, Roger Fry, Vanessa Stephen) homosexuales (Keynes, Forster, Strachey) o bisexuales (como Virginia, Victoria o «Vita» Sackville West y Duncan Grant).
Pero aparece también, como en varias obras de Larreta, la pulsión que queremos creer opuesta, la pulsión de la muerte. El suicidio de Virginia Woolf, tal vez explicable por su inminente naufragio en la demencia, no es tan conspicuo como el que aparece en una de las páginas de Mrs. Dalloway, que se lee en Virginia, o como el suicidio de Villanueva Saravia en A todo trapo, del mismo Larreta, con su inquietante epílogo donde el autor se enfrenta a más de un fantasma en la noche insomne de Honfleur (Virginia Villanueva parece un homenaje a las Contrerrimes de P.J. Toulet, donde riman no sólo las últimas sino también las primeras sílabas). Está en Virginia la muerte de un hermano y su negación neurótica por la heroína; está la muerte del hijo de Clive Bell, Julián, que Larreta nos mostrará a contraluz, en una tremante alianza del amor y la muerte, en el cuento «El sombrero chino». La fatalidad de la muerte engendra al amor; pero este amor es, por su misma progenie, mortal y tal vez mortífero.
Finalmente encontramos en Larreta una vivencia, que nos parece más primitiva y aún más auténtica que las anteriores, de despersonalización y desamparo, que nos ha evocado siempre las alucinantes páginas de la persecución nocturna de Les confidences de Nicholas de Gérard de Nerval, vivencia que hemos creído ver en la novela corta del mismo Larreta Ningún Max y en algunas páginas de El guante, y que se contrarresta, en forma inestable, con un no menos fuerte impulso de construcción y síntesis. Esta pluralidad de impulsos contrarios dinamiza a Virginia y, creemos, es su sustancia y su originalidad.
Para realizar este proyecto Larreta ideó una puesta en escena muy difícil de llevar a la práctica. Quizás como recuerdo u homenaje al filme que encendió su inspiración, Virginia parece concebida para el cine; por momentos parece hasta el libreto de una ópera, donde podría haber un aria de Leonard declarando su amor, otra de Virginia confesando sus ofrendas en los altares de Lesbos… «.. los actores se mueven en lo que podríamos llamar un ámbito actoral polivalente, definido por el color y la luz más que por estructura alguna…» En cierto momento Stravinsky, Ravel y Debussy en la banda sonora han de mezclarse con proyecciones de Van Gogh, Cézanne, Gauguin y Matisse. Como escribe Larreta, «..Es altamente improbable que se cuente con los medios técnicos adecuados a las exigencias de este pasaje…».
Pero con prescindencia de las dificultades técnicas, si el proyecto original es el que creemos, le ha faltado algo de desarrollo y de síntesis. El desarrollo no era fácil, por el pie forzado de una obra sobre un personaje que existió en la realidad, lo que estrecha el margen de invención; pero tanto los impulsos eróticos como la pulsión de muerte están mucho más dichos que vividos. Por momentos el espectador tiende a pensar, ante las alusiones de entrecasa a E.M. Forster, Lytton Strachey o T. S. Eliot, que presencia sólo una crónica, entre literaria y picante, de la vida en Bloomsbury, más un desenlace policial. Esos tres autores significaron mucho, por supuesto, para la familia Stephen; pero el vivo interés de Larreta en la vida de los artistas le hace creer, por pura generosidad, que el público es tan culto como él y que comparte sus conocimientos. En cuanto a la unidad, la síntesis de todos los temas en juego, resulta difícil imaginar cómo pudo lograrse, sobre todo a propósito de Virginia Woolf; pero su ausencia termina por desconcertar al espectador, que no comprende bien a dónde conduce todo aquello.
Y si la obra concluye, como era previsible, con la muerte de Virginia, es una muerte que no es un desenlace. Los inmerecidos prestigios de Thanatos, a quien se sacrifica más que a Lesbos, dejan la obra como en suspenso: no hay un acorde que resuma y clausure todos los temas, no hay un verdadero climax, casi no se percibe un drama.
Anotadas estas observaciones, hay que decir que Virginia tiene ambición de propósitos, seriedad de realización y suficiente calidad en el resultado. Es posible que la pieza suscite interés en la lectura de las obras de Virginia Woolf (sólo unos pocos, como Larreta, pueden hablar de relectura) y logre rescatarla de la chuscada, penosamente inmortal, de Albee, ¿Quién teme a Virginia Woolf?. De ser así, la obra habría cumplido una buena tarea.
La dirección de Gabriela Iribarren tuvo algunas dificultades con las transiciones entre las escenas, dificultades quizás insuperables dada la escenografía propuesta (Adán Torres). Estas dificultades se trasladaron a la música de Leirós, que debió extremar sus medios para componer las partes en un todo. La interpretación fue muy medida y Gabriela Iribarren interpretó siempre bien su personaje, aunque, para nosotros, sin dar la sensación de vivirlo de Norte a Sur y desde dentro. María Mendive pareció entrar más en la piel de su personaje, Vanesa Stephen, quizás una personalidad más inmediata y comprensible y Luis Vidal fue un buen intérprete del sacrificado Leonard Woolf; pero Pablo Sintes brilló en el papel de Clive Bell. *
Virginia, de Antonio Larreta, con Gabriela Iribarren, María Mendive, Luis Vidal y Pablo Sintes. EscenografÃ
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