"El imperio manipula las conciencias"
Chavarría ha obtenido importantes premios de carácter internacional, como el Dashiell Hammett, y el Edgar Allan Poe para libros de misterio y es autor, entre otras, de las novelas El ojo dindymenio (1994), El rojo en la pluma del loro (2000), Adiós muchachos (2002), Una pica en Flandes (2004) y Viudas de sangre (2004).
-¿Te consideras tú mismo un escritor uruguayo o cubano? Te ruego que observes que he preferido puntualizar la condición de escritor, no el estatuto civil.
-Sin ninguna duda, soy un escritor cubano nacido en el Uruguay. Y soy escritor cubano porque este país, su gente y su Revolución han sido la materia prima de mi quehacer literario; y porque aquí aprendí el oficio de narrar y publiqué mis primeras obras. Supongo también que mi admisión en la Uneac, mis premios y distinciones nacionales, me sirvan de tácito aval como plumífero del patio. Pero además, aunque quisiera, ya no puedo ser un novelista uruguayo. Para ello tendría que regresar y dedicar un par de años a tratar de rehacer mis maltrechas raíces; y hasta tendría que recuperar mi dialecto nativo.
–¿Qué serías ahora, de no ser un novelista?
-No lo puedo saber; quizá un gran frustrado. O no; porque con altibajos, padezco de un desmedido optimismo y tengo muchas curiosidades e intereses vitales. Podría haberme entregado de lleno a la docencia, a la erudición, a alguna actividad científica o investigativa; a muchas cosas que llenarían mi vida, aunque no me destacase en nada. Un amigo mío sostiene que en Cuba aún no se ha terminado de forjar el hombre nuevo, pero sí se ha forjado ya el «viejo nuevo», que supongo soy yo. Y lo soy porque para ser feliz me basta con vivir en una sociedad filantrópica y heroica, rodeado de amigos y familiares a quienes adoro… Sí; creo que si no fuera novelista, sería simplemente eso: un viejo nuevo.
–¿No temes a tu edad haber caído en una especie de graforrea como reacción a la inminencia del enmudecimiento por vejez?
-Tu graforrea puede sonar cacofónica por analogía con diarrea o gonorrea; pero es un término bellísimo que podría traducirse como «el fluir de las letras». Por mi parte, bienvenidos todos los flujos del pensamiento, del ingenio, de la reflexión. Panta rhei, decía Heráclito de Efeso en el siglo VI a.C. Sin micros ni telescopios, vislumbraba el motto perpetuo del universo, también presente en la estructura atómica de la materia. Y para no divagar y contestar a tu pregunta. No, no temo volverme un graforreico crónico e incurable. Ojalá me muera de eso.
-¿Consideras a la ficción literaria una vía adecuada para la defensa abierta de lo que uno ha tomado por su causa política?
-Cuando Sanguinetti era presidente del Uruguay y chupamedias de los gringos, en plan de gran demócrata y la inefable compañía de Aznar, se dedicó a visitar disidentes anticastristas durante la Cumbre Iberoamericana de La Habana (ya no me acuerdo en qué momento de la década del 90), mi desprecio por su crónico oportunismo se convirtió en odio. Después, cuando se negó a colaborar con el poeta Juan Gelman, que le pedía ayuda para hallar los restos de su hijo y nuera y el paradero de sus nietos, sentí la compulsión de escribir algo en su contra, y de paso, contra casi todos los hipócritas gobernantes neoliberales del Cono Sur, que no sólo protegieron a los militares y esbirros ejecutores del Plan Cóndor, entrenados en la Escuela de las Américas, financiada y dirigida por los EEUU, sino que también los cobijaron en sus ministerios, les dieron sinecuras, cargos diplomáticos y consulares. Ya en Europa, me había dado cuenta de que ni los propios militantes de la izquierda italiana, francesa, española, sabían lo ocurrido durante los años 60 y 70 en América Latina. Nunca habían oído mencionar, por ejemplo, la ESMA (Escuela Superior de Mecánica de la Armada), que se convirtiera en el gran laboratorio mundial y centro experimental de la tortura científica, dirigido desde Washington. Por cierto, allí estuvo preso también unos días un hijo mío. Y por fin, en el año 99 escribí mi novela El rojo en la pluma del loro, que bajo la envoltura de una divertida picaresca cubana protagonizada por una jinetera, denuncia a los esbirros del Cono Sur, protegidos por la complicidad de los gobiernos imperantes en los años 80 y 90.
Según liquidaciones de mis editores, en cinco países europeos se vendieron entre 2003 y 2004 unos 57.000 ejemplares de El rojo…, que supongo hayan leído unas 150 000 personas. Pero estoy seguro de que la mayoría de esos lectores, jamás me habría leído un testimonio o un ensayo sobre las desapariciones y torturas instrumentadas por las dictaduras conosureñas de los años 60 y 70, dirigidas desde los EEUU En cambio, se leen de buena gana una trama de mucho sexo, humor e ingredientes policíacos, sobre una prostituta cubana y un cliente aberrado. Luego hago que los lectores se enamoren de mi protagonista Aldo Bianchi, un emigrado argentino que ha hecho fortuna en Italia, y al que los esbirros del Plan Cóndor le mataron la novia, lo violaron en la ESMA, lo obligaron a ladrar y correr carreras de perros. Finalmente, una vez libre, Aldo hace fortuna y el azar lo sitúa como turista en Cuba donde descubre, por intermedio de la susodicha jinetera, a uno de sus torturadores escondido en La Habana. Es obvio que la gente se lee el libro no por la denuncia política sino por su amenidad y enredos de todo tipo. Pero aunque no lo quieran, como por ósmosis, por vía afectiva, todos reciben el mensaje contra los torturadores y la hipocresía neoliberal del período.
Disculpa la lata, pero me ha parecido que el ejemplo ilustra el poder de la ficción novelística en defensa de nuestro ideario político. Y la moraleja que me inspira tu pregunta es que toda ficción bien elaborada, sobre todo la fílmica, puede hacernos también víctimas de la penetración cultural e ideológica del enemigo. No olvidar que con sus enormes recursos financieros y viejas técnicas subliminales, nacidas y perfeccionadas en el ejercicio de la publicidad comercial, el imperio manipula conciencias a granel, crea traidores, lacayos, y puede lavar cerebros con la eficacia de un cepillo de alambre. *
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