El viernes próximo se estrenará en Montevideo el último filme de Michael Haneke

"Cache": las cosas por su nombre

El largometraje, un drama psicológico, aparentemente realista, describe las vicisitudes de un periodista cultural que comienza a recibir dibujos amenazadores y extraños videos donde ha sido grabado con cámara oculta. Al principio, el personaje intenta minimizar la situación frente a su esposa pero, al intensificarse la entrega de dichas grabaciones, decide acudir a la policía sin lograr mayor apoyo. Hasta aquí, según los acontecimientos señalados, estaríamos frente a un clásico filme de suspenso cuya intriga debería ser descifrada en el desenlace. Sin embargo, las intenciones de Michael Haneke (La pianista) no pasan por esa visión estandarizada de narración cinematográfica. Por el contrario, Cache – más allá de su formato naturalista – maneja un potencial simbólico que, precisamente, juega con esa zona borrosa donde se separa ficción de realidad. Filmada en video de altísima definición, la tecnología permite confundir al espectador que, en cierto momento, cree estar viendo la cronología secuencial de un pasaje «real» aunque, sin previo aviso, dicho instante es sorpresivamente rebobinado en pantalla. (El primer mensaje, entonces, podría traducir un saludable consejo de desconfiar de lo que miramos porque podríamos no estar viendo realmente. No debemos olvidar, por ejemplo, que nosotros también estamos observando al protagonista). Poco a poco, esa impresión original de verosimilitud se va contaminando por matices desfasados que colocan al filme en cierto límite intangible entre la vigilia y el despertar. ¿Hasta dónde resulta veraz (y probable) lo que acontece en la película? Quizás no importe demasiado aunque hay algo que sí resulta claro: nada es lo que parece.

El protagonista, este mediático cronista literario visto por miles de personas en televisión, puede ocultar un secreto acto de crueldad que niega aunque lo atormenta. Incluso su esposa puede tener una relación adúltera no comprobada y la propia comunidad, considerada universalmente como liberal, es capaz de encubrir actitudes represoras mientras los propios medios de comunicación no vacilan en «esconder» o manipular dicha información. (Hasta la improbable tranquilidad que circula en pantalla es un espejismo que, abruptamente, se quiebra con una escena de sangrienta brutalidad). En este sentido, el término «escondido» quizás no aluda al supuesto espía que acecha a la familia sino a una versión semántica más amplia que incluye lo que todos disimulan. Aquí Haneke no sólo registra un probable deterioro familiar sino que la mirada trasciende hasta el mismo tejido social atormentado por terribles fantasmas de un ayer no muy lejano. Una culpa nacional no asumida (la masacre de centenares de argelinos durante una manifestación parisina el diecisiete de octubre de 1961, para ser más exactos) detona en medio del diálogo y, a través de una anécdota de la familia, se entronca directamente con esa carga secreta e insoportable que el personaje central lleva en su conciencia. (Culpa individual que puede representar un sentido de culpa colectivo, claro está).

Hay que estar atento a esos pequeños detalles que revelan instancias perturbadoras dentro de una vida aparentemente feliz y normal. (La discusión entre un ciclista negro y el protagonista puede revelar cierta xenofobia a flor de piel dentro de una sociedad teóricamente civilizada y tolerante, por ejemplo). Esa felicidad – a lo mejor artificial – no logra maquillar del todo esa angustia culpable por un pasado oscuro y discriminador. Lo inquietante es que ahora, probablemente, los perseguidos se hayan convertido en perseguidores y estén al acecho. Después de todo, cada colectividad alberga la paranoia que se merece y los últimos acontecimientos ocurridos en el país galo parecen demostrar que dicha sensación no sería demasiado equívoca. (Ese final abierto y descolocador – precisamente   podría estar sugiriendo que alguien sigue vigilando de la misma manera que cada espectador ha espiado la peripecia del atormentado personaje hasta el final del filme). De una turbulencia invisible que desasosiega, Cache impactó tanto en el público como en la crítica internacional (Ha conquistado el lauro de Mejor Película Europea 2005; el Premio Fipresci y la Palma de Oro de Cannes al Mejor Director entre otras distinciones) aunque cabe advertir de la necesaria predisposición intelectual y anímica para asumir un desafío cinematográfico de esta naturaleza. De lo mejor del año. Vale. *

Cache («Escondido»; Francia, Austria, Alemania e Italia; 2005). Guión y dirección: Michael Haneke. Producción: Margaret Menegoz y Veit Heiduschka. Fotografía: Christian Berger. Montaje: Michael Hudecek y Nadine Muse. Diseño de producción: Emmanuel De Chauvigny y Christoph Kanter. Vestuario: Lisy Christl. Con Daniel Auteuil, Juliette Binoche, Maurice Bénichou, Annie Girardot, Lester Makedonsky, Bernard Le Coq, Walid Afkir, Daniel Duval, Nathalie Richard, Denis Podalydès, Aissa Maiga.

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