Arte uruguayo en Zonamérica
Es un lugar del que mucho se habla y poco se conoce. Un mundo aparte, situado en el kilómetro 17. 500 de la Ruta 8, en un área de 92 hectáreas y una veintena de edificios sobrios y funcionales salidos del equipo de arquitectos Ott y Ponce de León, en una equilibrada integración con la naturaleza. Se llama Zonamérica-Parque de Negocios y Tecnología, donde están instaladas 100 empresas con 4.500 funcionarios. Entre generosos espacios verdes y calles (impecables) en damero, se deslizan restaurantes y terrazas para el encuentro diario. Ese apacible transcurrir, sin el aturdimiento de la ciudad, sin torres que obstruyan la mirada, es ocasionalmente alterado por la filmación de películas o audiovisuales que buscan una ambientación urbanística moderna. Concebida, hace dieciséis años, como una modesta iniciativa empresarial bajo el régimen de zona franca fue ampliando y consolidando hasta convertirse en Zonamérica, un lugar de referencia ineludible a nivel internacional por la multiplicidad de iniciativas y proyectos potenciando el flujo de conocimiento y tecnología. El futuro, ahora.
No es lugar fácil de encontrar, empero. Un plano (ver foto) es indispensable y se distribuye con la publicidad en ocasión de actos que allí se realizan o en la invitación para exposiciones. Hace cuatro años se creó la Fundación Zonamérica, en un despliegue intenso de más de 70 actos y hechos referidos a la formación empresarial, la ciencia y la tecnología, el desarrollo social y el medio ambiente. Una publicación (va en su número 14), de difusión interna, da cuenta de las novedades periódicamente. Otra ciudad, otra audacia proyectual, Jacksonville (por el colegio Jackson del mismo lugar) ya está diseñada como residencia para los funcionarios, así como un centro para las artes, con anfiteatro y salas para los diferentes rubros.
Mientras tanto, y para impulsar actividades culturales y de manera provisoria, se inauguró en la amplia entrada del Edificio Beta 3, la exposición Elucubraciones, seis años del 2006, seis maestros. No es el espacio adecuado y su organizador, el ingeniero Francisco Lezama, un hombre experimentado en el área internacional y con ideas propias, de Consultora Lezama & Asociados, es consciente de ello. Como primera experiencia resulta positiva al ampliar el espectro de espectadores entre los funcionarios, que inevitablemente verán la muestra y son cuatro mil.
Pero lo sustancial es la exposición misma. La larga trayectoria de los pintores Jorge Damiani y Bruno Widman y el escultor Enrique Broglia aseguran el interés, con sus respectivos estilos, aunque los dos primeros tienen obras más relevantes y los pájaros colgados del techo (hilos de hierro pintado) de Broglia, sin escapar a ciertas facetas de su producción, se alejan de la nobleza de sus bronces.
Acaparan la atención los otros tres seleccionados. Jorge Gamarra, radicado en París desde hace cuatro décadas, con retornos regulares al país, está representado (con la colaboración del galerista Enrique Gómez) con media docena de cuadros fechados en los sesenta, cuando localmente culminó el informalismo y la gestualidad. Gamarra incursionó con una serie de pe
queños signos que aluden tanto al arte primitivo como a Klee, con una intensidad expresiva en sus dinámicas composiciones de ocres dominantes. Obras prácticamente inéditas para varias generaciones y que ahora resurgen, en su convincente sugestión y refinado tratamiento matérico, con el sello inconfundible de maestrales. Dos cuadros recientes, de su ciclo referido a las fantasías selváticas para ironizar sobre aspectos de la realidad actual, asombran por la minuciosidad de sus pinceladas que reclaman del contemplador una demorada delectación.
Nelson Ramos murió a principios de año y dejó obras también inéditas. El calculado rigor en el tratamiento de los coloridos papeles chinos, reclama, como en Gamarra, compañero generacional y de formación, (ambos estudiaron en la Escuela Nacional de Bellas Artes y ambos siguieron estudios en Brasil), con una sensibilidad cercana, una mirada muy atenta en la aparente sencillez de sus composiciones, para descubrir el lento, parsimonioso despliegue de una obra en acto. De 1978, un trabajo realizado en base a tapas de cartón superpuestas, tal cual surgieron de la fábrica (como las que repartía Barcala), sin ninguna añadidura pictórica o dibujada, compuestas con sabiduría formal es el mínimo que se puede dar con el máximo de poder suasorio.
Las esculturas de mediano formato de Octavio Podestá contrastan con la enorme de la entrada. Todas ponen en evidencia su talento para el ensamblaje de elementos disímiles (hierro, chatarra, madera) solucionados con imaginación.
La exposición se puede visitar, los días hábiles de 10.00 a 18.00, hasta el 7 de julio. *
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