Tiene La Palabra

¿Cuánto gastarán aquí? a) inversión en activo fijo

Señor Director de LA REPUBLICA

Dr. Federico Fasano Mertens

* Alguna nota periodística habla de que la inversión será U$S 1.000.000.000 (mil millones de dólares). Es mucha plata. Cuando una persona, generalmente una familia, dispone de un millón de dólares para instalar un negocio, el dueño controla centavo a centavo esa inversión.

Sin ser muy poeta, se puede decir que dueño y empleados tienen intereses comunes. Se ven la cara todos los días. Cuando hablamos de mil millones es otra cosa.

¿Cuánto, de esos mil millones, corresponderá a compras hechas aquí? Lo que la empresa compre en el extranjero, no pagará impuestos en Uruguay. No es de nuestra incumbencia.

Está muy bien que compren donde sea más barato, eso las hará más competitivas, y dará más seguridad a los trescientos trabajadores residentes.

Además, las máquinas no las pueden comprar aquí, porque aquí no hay. La inversión puede ser mil millones, pero lo que interesa es, ¿cuánto comprará en Uruguay? ¡Mil millones de dólares! Esa cantidad no existe. Es un cálculo hecho en la computadora de un escritorio. Es la cantidad de dinero que hay que ir consiguiendo, porque si lo conseguimos hoy, hay que pagar intereses desde hoy. Se vende acciones, obligaciones y otros documentos, que compran inversores que están dispersos en el mundo entero.

Tal vez, alguno de esos papeles, los compren las AFAP uruguayas. Si el negocio sale bien, todos contentos. Si el negocio sale mal, cada inversor pierde exactamente lo que invirtió. Como perdieron los inversores italianos cuando compraron títulos argentinos insolventes.

Como perdieron los tenedores de papales de Panam, Enron, etc. etc. También pierden su empleo los administradores ejecutivos.

Pero ese personal de dirección, ha cobrado suculentos sueldos, muy altos, que permite «ir tirando» hasta encontrar otra ubicación.

Los empleados locales no tienen tanta movilidad. Salvando las astronómicas distancias, recordemos Funsa que se transformó en Titan, que se transformó en un fantasma.

ENRIQUE F. CORREA C.I. 3.120.870

 

Las Piedras, el fin de la aventura

Señor Director de LA REPUBLICA

Dr. Federico Fasano Mertens

* Desde hace muchos años el Hipódromo de Las Piedras, es deficitario. Su adquisición al ex propietario Alberto Dalva, significó en su momento una erogación millonaria en dólares para la Intendencia Municipal de Canelones. Incluso algunos grandes adulones del tristemente recordado intendente Hackenbruch, aplaudieron aquella pésima inversión. Se dijo en su momento, que con la operación «se reactivaba una importante fuente de trabajo y contribuía al turf y crianza nacional». A lo que algunos contestaron, si no sería mejor reabrir «Comargen» y otros, jocosamente, «El Gato Negro».

El director de Turismo de la comuna, el ex arquero Fernando Alvez, designado por Hackenbruch, «pintó» un panorama muy alentador en su momento. Luego vino una Comisión presidida por «El Negro» Reyes, veterano periodista hípico, pero el circo canario siguió barranca abajo. Es que el Hipódromo de Las Piedras no podía encontrar solución a su drama con un ex golero (que dicho sea de paso se despidió de las canchas con cinco «pepinos» jugando para San Lorenzo), ni con Reyes, un excelente muchacho cuyas intenciones no podían prosperar, si al hipódromo no iba nadie y apenas se jugaban poco más de 300 mil pesos por reunión.

Ahora, por fin, el centro turfístico pedrense se piensa privatizarlo. Quién puede comprarlo; nadie lo sabe. Pero si el majestuoso Maroñas da pérdidas, pese a la inversión de 40 millones de dólares, lo sensato es pensar en buscarle un mejor destino a su enorme predio. La gente, es un hecho irreversible, cada vez va menos a los hipódromos.

D.B.

 

Crónica sobre un chofer de ómnibus

Señor Director de LA REPUBLICA

Dr. Federico Fasano Mertens

* Serían las 11.30 de la mañana del viernes 12 de mayo de 2006, gris de otoño, con un sol indeciso, semiescondido entre las nubes cómplices. Para dirigirme hasta Tres Cruces, aguardaba el ómnibus 494 de la empresa Coetc, en la parada de Agraciada y Freire, al costado del parque José Pedro Bellán, pleno Belvedere de mis sueños juveniles.

Encontréme con un amigo carnavalero, quien acostumbra a ganarse el sustento diario, desarrollando su capacidad histriónica subiéndose a los ómnibus y brindándole a los pasajeros algún que otro poema o monólogo y de esa manera hacerles más grato el viaje a cambio de algunas monedas recogidas después de su actuación. A poco de hablar con él, avistamos el ómnibus esperado y subió junto conmigo.

Mi amigo venía ataviado con poncho y sombrero, lo cual le otorgaba un aspecto gauchesco, a tono seguramente con la temática de su trabajo actoral. Cuando me disponía a pagar mi boleto, siento que el chofer, con voz profunda y arbitraria le increpó: ¡sólo vendedores! Mi amigo, el actor callejero, me miró resignado y me dijo: ¿te das cuenta?… y descendió… alcancé a decirle: ¡nos vemos!

Cuando ya se perdía entre la gente de la parada, pagué mi boleto y le pregunté al chofer el por qué no se permitía a los actores populares ascender a los autobuses y actuar. Fue entonces que me respondió: «Â¡Porque yo no quiero!» Ah, ¿es usted quien determina?… A lo que agregó: «A los ómnibus sólo suben los canillitas y los vendedores». Fue entonces que medité: los «canillitas» ya no acostumbran a subir a los ómnibus, y si bien los vendedores de golosinas -por ejemplo- ofrecen dulzuras al pasaje, ¿por qué no valorar el placer que pueden prodigar los actores? No podía dejar la cosa ahí nomás, algo me decía interiormente que la actitud del chofer no era justa… entonces, tranquilamente le comenté al obrero del volante: mire, con todo respeto, soy periodista y además soy actor, le adelanto que escribirá una nota sobre esto… «Puede hacer lo que se le antoje», me dijo.

Suspiré, me senté contrariado y me calmé cuando el rostro sonriente de Héctor Da Cunha me observaba desde su foto en colores… muchos recordarán que este compañero del transporte fue vilmente asesinado hace algún tiempo. Sopesé la enorme diferencia que media entre un asesino y un hacedor de la belleza, entre un loco destructivo y un esteta, entre la maldad enfermiza y el hecho creativo y prodigado hacia todos… Pensé además que entre el obrero del volante y el actor popular, debiera existir una suerte de afinidad, de compañerismo, puesto que ambos, de una manera u otra, son trabajadores; el uno conduciendo a los pasajeros hacia sus destinos diversos, y el otro hermoseando el viaje con su juglaría.

En mis cavilaciones comprobé que estábamos llegando por la calle Mercedes, a las cercanías de Fernández Crespo -ex Sierra- cuando el conductor del ómnibus en una mala maniobra golpea la parte trasera del vehículo contra un árbol del ornato público, pensé para mis adentros, algo sucede, el hombre está nervioso… Cuando me dispuse a descender en Tres Cruces, le devolví al sonrisa al recordado y malogrado Héctor Da Cunha y pensé que mi amigo -el actor popular y carnavalero- andaría ascendiendo y descendiendo de los ómnibus montevideanos, obsequiando a los pasajeros su sueño compartido, sus odas, sus monólogos satíricos, a cambio de algunas monedas cantarinas.

A los actores y/o cantores populares, una recomendación: no pretendan ascender en horas matutinas al 494 (Coche 25 d
e la empresa Coetc) puesto que a su chofer -voz estentórea y arbitraria- no gusta de los placeres histriónicos.

Un abrazo de Soles.

JOSE «PEPE»ALANIS

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