Noches de teatro en Buenos Aires

El director (Lorenzo Quinteros) da muestras de un espíritu dispuesto a la innovación y a la vez imbuido de un concepto artesanal del teatro. Admiramos en «El balcón» tanto la oportunidad histórica de su presentación como la justeza con que se expone, desarrolla y finiquita la complejísima trama de Genet. Quinteros ve a la pieza como «…la obra del siglo XX que con mayor contundencia nos habla del poder, el poder como un juego de ficción». Y concluye que «La política y sus rumbos, cada vez más obscenos, han hecho que esta pieza adquiera en la Argentina una vigencia ineludible. Hay que ponerla en escena…» La afirmación podrá discutirse, pero es indudable que la conciencia, o aun la ilusión, de un sentido histórico otorga a esta puesta en escena de «El balcón» de una columna vertebral, una solidez que difícilmente tendría la misma obra puesta en escena a partir de una pura aprobación artística.

Genet es un autor que esquiva el juicio. Aún parece huidizo. Planteada la obra con el prostíbulo como gran teatro del mundo, teatro que implica un ataque frontal a los poderes y las jerarquías, esperamos consecuencias de orden social e histórico, a lo Brecht. Todo está listo para el alegato. Alguna similitud hay entre los dos grandes escritores: ambos tienden a lo épico y a numerosos personajes, ambos se resisten a situar en escena a portaestandartes de sus ideas. Sus desarrollos son lineales, en secuencia, donde nada parece crecer ni aspirar a crisis y desenlace; los personajes a menudo son caricaturescos, siempre está cerca la la parodia, no hay catarsis ni alivio ni resolución.

Pero la similitud es exterior. Genet siempre se detiene antes de ninguna conclusión. Golpea, pero se niega a proponer un mundo mejor. Tampoco hay desesperación. El hombre gira en un universo de utilería, donde todo o casi todo es apariencia y falsedad; han partido en vuelo todos los males, pero no queda la esperanza.

La realización tiene todo lo mejor que se puede esperar del teatro. La composición plástica, aspecto no menor cuando circulan dieciséis personajes, es perfecta. Cuadro a cuadro, y sin un propósito esteticista, la escena presenta equilibrio plástico y armonía cromática. El ritmo no desmaya y las escenas se suceden, con orden y sorpresa, pero visiblemente dentro de un plan. Hay, finalmente, una sobriedad, que creemos muy propia tanto de Quinteros como de Genet. Nada se subraya, no se cargan las tintas. Desfilan un obispo, el jefe de policía, un juez, y cada uno es peor que el anterior, pero Quinteros no se demora en juzgarlos. Quizás la mejor arma es el desprecio.

La interpretación es valiosa y destacamos a Patricia Palmer como Irma o la reina, un modelo de fuerza y contralor. La buena síntesis de todas las interpretaciones, a cargo de actores que, si no nos equivocamos, provienen de escuelas distintas, debe contarse también entre los méritos del director. *

EL BALCON, de Jean Genet, traducción de Lore Berger, versión escénica de Susana Anaine y Lorenzo Quinteros, con Patricia Palmer, Juan Carlos Galván, Mercedes Fraile, Jean Pierre Reguerraz, Pablo de Nito, Héctor Leza, Quique Canellas, Kike Iturralde, Victoria Troncoso, Gerardo Colonniello, Cecilia Tognola, Romina Moretto, Gisela Vernet, Cristian Andrade, Roberto Echaide y Santiago Young. Escenografía de Gabriela Fernández y Ariel Vaccaro, vestuario de Gabriela Fernández, luces de Lorenzo Quinteros y Sebastián Blutrach, música original de Rick Anna, espacio escénico y dirección general de Lorenzo Quinteros. En Centro Cultural de la Cooperación, Av. Corrientes 1543, Buenos Aires.

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