Fuera de los armarios

"El tapadito", en el teatro de Agadu

El tapadito (aquí como «escondido» u «oculto» bajo una capa decente) es un ex nazi que trata de rehacer su vida, sacudiéndose el polvo de sus antecedentes, en el armario de la Argentina, en los años posteriores a la segunda guerra mundial. El «tapadito» perdió el pelo pero no las mañas. A falta de judíos, gitanos o disidentes golpea a su mujer; ella proyecta abandonarlo y para ello logra o cree lograr el apoyo de la modista. Aquí comienza una tercera trama, tapadita, que poco a poco alcanza y rebasa a las dos anteriores y concluye en un sorprendente final.

Encontramos en la pieza (de la argentina Patricia Suárez) varios méritos. Uno de ellos, y el principal, es el sentido histórico, que da vida, calor y color a toda la obra. La acción ocurre en una época comprobable y en un lugar determinado. La revelación de los actos criminales ocultos, en esta trama de ayer, es un tema de hoy. Leemos sobre Auschwitz como algo que le pasó a otros; pero podríamos mirarnos en los espejos de Eichmann en Jerusalem o de Barbie en Lyon y recordar la meditación de John Donne («La muerte de todo hombre me disminuye, porque estoy incluido en la humanidad. Por eso, nunca preguntes por quién doblan las campanas…») Es un tema perenne. No es la venganza, que prolonga el pasado, como decía Borges a propósito de Rosas, con «limosnas de odio» : es la luz de la verdad, que fatalmente reconstruirá el pasado y el presente. Los muertos son mayoría y pesan más que los vivos: no siempre somos conscientes de ello, pero llevamos en la sangre el rastro indeleble de nuestros antepasados, de los que vivieron hace 60.000 años. Está además el tema de la insuficiencia de la justicia, del destino de quienes se sustrajeron al largo brazo de la ley. Para ellos, parece decir Suárez, hay otra vida: pero esa vida ya no es la suya. El nazi sobrevive, a costa de no sobrevivir, o de sobrevivir como otro. Vida de dobleces, mentiras, engaños, lentes oscuros, máscaras que no terminan de pegarse a la cara.

La obra sigue firmemente sus temas, casi hasta el fin. Porque ese desenlace, que reúne los cabos sueltos, no es convincente. Ha sucedido como si la autora, cuyas dotes para la escritura dramática aparecen en la primera escena, luego de armar y desarrollar su obra con artesanía y eficacia, hubiera descuidado la resolución, que disuena con la prolijidad con que supo armar y desarrollar su tema durante toda la obra.

El director Fernando Rodríguez Compare dio la obra con ritmo y secuencia, con claridad en el armado de las escenas y en su disolución; además se propuso varias dificultades laterales que superó con elegancia. Tales fueron los inconvenientes de la iluminación en el teatro AGADU, que Lil Cetraro redujo a un mínimo. Escenografía (Martín Banda) y vestuario (Ana Semino) vestuaristas pero no naturalistas, abundaron en detalles que reforzaron la vitalidad del texto; la interpretación mostró un eficaz y casi continuo duelo verbal, donde tanto Silvia Bechler como Laura Domínguez probaron sus condiciones en dicción y mímica, a través de dos personajes sumamente distintos.

El equipo que presenta «El tapadito» está formado con integrantes del grupo «Ludens». Este grupo, hoy inactivo, ha dado a nuestro público espectáculos de calidad con una economía de medios que merece el mayor elogio. No nos resignamos a que estas frases sean un elogio fúnebre. *

 

EL TAPADITO, de Patricia Suárez, con Silvia Bechler y Laura Domínguez. Escenografía de Martín Banda, iluminación de Lil Cetraro, vestuario de Ana Semino, selección musical, puesta en escena y dirección general de Fernando Rodríguez Compare. Estreno del 6 de mayo, teatro de Agadu.

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