Noches de teatro en Buenos Aires
Ella en mi cabeza es un éxito de público. Lo comprendemos de inmediato. El éxito de la obra reposa en sus defectos:la idea del teatro que revela y, más que nada, la interpretación son errores tan radicales como fructíferos.
Tratemos de sintetizar el argumento. Adrián (Julio Chávez) no soporta a su cónyuge (Laura, por Natalia Lobo), quizás demasiado interesada en un tal Marcelo, egotista y seductor. Pero la obra no es sobre los celos. Adrián, no faltaba más, ya le ha sido infiel a Laura con Mariana, a la que tampoco aprecia. Lo que lo apasiona es parlotear sobre sus sentimientos, ad nauseam, con su estoico psiquiatra (Klimovsky, por Juan Leyrado). En sueños o en imaginación, Laura se va con Marcelo a unas vacaciones a Brasil. Vuelta la acción a la realidad, o por lo menos a la alcoba donde todo sucede, Adrián dice que quiere dormir. Termina la pieza.
Oscar Martínez es un muy buen actor, y sus interpretaciones revelan inteligencia y estudio. Curiosamente, la idea que tiene Martínez de la comedia es elemental y hasta rudimentaria.
Desconoce al elemento primario, el átomo del teatro, la escena. Hay una cháchara tan desarticulada como incontrolada. El autor parece que no pudiera parar de hablar, que no pudiera tachar una sola línea de diálogo, casi siempre ociosa. «Ella en mi cabeza» es, al fin, una larga jeremiada del hombre víctima, que se queja de todo, que encuentra toda su vida equivocada, que rezonga, grita, increpa, insulta y hace lo que le viene en gana Todo es una sola escena, continua: el espectador tiene la impresión de que «Ella en mi cabeza» podría seguir cuatro o cinco horas más, con exabruptos, chillidos y cháchara trivial. Una muestra del «estilo» de Martínez : «…se me abren como llaves en la cabeza».
Hemos oído, para nuestra estupefacción, elogiar a la interpretación de Julio Chávez. Para aquellos que hacen de la risa la medida de la comedia, es, no lo dudamos, una interpretación excepcional. Pero casi cualquier actor puede hacer reír a voluntad. Chávez, cuya voz necesita un tratamiento, recurre a forzar la dicción, a arrastrar las consonantes, a distorsionar vocales. Nunca dirá «esfuerzo»: dice esfuerrrrzo» con un crescendo que durará hasta que alguien se ría.
No dirá «para bien», sino «para bieeeen», ni simplemente «no puedo», sino «No puedoooo», subiendo y bajando volúmenes y sonidos guturales, cortejando al ridículo Actuar es otra cosa.
El actor no puede sostenerse a sí mismo: requiere a un dramaturgo. *
ELLA EN MI CABEZA, de Oscar Martínez, con Julio Chávez, Juan Leyrado y Natalia Lobo. Iluminación de Ariel del Mastro, escenografía de Emilio Basaldúa, vestuario de Natalia Lobo de Pablo Ramírez, ambientación musical de Federico Marrale, dirección de Oscar Martínez. En Sala Pablo Neruda del Paseo la Plaza, Buenos Aires.
Compartí tu opinión con toda la comunidad