Los derechos de la pasión

Locos de amor, en el teatro El Galpón

Aparece un hombre muerto, que habla sólo con ellos dos, y con familiaridad: su papel será revelar, en los últimos minutos, un secreto que en parte se escapa de los labios de los amantes en frases dispersas en el diálogo.

Los protagonistas son creíbles. En rápidos trazos Shepard los define y los hace andar. El drama está delante nuestro y no desvirtúa su carácter teatral la narración que sucede hacia el fin, a cargo del espectro. Es una revelación funcional, sacude la anécdota, cambia el cuadro y fuerza la reflexión. El espectador comprende allí, un poco mejor, los excesos de Eddie y aún las reticencias de May. No hay un desenlace trágico, aunque un incendio en los últimos cuadros clausura ( y quizás castigue) un fuego que no debió encenderse.

Un hilo conductor de «Locos de amor» es el conflicto entre realidad y ficción: vemos claramente este punto cuando Eddie y May discuten sobre si el proyecto de una idílica vida rural es o no fantástico; y «Locos de amor» habla sosegadamente de la superioridad de la imaginación y el sentimiento sobre las posibles órdenes del D.N.A. Posiblemente haya en la génesis de esta obra alguna lectura del psicoanálisis, que ha revalorizado a las pulsiones del cuerpo, a los temibles poderes de la pasión y de las imágenes.

Hay además, dolorosamente planteado, un problema ético: ¿Podía Eddie persistir en su «locura de amor», luego de su paseo con el hombre muerto? La única locura de la que se pueda hablar es la suya, tal vez su amor. May actúa emotivamente, sacudida, pero su dirección es racional ; Martín, su cortejante, encarna la sensatez y el hombre viejo, que ya ha vivido, está fuera de juego, no se aflige, no puede afligirse.

Shepard no se demora ni saca conclusiones. Nos deja un cuadro que tal vez debamos completar por nuestra cuenta ; un cuadro vívido donde una vez más la pasión se ha enfrentado al destino, donde el nombre es más fuerte que el apellido.

Sergio Lazzo ha puesto en escena la obra siguiendo de cerca el libreto de Shepard, con algunas modificaciones casi inevitables dado la profusión de detalles, al borde de lo obsesivo, que escribió el autor. Lazzo, que tiene afinidad con el mejor teatro de los Estados Unidos (se recordará su anterior «Un tranvía llamado deseo» sobre la obra de Williams) da la densidad y la variedad de implicaciones de la pieza, con una escritura teatral sencilla pero difícil de lograr. La interpretación es la adecuada, sobresaliendo la de los protagonistas, Alicia Alfonso y Pierino Zorzini.

Pero la crítica no puede terminar sin un aplauso para la escenografía de Raúl Acosta, de casi diabólica dificultad, resuelta con sobriedad, economía de medios y elegancia. *

 

LOCOS DE AMOR, de Sam Shepard, por El Galpón. Con Alicia Alfonso, Pierino Zorzini, Carlos Mara y Mario Erramuspe. Escenografía y vestuario de Raúl Acosta, iluminación y música de Fernando Tabaylain, dirección general de Sergio Lazzo. Teatro El Galpón.

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