En Cinemateca 18, la historia del camello llorón
La historia del camello llorón es la sorprendente obra de graduación de dos jóvenes estudiantes de cine, una mongola, un italiano. Y es el comienzo de Byambasuren Davaa, ahora con 34 años, nacida en Ulanbatour, quien este año reiteraría su vocación por la vida y la gente de su país, Mongolia, una región y una cultura no explorados por el cine. El segundo filme de Davaa, La cueva del perro amarillo, volvió a llamar la atención en el Festival Internacional de Montevideo 2006, donde fue el premio de la crítica, confirmando los rasgos de sencillez y sentimiento de su primer largometraje, donde todo fluye simplemente como la vida.
Primavera en el desierto de Gobi, al sur de Mongolia. Una de las camellas, propiedad de un grupo de pastores nómadas, tiene un trabajo de parto particularmente difícil, pero con la ayuda de toda la familia logra dar a luz un bebé con características extrañas. Pese a los esfuerzos de los humanos, sin embargo, la mamá camello rechaza a su hijo, los pastores intentan salvarlo, y como último recurso es importado un músico de otra aldea que puede ayudar a resolver una situación desesperada.
Ese es el punto de partida de este originalísimo filme, mezcla de ficción y documento, de ensayo antropológico y ejercicio poético, con actores que son ellos mismos como en el primer neorrealismo y una historia construida como si fuera la vida misma. Una película que descubre un universo prácticamente virgen para la cámara cinematográfica. Rodado en Mongolia, es en realidad el trabajo de graduación de dos estudiantes de cine de Munich (Davaa, Luigi Falorni), y si no les otorgaron la nota máxima ello significaría que los standards de las escuelas de cine alemanas son verdaderamente altos.
El filme es un modelo de cine «documental creativo», o de ficción entrecruzada con la realidad, y desciende sin mucho disimulo de una obra maestra seminal como Nanuk el esquimal (1921) de Robert Flaherty. Hay una delicada capacidad de observación en el trabajo de los realizadores, un sentido de la narración en términos visuales capaz de comprometer a su espectador en su descripción de la vida diaria de esta familia mongola.
Hay poco diálogo, pero los sonidos de la naturaleza, los gemidos de los animales (incluido, por supuesto, el llorón camello del título) y la acumulación de pequeños momentos reveladores convierten el resultado en un pequeño prodigio de emoción e intimidad animal y humana.
Los cineastas resisten exitosamente la tentación de explicar el significado de cada cosa que muestran. Confían, en cambio, que la fuerza de las imágenes hable por sí sola, obteniendo un resultado que constituye una particular forma de escapismo, despojando al término del sentido peyorativo que habitualmente se le adhiere. Para el espectador occidental se trata, literalmente de sumergirse en «otro mundo». Pero qué convincente y qué poético que resulta. La película fue candidata al Oscar, y ganadora de premios en Baviera, Buenos Aires (del público y mención especial Signis), la Asociación de Directores de Estados Unidos y los festivales de Hong Kong (mención especial Signis), San Francisco (premio Fipresci), Karlovy Vary e Indianápolis (en ambos casos premio del público) y también premio del público y primer premio Signis en Montevideo 2005. *
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