Dificultades del divismo
Los lectores habrán advertido que hoy, todavía, las marquesinas de nuestros principales teatros independientes como El Galpón, el Circular, La Gaviota o El Tinglado no pregonan los nombres y las figuras de sus artistas, como sí lo hacen los teatros de la avenida Corrientes en Buenos Aires.
Aún la Comedia Nacional, que en los primeros años a partir de su creación fue, en los hechos, el primero de los teatros independientes, ha omitido hasta hoy, con no menos pudor, toda publicidad basada en la persona de sus actores.
Si se repara en que intérpretes como Enrique Guarnero, Estela Medina o China Zorrilla no aparecieron, que podamos recordar al menos, en una sola fotografía que el público podría percibir desde la calle, se comprende que el bombardeo visual a que se nos somete con las imágenes de Pablo Echarri, Paula Krumm o Nancy Dupláa pertenece a otro universo del teatro.
Muchas cosas han cambiado para que Nidia Telles, que viene del teatro independiente, haya emprendido la carrera del estrellato; y el estreno de Filomena Marturano, casi simultáneo al de Sinvergüenzas, junto con la producción masiva de teatro que ha requerido el «Socio Espectacular», producción acompañada por una caída vertical en la calidad de los espectáculos, señala una tendencia hacia la industrialización del arte teatral del todo acorde a la extensión de la economía capitalista a todos los rincones del mundo.
Esta industrialización se apoderará del «tiempo libre» y lo integrará, no al ocio creador, ni a la educación, ni al desarrollo de las facultades espirituales del hombre, sino a la máquina de la producción, distribución y consumo como una nueva «fábrica satánica».
Sin duda, muchas voces cantarán la felicidad de las ganancias, el dinero que permite sobrevivir; pero es una ilusión muy fugaz. Pronto ha de llegar, como ya llegó a Buenos aires (Art, Closer, El beso de la mujer araña, La bella y la bestia, Los miserables) y no a nosotros porque somos un mercado teatral pequeño, la obra importada con la puesta en escena, made in USA., con los detalles de la escenografía y la iluminación.
Se salvan, por ahora, los actores, pero sólo porque todavía se precisa que hablen en español. Una vez que se perfeccionen los subtítulos, que ya existen, o los hologramas, el teatro «comercial» al que se aspira no podrá subsistir.
En esta empresa, es claro que Nidia Telles no ha logrado su propósito. En primer término Filomena Marturano es una comedia muy pobre, sin ninguna inspiración y claramente anticuada. La anécdota es inverosímil al punto de comprometer la adhesión del público: si bien pueden comprenderse los sentimientos maternales de una prostituta, no se advierte cómo este supuesto amor pudo prescindir de todo contacto durante más de veinticinco años, ni cómo ni por qué se despertó, tanto en la madre como luego en sus hijos, justo a tiempo para pretextar la obra.
Y si podemos creer que Filomena haya criado a sus tres varones con las migas que cayeron de la generosa mesa del manirroto don Doménico, no se entiende cómo pudo Filomena conservar el secreto de los auxilios económicos que prestó, durante veinticinco años, a las tres familias adoptivas que, por lo demás, vivían a la vuelta de su casa.
Menos aún se comprende la repentina adhesión de los hijos a la madre que, en los hechos, y en particular en lo afectivo, los abandonó, o la vinculación de los tres, todavía más forzada, con un padre adoptivo que sólo en uno de los casos fue el padre biológico. Este frágil andamiaje no ha arredrado a De Filippo, cuyo texto, que podría haber sido escrito por cualquiera de sus personajes, excluye todo rasgo de ingenio y trabaja para dos o tres escenas de bravura confiadas al ímpetu de la actriz que encarne a Filomena.
La puesta en escena de Jorge Curi es fría, estática y superficial. Los tres actos discurren por los carriles del más obsoleto naturalismo, a través de una gran sala donde los actores se paran, generalmente de frente al público, en el mejor estilo no ya de las obras contemporáneas a la comedia de De Filippo sino de los sainetes y comedias de principios de siglo, de Malfatti y de las Llanderas o Ivo Pelay.
El curso de la acción fue desmayado: no hubo ni la fuerza que requerían los momentos dramáticos ni la necesaria desenvoltura de los momentos festivos o felices. La interpretación tuvo un punto muy alto en Rosita Freiría, que acertó magistralmente con el tono, el gesto y la postura de su personaje: la actriz está dotada del necesario coraje para cumplir la proeza de creerse toda la obra, y contó con los medios técnicos adecuados para actuar en consecuencia. Núbel Espino dio su parte con fuerza y convicción, quizás hasta un poco por demás, como si quisiera suplir la atonía general con una inyección de enérgicos tonos bajos, buen volumen de voz, que maneja y proyecta muy bien, y con muy adecuada estampa, gestos, porte y movimiento. Los demás actores de reparto –Hermano, Becerra, Requejo, Frasca, Galván, Alvarez– se desempeñaron correctamente; pero ninguno de sus personajes alcanzó relieve y vida.
Toda la obra reposa en la labor de la actriz que encarna a Filomena, que debe ser más grande que la vida. No parece que Nidia Telles haya ido, siquiera, al encuentro del personaje, que quiso componer desde afuera, sin un compromiso visceral. A su Filomena le sobran su propia belleza, los trajes elegantes y los buenos peinados tanto como le falta sangre, fuego, chispa, comunicación, una emoción viva que pueda trasmitirse. Los más evidentes defectos de la actriz no fueron subsanados con el tiempo, y sorprende que quien intenta una carrera profesional haya pasado por alto el entrenamiento vocal que los escasos medios naturales de Telles exigen perentoriamente. Su Filomena tiene una voz de registro limitadísimo, sin color ni timbre, sin matices, sin volumen ni proyección y aún con inexcusables fallas de dicción y hasta de pronunciación.
Habría sido posible, con todas esas carencias, conmover al público; pero la carencia más grave de Telles, hoy imposible de subsanar, es su absoluta ausencia de comunicación y retroalimentación con los espectadores, y ninguna escena de la obra pasa más allá del borde del escenario.
Filomena Marturano, de Eduardo de Filippo, en traducción de Nidia Telles, una coproducción de la Compañía Teatral Italia Fausta, Nidia Telles y el Ministerio de Educación y Cultura. Con Nidia Telles, Núbel Espino, Rosita Freiría, Carlos Frasca, Jenny Galván, Charly Alvarez, Gabriel Hermano, Nicolás Becerra y Rodolfo Requejo, dirección de Jorge Curi. Estreno del 3 de setiembre, Teatro del Anglo, sala 1.
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