EL CERO Y EL INFINITO

"Un número" en el teatro de La Candela

Uno de ellos aparece en escena y aún un tercero; reaparece al fin una alusión sorprendente a un tema bíblico. Nada es tan sencillo como acabamos de escribirlo, porque la autora desliza aquí y allá informaciones que nos permiten sospechar que Slater, en parte, miente o se ilusiona, o suceden ambas cosas a la vez. La acción es vertiginosa y la incertidumbre embarga al espectador, que siente que pierde pie, hasta que empezamos a entender o quizás a conformarnos.

La pieza no intenta ningún desarrollo ni crítica sobre la clonación; más bien tiende a demostrar que la libertad que posee el hombre, no importa cuán condicionado esté por los genes, actúa siempre, y a veces a pesar nuestro. Los temas de la obra son varios, mucho más clásicos de lo que se puede suponer. El primero y más evidente es el del Döpelganger, el ser irreal o virtual o soñado que es nosotros mismos. Nuestro espejo y nuestra conciencia; el recuerdo de lo que fuimos y dejamos de ser y también el espectro que indica lo que seremos. Es el temible cuento de Poe «William Wilson», donde el tema del doble aparece desde el nombre del protagonista y su duplicado (William   hijo de Wil). Pero así como sucedió en la primera clonación de la historia, cuando Dios creó a la mujer con una costilla de Adán, el resultado de la duplicación no es la duplicación. Los duplicados no son del todo iguales. A las disposiciones innatas o filogénesis siguen las influencias ambientales y sobre todo las mutaciones. Caín no fue igual a Abel; pero dado el origen de Eva, difícilmente puedan hallarse hermanos más similares. La otra idea que subyace en la trama de «Un número» exhorta a la modestia. En el fondo, duplicados o no, clonados o no, no somos tan diferentes, y Freud hablará, con justo desprecio, del narcisismo de las pequeñas diferencias. Una anterior pieza de Churchill, «Cloud nine», que se ofreció aquí con el título de «Séptimo cielo», con la dirección de Mario Ferreira, hacía trizas la identidad sexual y aún la persistencia de una misma «personalidad» constante a través de los años, entidad que Churchill presenta como pura ilusión. En el multitudinario mundo de hoy, aspiramos vanamente a la originalidad, aspiración que se estrella contra la ruda comprobación de que ni siquiera logramos diferenciarnos genéticamente de los chimpancés en más de un 0.01%; los gobiernos autoritarios, con el auxilio de la psicología, han aprendido la tarea de moldear las conciencias, las ideas, los sentimientos y aún, si se precisa, destruirnos en vida. Somos, estrictamente, un número. Resignémonos.

Hay, o creemos ver, aún un tercer tema, de orden metafísico. El desarrollo de la pieza invita a desconfiar de lo que vemos, de un modo semejante a lo que sucedía en «Anhelo de corazón», de la misma Carril Churchill, dirección de Alberto Zimberg, donde los reiterados ensayos de escenas por la familia proyectaban la sombra de una duda sobre la realidad de lo que veíamos, duda reforzada por la escena en que dos pistoleros ultiman o parecen ultimar a toda la familia. Tampoco conocemos gran cosa de la realidad; y posiblemente sabemos, de las personas que tenemos más cerca, mucho menos de lo que imaginamos. Cuando el Narrador , en «En busca del tiempo perdido» de Marcel Proust, nos revela que está cansado de Albertina y que quiere romper con ella, de inmediato decide proponerle matrimonio.

La puesta en escena de Marisa Bentancur ha articulado con precisión las sugestiones reales e irreales de la pieza. Por momentos hace sentir al espectador que se va a hundir en una confusa maraña de angustiosos parlamentos, pero siempre hay una tabla para nosotros, los náufragos, algo de lo que asirse para recuperar el sentido y vislumbrar a dónde se dirige la obra. La escenografía (Adán Torres) oscila entre lo real y lo irreal, y los actores mueven unos paneles de plástico transparente al comenzar la obra, sugiriendo que siempre hay algo detrás de lo que se ve y que suele permanecer oculto o deformado.

Agustín Maggi como el atormentado y tormentoso padre y Alejandro Martínez como los varios hijos, cumplen una buen actuación. *

UN NUMERO, de Caryl Churchill en traducción de Margarita Musto, con Alejandro Martínez y Agustín Maggi. Escenografía de Adán Torres, vestuario de Diego Aguirregaray, luces de Martín Blanchet, música de Silvia Meyer, dirección de Marisa Bentancur. Estreno del 12 de abril, teatro La Candela.

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