Chau Misterix: navegando entre dos aguas
La obra tampoco se puede interpretar por niños. Es demasiado adulta. Hecha por adultos, es demasiado infantil. Incluso es conjetural atribuir edad a los caracteres. A veces parecen niños, otras veces parecen jóvenes y dicen cosas de jóvenes. El tono de voz, monocorde hasta el hartazgo, no es, con toda certeza, el de los actores. Se fuerzan en hablar como niños: eso, o bien no es posible, o bien es demasiado arduo. Esta duplicación de planos, esta indefinición aparece en la escenografía. Si uno la mira antes de empezar la obra parece la pared del cuarto de los niños; los cuatro rozagantes jóvenes que veremos de inmediato disuenan con esta idea. Sucede lo mismo con los trajes. Se cree ver a mayores disfrazados; pero tampoco se ven personas las mayores, porque se trata de niños, o preadolescentes. Para peor, en algún momento el protagonista, pese a sus pantalones cortos, se cree o se siente Misterix, y ahí tenemos una distorsión de segundo grado: un hombre que interpreta a un niño que se sueña hombre. Es muy forzado; y así resulta, y necesariamente, la interpretación. Pero los tonos forzados y los falsetes tienen corta vida; y ya la escenografía toma partido, al plantear un mundo misterioso, apartado de toda realidad, casi imposible. Pueden pretextar alguna rápida escena de efecto, a menudo cómico, pero ya es más difícil que sean soportables durante toda una función de teatro.
La idea que da vida a la historia de «Chau Misterix» no es mala, pero está muy vista. Es la interacción entre realidad y ficción, entre lo que pienso o imagino y lo que hago o puedo hacer. Uno de los jóvenes – niños sueña que es Misterix; actúa en consecuencia. «La vida secreta de Walter Mitty» de James Thurber, «La rosa púrpura de El Cairo» de Woody Allen, «Los 300 millones», de Roberto Arlt, «La vida breve» de Juan Carlos Onetti ya ilustraron esta idea. Kartún acierta en la psicología, en la descripción de la conducta adolescente; pero su acierto no incluye a la trama. Es demasiado simple, aunque está urdida con elementos demasiado complejos.
La dirección (Carlos Aguilera) se decidió por un estilo infantil y una presentación frontal. El efecto, muy esquemático, fue el distanciamiento de los espectadores, su negativa a sentirse identificados, ni siquiera mínimamente, con lo que ocurre en escena. Los actores mostraron una vitalidad y una desenvoltura admirables: hicieron lo que debían, y ello demandó no poco esfuerzo; pero lo obvio del argumento no permitió apreciar más cualidades. *
CHAU MISTERIX, de Mauricio Kartún, con Flavia Delgado, Sebastián Silvera, Javier Barboza y Luciana Acuña. Escenografía de Sebastián Silvera, vestuario de Ayelén Gastaldi, banda sonora de Carlos García, iluminación de Carlos Torres y Claudia Sánchez, dirección general de Carlos Aguilera.
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