Arte

Dos artistas polentosos

No son dos muestras perfectas. No tienen gran porte profesional. No acceden a los medios de comunicación con la facilidad de otras. Transcurren recatadas, sin aspavientos.

 

Blanca Villamil en el CME

No estoy contando una historia es el título impuesto por Blanca Villamil a la muestra que presenta en la Sala Menor del Centro Municipal de Exposiciones. Los materiales que emplea son modestas tapas de cajas de cartón dentro de las cuales distribuye dibujos, telas, hilos, agujas, objetos, fotos y fotocopias, recorriendo la estética del collage con despreocupada libertad operativa. Detrás, se advierte un discurso visual y conceptual auto referencial pero, como lo enuncia en el título, sin explícita narrativa o anécdota. Son flashes visuales aislados, iluminaciones de un pasado que fue y cercano, de instancias personales dramáticas, hoy felizmente superadas. Nada diferente a la de cualquier mortal de la civilización global y mercantil: grave enfermedad, intervención quirúrgica, recuperación lenta, soledad, aislamiento, dolor y terror por lo que vendrá y el renacimiento a la convivencia social.

Formada en el taller de Nelson Ramos quien también antes de morir a principios de 2006, transitó por un periplo similar aunque con desenlace final, Blanca Villamil, especializada en técnicas para atender a discapacitados con un dominio admirable en la profesión ejercida con especial dedicación, encontró en las artes visuales y la experimentación recursos adecuados para trasmitir vivencias sin que abrumen al espectador con el confesionalismo y el recuerdo repetido de otras (otros) colegas.

Se impone un distanciamiento apelando a pequeños objetos cotidianos que conforman, en su sencillez, un emocionante recorrido por una existencia particular trascendida, que no permanece anclada en sí misma. sino que, sin proponérselo, ejercita un acto de liberación y de afirmación dichosa en el existir sin dependencias de cualquier tipo. En sus imperfecciones formales radica la suave provocación estética, la comunión que produce una obra que se condensa, separada por un tabique, en el logrado objeto escultórico que, de alguna manera resume la intención de la muestra.

 

Juan Uría en el MEC

Montevideano de 1967, Juan Uría parece recoger, sin ser discípulo, la mordacidad de Hugo Longa. Con similar desenfado irónico en el trato personal y en la asunción pictórica (ambas corren paralelas sin solución de continuidad). Es cierto que tuvo maestros que alentaron la irreverencia ya naturalmente instalada en su personalidad y que aprovechó para proyectarla a través de la pintura. En pocos años, Uría modificó de tal manera el acto de pintar como para situarse, con rapidez, entre las más importantes figuras emergentes de su generación.

En el Centro Cultural MEC (hizo la primera individual en el mismo lugar cuando se llamó Instituto del Libro), la sala con vidriera a la calle es absolutamente olvidable y por eso mismo un referente obligado para comparar el cambio producido. De un desmadejado y primario tratamiento figurativo, ya demostrado en anteriores muestras unipersonales, Uría no se prodigó en el correr de los años, absorbido por su actividad de montajista, realizador de pintura perimetral del zoo y estudios de arte y computación. Hizo bien. Por eso, en esta suerte de antología retrospectiva que arranca de 1994, es posible seguir su itinerario. Un itinerario que obtiene sus mejores dividendos en los pequeños cuadros de 1998, colocados enfrentados, en plena posesión de sus recursos expresivos.

En la esclarecedora presentación del catálogo, escrito por Silvia Listur, el artista afirma: «La pintura es siempre un acto de combinación consciente de colores y formas, que en cierta manera la vivo emparentada con la creación musical. Entonces, ¿qué música interpreto? Tal vez esté tocando sin partitura una improvisación de colores en la que importa cómo toco y no el tema. Entonces lo que habrá que hacer es abrir los ojos para escuchar». Aunque es inseparable la forma del tema, los recursos pictóricos que emplea Uría no tienen una partitura visible, aunque existe una mirada unificadora que enlaza la narrativa referencial con una dosis de empinada ironía, cercana al sarcasmo. Ese talante zumbón recoge el legado de la pareja Picasso / Matisse en clave muy uruguaya, con su carga de grotesco ya ensayada por Figari y Carlos González. Pero lo disfrutable de esta exposición radica en el caudaloso cromatismo, el dibujo abierto y la suelta pincelada que comprometen al visitante en la fiesta visual. *

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