Una catástrofe de efectos especiales
Forlán lamarque
El largometraje de Wolfang Petersen, La tormenta perfecta, se apoya en un hecho real ocurrido con un grupo de pescadores de la localidad de Gloucester hacia 1991 y que literalmente se los devoró el mar a causa de un tremendo tornado. Con roles centrales para George Cloney y Mark Wahlberg, el resultado es muy menor.
¿Qué pretendió verdaderamente Wolfang Petersen, un cineasta ya en declive con la recreación de la tragedia de los seis pescadores o tripulantes del Andrea Gail en Una tormenta perfecta? Y asimismo: ¿quiso hacer de George Cloney –quien caracteriza al capitán del barco pesquero– una suerte de capitán Ahab zambulléndose obsesiva y frontalmente en lo que los metereólogos de entonces calificaron de «la tormenta del siglo»?
Esa secuencia final con Mark Wahlberg solo en el mar, ya perdido entre las inmensas olas y el temible viento huracanado y despidiéndose del amor de su vida, Diane Lane (quien aparece sonriente en un pequeño recuadro en el vértice izquierdo de la pantalla), ¿no es propia de una caligrafía de teleteatro, el golpe más bajo a la emotividad que se puede otorgar a un espectador, dada la magnitud de la tragedia?
Hollywood manda hacer, y en ocasiones como esta, cae en el peor de los errores y en el peor de los horrores en tanto representación cinematográfica de un caso real, pero la supertaquilla alcanzada dicta aparentemente lo contrario. Apelar a la sensibilidad de los receptores con una historia desplegada tan lacrimógenamente, saturada de efectos especiales, siempre será en el noventa por ciento de los casos un suceso en boleterías. Es lo que importa, aparentemente. Una tormenta perfecta es un filme que se apoyó en la novela homónima de Sebastián Junger y, si bien Petersen no falsea datos importantes o decisivos, es la forma de narración la que arruina el proyecto y casi que se vuelve irrespetuosa de lo que fuese una tragedia, no solamente por la muerte de la tripulación del Andrea Gail, sino por el hundimiento de un buque de carga y de la desaparición de un miembro del servicio aéreo de salvataje.
Petersen recurrió, por lo tanto, a la fórmula o a las recetas ya consabidas del género catástrofe: sereno pueblo de pescadores con sus internas personales y colectivas (Gloucester) y, más tarde, seis individuos comandados por el Ahab (aquel mítico personaje de Melville) que plastificado gestó Petersen (el peor trabajo de Clooney hasta la fecha, sobre todo cuando en los momentos de mayor tensión dramática carece de temple y de destreza para manejar los tiempos y los ritmos de su personaje) con el propósito de atrapar peces-espada y zafar de una mala racha que descontracture la presión que ha venido ejerciendo el patrón (el siempre correcto Michael Ironside). Uno podría decir que la reconstrucción tiene su corrección y profesionalismo en cuanto a los escenarios terrestres y a los fundados básicamente por las computadoras para unas aguas tempestuosas e indomables, pero la labor interpretativa del grupo es insípida y carece de credibilidad, a excepción de ese actor completo que viene a ser John C. Reilly (Magnolia) y de William Fichtner que no hace otra cosa que plagiar al tipo recio, monosilábico que hace en todas las películas que interviene.
Marck Wahlberg (el impecable actor de Boogie Nights) lucha contra los demonios de su propio personaje –su amor es más fuerte que todo por la chica de sus sueños y por el ejercicio de pescar, además de hacerlo para pagar deudas– y contra la incapacidad en este caso de no dotarle de real carnalidad o expresividad a una criatura decisiva en el epílogo terrible para toda la tripulación.
El resto del elenco transita, sucede por este relato que evidentemente se hundió lamentablemente como el Andrea Gail. Diane Lane hace sus partes de chica enamorada como lo ha hecho a lo largo de su intermitente trayectoria cinematográfica y por otro lado, Mary Elizabeth Mastrantonio expone todo su temple de actriz en cuatro o cinco escenas como para subrayar su comprobada versatilidad.
Hay que verlo a Clooney hecho una caricatura, una suerte de maniquí inexpresivo que ladra sus parlamentos enfundado en las vestimentas típicas de un fisherman: el promisorio salto que había logrado dar de la televisión al cine, se lo torpedea la torpeza de Petersen (quien alguna vez realizó una maravilla como El Barco), aunque no obstante Hollywood volverá a recompensarlo, pese a todas las tensiones que se han venido tejiendo –incluyendo una demanda a la producción del filme– alrededor de esta versión de la tragedia del Andrea Gail.
Una tormenta perfecta es fórmula y convencionalidad pura y llega a irritar porque parece haberse tomado a la ligera, exactamente en fase light un asunto tan delicado y tremendo. lamentable, sí. Es hora de retirarse a cuarteles de invierno, viejo lobo Petersen. Un filme para el olvido.
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