Arte

Instalaciones y artesanías

La muestra, con obras de los últimos años de César Rodríguez Musmanno (Centro Cultural MEC) fue la más coherente y equilibrada que realizó hasta ahora. La profesión de arquitecto se proyectó en cada cuadro de mediano formato realizados con materia generosa extendida en relaciones muy estructuradas a las que incorporó diversos materiales para acentuar el carácter táctil, con una disponibilidad muy hábil para inyectar a la materia, surcada de grafismos, rupturas e incorporaciones varias, una energía interior reveladora de un oficio largamente recorrido y asimilado hasta sus últimas consecuencias expresivas. Esa solvencia técnica y esa voluntad expresiva, remiten, inevitablemente, al informalismo matérico de los años cincuenta y sesenta que Leopoldo Nòvoa, entre otros, exploró, en especial en la decoración mural del estadio del Cerro, al socaire de las imágenes de Antoni Tapies, pero ajenas a la instancia de sutil denuncia de una situación dramáticamente opresiva que sí supo interpretar Agustín Alamán con reciedumbre artesanal hispana.

Rodríguez Musmanno no disimuló la herencia española; la reactualizó medio siglo después. Empero, en dos obras situadas a la entrada de la sala (faltó la pertinente identificación), composiciones de planos verticales unidos por pequeñas maderas unificadas en una paleta de ocres claros, fechadas en 1998, aparece un creador capaz de evadir los estereotipos y afirmar una personalidad en pleno dominio de sus recursos operativos.

 

Huéspedes de Mariana Duarte

Después de una experiencia europea, surgida de la obtención del Premio Paul Cézanne, Mariana Duarte propone una instalación textil (Alianza Francesa) integrada por camisetas blancas que pertenecieron a distintos usuarios y que ahora surgen cortadas y recortadas, exhibidas aisladas o agrupadas, extendidas o amontonadas, mientras desde un monitor se visualiza el proceso de realización. Lo que en su anterior y primera exposición (Centro Cultural Dodecá) y Ersilia, instalación premiada, fueron hallazgos felices de inusual inventiva, en esta oportunidad, la inmensa y despojada sala neutraliza toda condición aurática posible y la obra transcurre, en su sobria economía de medios, sin duda ligada al minimalismo, y el calculado montaje, sin provocar un sistema metafórico de significación convincente.

El talento de Mariana Duarte, uno de los más inteligentes y originales de la generación de artistas nacionales del tercer milenio, sabrá recomponer los hilos sutiles que entretejen y conducen hacia la autenticidad creadora.

 

Experimentación en el Blanes

Entre dos luces de Pablo Uribe es un proyecto ambicioso, una idea interesante que, en una primera impresión, suscita la sorpresa de su innovación al esquivar la rutina y no transitar por convenciones.

Partiendo del título de un cuadro de Blanes y hurgando en el acervo escondido del museo (artistas nacionales y extranjeros que incursionaron en el paisaje), dispone en seis agrupamientos que se superponen o yuxtaponen, formando cuadros con cuadros. En algunos casos, Cuneo (sin tilde, por favor), Figari y De Simone (al no haber referencias, los nombres pueden no coincidir) establecen una relación de materias que se potencian mutuamente al solaparse en un conjunto único. En otro caso similar, presidido por una tela de Américo Sposito, el efecto es meramente acumulativo. Quedan los cuadros que actúan como marcos en composiciones enormes en un intento de resignificar la producción paisajística en un improbable desencadenamiento de » una catarata de metáforas y asociaciones posibles», según escribe Laura Malosetti en el catálogo, además de otras divagantes y contradictorias consideraciones sobre naturaleza y arte. Más pertinente es la asociación de Gabriel Peluffo entre la manipulación de cuadros y el diálogo entre las estructuras del marco irregular de Rhod Rothfuss (que no lo inventó sino que tuvo en cuenta el constructivismo ruso) y de Mondrian, menos purista racionalista de lo que habitualmente se cree en su apropiación de la antroposofía de Rudolf Steiner y su fanática adhesión al jazz, al modificar el sistema de representación de manera tan eficaz que la sociedad occidental la absorbió hasta en niveles de popularidad como pocos en el siglo XX.

La idea de intervenir el espacio museístico es muy saludable, una práctica sacudidora. Pero a condición de indagar con intención desmitificadora los problemas de recepción en las convenciones museográficas. Con las mejores intenciones, Entre dos luces de Pablo Uribe no ofrece una formulación contundentemente ilustrativa de una idea feliz que el visitante, desorientado, saque sus propias conclusiones. Una alusión, acertada, a Mario Sagradini, como el antecedente de una sobreposición de cuadros pero respetando el espacio de cada uno y la circulación posible entre ambos. Quizá la lección del Museo Inseln Hombroich, en Alemania (poco conocido incluso en su propio país), con aproximaciones irreverentes de épocas y autores, sin identificaciones (un museo sin nombres propios, único en el mundo), excitante en su formulación a través de numerosos módulos, podría haber actuado como disparador de formulaciones que auxilien al desamparado visitante en la comprensión de las obras. Tal como está, el lejano Museo Blanes, parece más frío y distante que nunca.

 

Uruguayo para estimar

La palabra callada de Fernando Varela (Museo Nacional de Artes Visuales), pintor uruguayo radicado en Santo Domingo hace varias décadas, es la primera que realiza en Montevideo. El ascetismo que corresponde a su reciente producción, hecha de una elaboración cuidadosa y enérgica de impresiones de letras sobre la tela y el papel, en una intensa movilidad de sentidos y posibles significados, de calidades táctiles y exquisitas veladuras, resulta de difícil acceso al espectador al faltar referentes de su obra anterior que, sin duda, oficiarían de nexo comprensivo. La muestra revela un talento uruguayo para estimar, aunque la monotonía, por una iluminación poco apropiada a la obra, se apodere del conjunto.

 

Artesanía japonesa

Como el año pasado con la cerámica japonesa en el Palacio Taranco, transcurre, casi en secreto, hasta el viernes en el Palacio Santos (entrada por Cuareim, de 11.00 a 17.00) una excelente muestra de artesanía organizada por The Japan Foundation, institución responsable de numerosas exhibiciones en el exterior. El catálogo en inglés (hay traducción en textos de pared) se refiere al mundo de Kokeshi, es decir, de muñecas de madera talladas y pintadas. Muñecas deliciosamente estilizadas y de similar estructura (cabeza grande, cuerpo cilíndrico) que se amplió al fin de la Segunda Guerra Mundial con la creación de nuevos modelos, más personales, que enriquecen una antigua tradición oriental. La variedad de colores y elementos decorativos adjetivos (sombreros, rostros femeninos, peinados y vestidos, decoración floral o geométrica del cuerpo, todos pintados con impecable precisión), son muy atractivos y seductores.

Los juguetes japoneses (hace más de medio siglo circulaban en Montevideo las sombrillas de papel entre los niños) demuestran la pujante industria del juguete altamente capacitada en la competencia. Porque no sólo, aunque sea mayoritario, la exhibición despliega pequeñas y medianas muñecas (algunas exhibidas imprudentemente sin ninguna protección) sino además deliciosos juguetes (trompos, carritos, diminutos utensilios de cocina), cometas y kimonos confeccionados con lujosas telas. Artesanos altamente especializados, minuciosos en la búsqueda de la perfección técnica, enseñan a experimentar formas artesanales de sin
gular atractivo fuera del círculo de las manualidades locales, ya globalizadas, educando la sensibilidad y el refinamiento desde la infancia. *

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