Extraños en la noche
Quizás, si hubiera escrito en el 2006 y no en 1943, O’Neill hubiera preferido outsiders, o losers. Se nos dirá que el título importa poco. El título es, o debería ser, una definición, como «La muerte de un viajante»; a veces el título opera a través de un símbolo o metáfora, como «La gaviota»; pero un mal título es la puerta de una infección. El tema de la pieza aparece oculto, y más de lo conveniente, porque ya está oculto por el autor, cuyos dobles o triples fondos, siempre inteligentes, siempre encubiertos por un artista que no deja ver las costuras, deberán ser manifiestos en la escena. Encontramos en «A moon for the misbegotten»,dentro de nuestros imperfectos recuerdos de la literatura, una tercera o cuarta encarnación del encuentro revelador. En el poema de Po Kiu Yi «La guitarra», es el encuentro del funcionario retirado y solo que encuentra por azar a la esposa, solitaria y casi abandonada, de un comerciante; la mujer canta una canción donde habla de su soledad y su ansia de amor; el funcionario comprende en silencio, sabe que el tiempo del amor pasó; las solapas de su saco están empapadas en lágrimas. En el asombroso poema de Emily Dickinson que comienza «Morí por la belleza», la mujer que escribe el poema, que está muerta, encuentra a alguien que murió por la verdad, y los dos muertos se reúnen por azar, un ataúd al lado del otro, como «parientes que se encuentran en la noche»: en la última versión, en «La noche de la iguana» de Tennessee Williams, la deliciosa y desgarradora conversación nocturna, inspirada en el poema de Dickinson, entre Hanna Jelkes y Shannon. En todos estos fragmentos hay soledad de dos, un encuentro, una mutua revelación, una despedida. Es imposible no recordar a Goethe cuando escribió que si pudiera mostrar tal como son nuestras vidas, correríamos a abrazarnos, unos con otros.
Toda la obra está construida para la gran escena de los dos últimos actos entre Josie Hogan (Verónica Caissiols) y James Tyrone (Ariel Calderelli). El único efecto posible del desenlace es que el público llora en silencio, conmovido, quizás transformado, seguramente más fuerte. Ello no ha ocurrido aquí. La puesta en escena produce una sensación confusa, porque no se ha destacado suficientemente la culminación del drama que no se ha diferenciado de sus preámbulos: casi tiene tanta relevancia, en lo que se puso sobre las tablas, la escena inicial con la despedida, sin alma, de los dos hermanos, Josie y Mike (Félix Correa), con la última, en muy otro registro.
Debemos admitir, en honor a la verdad, dos verdades difíciles. La primera, que O’Neill, con su prolijidad casi maniática, exige de Josie que represente veintiocho años, mida un metro con ochenta centímetros, pese ochenta y tres kilos, tenga busto abundante y cintura graciosa, nos alumbre con bellos ojos azules, exhiba pelo negro sobre piel con pecas provenientes de Irlanda, y su gesto sea en parte marimacho y en parte muy mujer. Es casi imposible de encontrar. La segunda verdad difícil es que «A moon for the misbegotten» exige actores excepcionales, como para sostener el largo diálogo de Josie con James sobre una exuberante y muy esforzada riqueza de matices; y «Una luna para el bastardo» no los tiene (exceptuamos a Félix Correa y Gabriel Bauer, en personajes laterales) .
Verónica Caissiols y Ariel Caldarelli recuerdan irresistiblemente trabajos anteriores. La actriz está convencida que cierta sofocación, cierto decir entrecortado unido a un correteo sin mayor sentido significa sentimiento; y esos anhelos y suspiros son, casi, la única nota que propone en la dicción. El actor, siempre correcto, reitera el decir melodioso y con resonancias, casi acercándose al límite del canto, que al fin significa poco o nada. Hugo Blandamuro compone un personaje de modo tan convincente que, considerable mérito, no recuerda a Hugo Blandamuro; pero de ahí a que convoque a Phil Hogan y su incoercible marrullería, hay cierta distancia.
«A moon for the misbegotten» es la última obra de O’Neill. Es un recuerdo del pasado, ya que en alguna forma es la continuación de «Viaje de un largo día hasta la noche»; es un reencuentro, porque Josie está prefigurada en otras de sus obras. La pieza fue también, toda ella, una despedida bajo la luna. Los días del autor se acercaban al fin; pero sobrevino también una redención. Hubiéramos querido tener en nuestras tablas la luna de la despedida que merecía el desamparado, el solitario, el valiente Eugene O’Neill. *
UNA LUNA PARA EL BASTARDO, de Eugene O’Neill, con Verónica Caissiols, Félix Correa, Hugo Blandamuro, Ariel Caldarelli y Gabriel Bauer. Dirección de arte de Cristina Cruzado, luces de Sebastián Marrero, música de Leonel Leymoinie y Ariel Caldarelli ejecutada en gaita por Leandro Bonilla y Mariana Padrón en voz, dirección general de Elena Zuasti. Estreno del 27 de abril, teatro Alianza.
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