Judíos en Argentina: imágenes y testimonios
Con criterio ordenado y didáctico, que no excluye empero sus dosis de emoción, el documental recupera la peripecia de los inmigrantes judíos llegados a la Argentina en el siglo XIX, fugitivos de los pogroms en la Rusia de los zares.
En 1889, el primer contingente llegó a bordo del vapor Wesser, y entre ellos estaba Esther, de diez años, que vivió ochenta más y cuyo relato en off y en iddish sirve de eje a esta evocación de los avatares de esos judíos a través de casi un siglo de historia argentina: la decepción inicial (los terrenos prometidos ya no están disponibles), la miseria, la epidemia, finalmente la formación de colonias y el progreso. Fotografías, imágenes creadas ex profeso y el testimonio de descendientes de esos pioneros reconstruyen las diversas etapas de una aventura conmovedora.
Con una base documental, el filme habrá de provocar diferentes grados de emoción entre los inmigrantes judíos y entre el público general. Es, desde luego, una visión menos fantasiosa y más atada a la realidad de los gauchos judíos que la que mereció una versión ficcionada de Juan José Jusid.
Aquí hay un cariz social y testimonial. Lo primero que destacan los realizadores Imer y Trotta es la relatividad de los supuestos «brazos abiertos» a la llegada a Buenos de los expatriados extranjeros.
De inmigrantes refugiados se convierten en emigrantes (parias) internos dentro de un mismo país más bien ajeno, algo así como una dificultad que se suma a otras.
Los ocasionales villanos, quienes explotan a esos inmigrantes, no son necesariamente los malos de la película, sino terratenientes que representan la injusticia del latifundismo que hace casi siglo y medio trazaba el cuadro social de la Argentina. La «aventura» que se incorpora al relato marca una diferencia con crónicas o ficciones anteriores en el mismo cine argentino: se trata de cómo esa comunidad se extiende al litoral, La Pampa y Santiago del Estero.
Es decir, incorpora la crónica histórica y social, y no se queda en el habitual lamento. En ese punto, el relato se convierte como ha dicho un crítico argentino en una suerte de road trip con materiales de archivo, noticieros de principio de siglo, fotos y reconstrucciones.
Desde la banda sonora la voz de una de esas sacrificadas inmigrantes, dicha por Shifra Lerer, habla por todos, pero curiosamente crea a la vez una barrera y un distanciamiento dramático no deseado por los autores.
El filme importa por lo que transmite y muestra, una especie de desafío donde la imagen es determinante. *
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