LIBROS

Violín y otras cuestiones

En «Violín y otras cuestiones», su primer libro de poesía publicado hace ya medio siglo, el emblemático escritor argentino Juan Gelman revela su inconmensurable vuelo creativo, que lo transformó, a la sazón, en una de las voces mayores de las letras latinoamericanas.

Juan Gelman es, sin dudas, una figura paradigmática, cuya profusa obra, que ha cosechado admiración y reconocimiento mundial, fue traducida a más de una decena de idiomas.

Escritor comprometido con la realidad de su tiempo histórico, Gelman posee una producción de impronta bien personal, en la cual sobresalen obras referentes como «Gotán», «Cólera buey», «Fábulas», «Hechos y relaciones», «Citas y comentarios», «Hacia el Sur», «Exilio», «La junta luz», «Com/posiciones», «Anunciaciones», «Interrupciones I y II», «Carta a mi madre», «Salarios del impío», «Incompletamente» y «Valer la pena».

Ha sido galardonado en múltiples oportunidades, obteniendo en Premio Nacional de Poesía (1997), Premio Reina Sofía de Poesía Latinoamericana (2005) y Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda (2005).

En esta ópera prima, el célebre autor ya insinuaba una sensibilidad muy peculiar para retratar las más entrañables inflexiones emocionales del alma humana, en un discurrir poético pasional y fuertemente militante por la vida y la construcción de la épica emancipadora cotidiana.

Frontal y elocuente, la poesía de Gelman exploró siempre nuevas formas creativas, que no se ajustan a estructuras y métricas rígidas ni a retóricas predeterminadas.

Este libro corrobora que, desde su nacimiento creativo, Gelman exhibió siempre un estilo dotado de una identidad propia, distante del discurso complaciente pero también de la mera proclama panfletaria.

Desde el comienzo de este periplo, el poeta sitúa su pluma en los territorios de la cotidianidad, pero también en el estadio de los grandes interrogantes del ser humano.

En la primera parte de este libro inaugural intitulada «Violín», el escritor mixtura la más cruda realidad con la fantasía, para construir un itinerario poético de trazo nostálgico. En este caso, hay un deliberado juego de temporalidades, enfatizado por imágenes literarias que sugieren la caducidad de las cosas.

No en vano los verbos de «Epitafio» están conjugados en pasado, invocando lo que fue y lo que está en curso de desaparecer.

Esa versificación de trazo crepuscular refiere a lo animado (el ser humano, el pájaro, la flor), pero también a lo inanimado: el violín.

Sin embargo, en este caso concreto, el instrumento musical asume un carácter simbólico que excede a sus armonías y sonoridades, porque es parte de una construcción vivencial, lo que lo transforma en crucial protagonista.

Por su parte, «El caballo de la calesita» también invoca la inexorabilidad del incesante fluir del tiempo. Esa figura de madera, aunque es un cuerpo inerte, representa, con su movimiento, el vértigo de la vida que el autor retrata en múltiples imágenes del paisaje humano.

Hay una anciana que vende fruta en plena vía pública, un pordiosero que sobrevive como puede, una pareja que se ama o un suicida que se despide garabateando una carta, antes de emprender la definitiva partida.

En todos esos personajes está simbolizada una fuerte sensación de fugacidad, que alude al presente, pero también a un pasado que es parte de la historia humana y a un futuro que es, casi siempre, mera incertidumbre.

Juan Gelman lanza una mirada ácidamente crítica a una cotidianidad plena de contrastes, de claros y oscuros emocionales y sociales.

Esa idea de tiempo sin tiempo está representada también en «Crepúsculo distinto», cuando el poeta construye múltiples personajes anónimos pero no menos protagónicos.

El escritor traslada al lector un sentimiento de vulnerabilidad, que sugiere y pincela elocuentemente en cada verso, en una escritura impregnada de fuerte encarnadura.

El discurso del autor trabaja permanentemente con la dimensión existencial del ser humano, con el ser y no ser hamletiano y el vértigo vivencial que marchita rápidamente juventudes y felicidades.

En la segunda parte de este libro intitulada «Viendo a la gente andar», el poeta se sumerge aún con mayor profundidad en la epopeya de la realidad. El verso se torna piel y carne expuestas a la intemperie de la vida, discurriendo entre la apoteosis y el desencanto.

En este tramo de su personal creación literaria, Juan Gelman se compromete con las venturas y desventuras del hombre común, con el asalariado que sueña con el aumento del sueldo, el ama de casa que lucha por administrar siempre lo que queda y el desamparado que huye de la realidad mediante el alcohol o la droga redentora.

Ese incansable transitar por una y mil intimidades de colectivas felicidades e infelicidades, conduce a la pluma del escritor incluso a la ruta de la muerte, siempre ominosa, sombría y contundente.

Afloran, nuevamente, los suicidas que voluntariamente «huyen» del aquí y el ahora, emocionalmente quebrados y abrazados a sus sueños casi siempre aniquilados.

El por entonces joven poeta captura en su escritura el tortuoso calvario de un desocupado, con invocaciones a un dios que parece no escuchar. El verso se torna crudo y desgarrante, como si se tratara de una despiadada súplica: «…desde los cielos bájate si estás, bájate entonces, que me muero de hambre en esta esquina, que no sé de qué sirve haber nacido, trabajo no hay, bájate un poco, contempla…»

Por su parte, «Mujer encinta», uno de los poemas de mayor belleza estética por la sonoridad y el ritmo de sus versos, es un himno al amor de madre, a la nueva vida que se está gestando en calor amoroso y hospitalario del vientre materno. Sin embargo, el autor no soslaya los riesgos del arribo de ese pequeño a un mundo de guerras, disputas y violencia.

En «Un viejo asunto», el sensible poeta reconstruye la recurrente odisea del inmigrante, describiendo sus nostalgias y desarraigos, las humillaciones padecidas, la injusticia y la explotación laboral practicada por los dueños de todo, que también ultrajan la dignidad de sus propios hermanos.

Una de las piezas sin dudas más militantes de este libro es «Niños: Corea 1952″. En este texto, el emblemático escritor fustiga ácidamente la agresión imperialista, la destrucción y la muerte de víctimas civiles inocentes: «…no te duermas niño, no te duermas sol, que en los arrozales mata el invasor…»

En la tercera y última parte de este entrañable libro intitulada «El amor ha crecido», el monumental escritor elabora un conmovedor registro poético, en el que nuevamente construye los relatos vivenciales de los héroes anónimos que luchan cotidianamente en silencio y se aferran a los afectos para sobrevivir a la adversidad y a la erosión del tiempo que apaga lentamente las vidas.

Juan Gelman escribe a cielo abierto, compartiendo las mismas inquietudes e incertidumbres de los olvidados, de los ignorados, de los que esperan lo que no llega y de sueños rotos por el desaliento y la indiferencia.

La poesía del escritor gime y muerde, porque es un verso de estómagos vacíos, de enfermedades incurables, de meses interminables y padecimientos que no cesan.

Sin embargo, ese conmovedor discurso instalado sobre los adoquines de las calles silenciosas y ausentes de solidaridad, que inhala las angustias cotidianas, es también un himno a la vida y al amor.

La poesía de Gelman no es un mero lamento, es una fuerte proclama, una voz rebelde que reclama y exige el inalienable derecho a la dignidad y a la justicia redentora.

La escritura del célebre autor se transforma también en filosa espada, para enfrentar a los monstruos que habitan en el alma humana. En «Llamam
iento contra la preparación de una guerra atómica», Juan Gelman construye un soneto fino y punzante, que denuncia el ominoso fantasma nuclear que amenazaba y aún amenaza a la humanidad.

En este caso, el poema trasunta la inquietud y la perplejidad de un joven atribulado por la carrera armamentista y aún impactado por la barbarie perpetrada en Hiroshima y Nagazaki.

En el epílogo de esta juvenil antología, Juan Gelman rinde tributo precisamente a la poesía, como lenguaje universal que retrata la peripecia vital del hombre, sin olvidar a los excluidos de siempre, a los huérfanos de afecto, a los descastados. Según el autor, la poesía los representa a todos, a sus angustias y a sus siempre azarosos destinos.

En «Violín y otras cuestiones», Juan Gelman construye un sólido alegato por la vida y la dignidad humana, en un discurso literario torrencial, valiente y militante. *

(Ediciones de Seix Barral)

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