El papel de los artistas italianos
Con los nuevos criterios adoptados sobre la seguridad en el transporte de obras de arte, ya no circulan como en años anteriores piezas famosas. Sería impensable hoy la exhibición temporaria de la Gioconda a Estados Unidos. Incluso el desplazamiento de obras de menor fama pero igualmente importantes vinieron a Montevideo en las recordadas muestras De David a nuestros días y De Manet a nuestros días e incluso desde la vecina orilla, parte de la Colección Di Tella, con cuadros impresionistas y de Picasso.
De Italia vino Alberto Burri y de España Antonio Tapies, mientras que los principales cuadros de Mondrian y el movimiento neoplasticista holandés se derivaban hasta acá desde la bienal paulistana. Para citar algunas de las numerosas muestras del lejano ayer. Incluso, los gobiernos uruguayos anteriores tenían la voluntad de enviar a Buenos Aires y Chile artistas nacionales. Al parecer, la fundación del MERCOSUR hizo añicos todos esos emprendimientos aunque es pertinente recordar que en el Protocolo de Integración Cultural del MERCOSUR (que deberían tener a mano todos los ministros de Cultura y de Relaciones Exteriores), firmados por unanimidad de sus componentes, el 17 de diciembre de 1996, acordaron «promover y programar proyectos conjuntos», «facilitar la creación de espacios culturales y promover la realización, priorizando la coproducción de acciones culturales que expresen las tradiciones históricas», «el intercambio de artistas, escritores, investigadores, grupos artísticos e integrantes de entidades públicas y privadas», facilitar el «ingreso temporario, en sus respectivos territorios de material destinado a la realización de proyectos culturales» y «la adopción de medidas que faciliten la circulación de agentes culturales vinculados a la ejecución de proyectos de naturaleza cultural».
Veinte capítulos donde se repite con insistencia la palabra cultura en un protocolo que entró en vigencia a los treinta días de haber sido firmado. Fue hace diez años. Todo sigue igual. O peor. Puro papel escrito. La construcción de las papeleras impidió la libre circulación de personas y demás por los argentinos. Se arrasó con el derecho internacional y con cualquier tratado regional o bilateral. Lo alarmante es, empero, la pasividad de las autoridades, de los responsables oficiales o particulares de la conducción cultural, el silencio cómplice de artistas e intelectuales, tan veloces en juntar firmas y manifiestos por un hecho político y tan indiferentes ante una aberrante situación. Es cierto, también las autoridades nacionales recibieron, al asumir la nueva administración y hasta con beneplácito, proyectos destinados a salir de esta parálisis que han quedado guardados en algún cajón de la impenetrable burocracia.
Por eso, conviene valorar como corresponde, el modesto envío de la Fondazione Sartirana Arte y los esfuerzos del Instituto Italiano de Cultura por mantener un puente cultural entre ambos países que, desde hace un par de años se realizan por América Latina. Con poca repercusión en los medios de comunicación e ignorada por la mayoría de los especialistas. Arte su carta (Arte sobre papel) reúne una treintena de dibujos, acuarelas, tintas y témperas, de artistas italianos, muy conocidos en su mayoría (estuvieron el año pasado, con variaciones, en una muestra de grabado) en el Cabildo. Bocetos y proyectos que tienen el sabor de trasmitir «la génesis de una obra» como escribe Angelo Manenti, director del IIC.
En la espontaneidad de la concepción, en la rápida captación de una idea puesta sobre el papel radica el atractivo de la muestra. Así como Juan Manuel Blanes fue brillante en los bocetos de La fiebre amarilla y La muerte de Venancio Flores y convencional en las pinturas finales, aquí se destacan algunas firmas notables. La primera está a la entrada: una Composición de Giuseppe Capogrossi, en técnica mixta, entre acuarela y témpera, de una exquisita levedad en la mancha y la caligrafía mucho más sugestiva que en sus cuadros, por veces, rígidos en la signografía asumida por el artista y a las que, en algunos casos, Manuel Pailós se acercó.
Algo similar ocurre en Renato Guttuso: Emigrantes, acuarela de 1966 (no de los años 70 como dice el catálogo), se sitúa lejos de la retórica del realismo socialista de sus cuadros.
Enérgico y vital, Emilio Scanavino representa su extraordinario talento en Trenzado. De la misma manera, Afro, Giuseppe Santomaso, Piero Dorazio, Emilo Vedova, Giani Dova, Osvaldo Licini, Zoran Music, Gio Pomodoro, Filippo De Pisis, Gianni Colombo, Alik Cavalieri, los escultores Andrea Cascella y Pietro Consagra, referentes ineludibles de los años cincuenta y sesenta, son indicadores de la sensibilidad de la época. Para el historiador y el crítico, conocedores del arte peninsular (escasos, dicho sea al pasar) estas pequeñas obras son muy disfrutables. No son los únicos, por cierto, pero el catálogo omite los datos biográficos además de un enmarcado sin unidad, que disminuyen el propósito didáctico de la exposición. *
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