"VISTIENDO A PAPA" DE MARIO VIANA, EN EL TEATRO STELLA D´ ITALIA

El rey se muere

El tema es harto conocido: un hombre agoniza; la esposa rezonga porque ella y no las amantes del senil pícaro debe atenderlo en los últimos y penosos pasos de su exitus fatalis; los hijos ávidos acechan el reparto de la casa familiar. «Hay que deshacer la casa», «Mujeres en el armario», «Nosotras que nos queremos tanto»… la lista es larga. Toda la diferencia la hace aquí un desenlace forzado: en una larga diatriba (demasiado corta, no obstante, para tamaña transformación) la mártir se arrepiente, reniega de las palmas, rompe con todos, dicta la ley. Abandonará al enfermo, al cuidado o al descuido de los hijos.

A la más somera observación, el espectador comprueba que nada funciona en la pieza. No lo hace la escenografía (de autor anónimo) que abarrota la pequeña sala 2 con una cama matrimonial sin injerencia en la acción. No sirven a la obra las luces (Leonardo Geicher), estáticas y por demás intensas (en clara contradicción con los momentos que dicen vivirse), sin ninguna variedad de climas, pese a que el desenlace pondrá a la obra patas arriba. Las escenas están mal construidas y peor resueltas, divagando la acción de un tema a otro; el diálogo es vulgar y ocioso, sin una línea donde el autor haya intentado el ingenio, la gracia o el retruécano. Los personajes, la madre y los dos hijos, no tienen la mínima definición exigible, y en particular nada en la sufrida esposa prepara o permite prever su desatentada evolución final.

Lilián Olhagaray es una de nuestras mejores actrices, y en algunos detalles, sobre todo a comienzo, cuando compone la esposa dolida, nos lo recuerda. Pero la transformación que, a contramano del personaje, le exigió el libreto es imposible de realizar. La actriz no expresó conmoción interior ni rebeldía contra un destino diseñado por una sociedad rígida, para nada de lo cual tuvo texto. Hubo una erupción, con más grito que energía; en la mímica hubo más extravío que firmeza o determinación. Aún la actriz miró con cierta insistencia y tal vez con ansiedad a la platea; no hubo contacto. El resultado fue tan patético que se pudo ensoñar otro final, más trágico y más lógico, donde aborta el proyectado renacer. La esposa, ya mayor y con hijos adultos, se va, como en «Casa de muñecas»; pero sólo puede fracasar… Pero este desenlace, más coherente con las premisas de la pieza, no tuvo lugar.

La puesta en escena (Jorge Denevi) fue superficial. El movimiento escénico, en particular, carente de toda preocupación plástica, nos fue incomprensible: tan pronto teníamos ante nuestras narices a la hija, tan pronto al hijo, nunca supimos por qué. En cuanto a la interpretación, no vimos ninguna señal de que se hubiera marcado un estilo a los actores, que parecieron librados a sus solas fuerzas. *

 

VISTIENDO A PAPA, de Mario Viana, por teatro de La Gaviota, con Lilian Olhagaray, María Elena González y Javier Tió. Iluminación de Leonardo Geicher, dirección de Jorge Denevi.

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