Una película de tono humano y entrañable
Precedido por los premios mayores de San Sebastián y de Chicago, y presentado como gala especial en Mar del Plata 2005, no trata sobre la guerra en Irak sino de la realidad cotidiana en el norte kurdo, al tiempo que comienza la invasión norteamericana. Su tema es la gente, la vida real, un universo imprevisto donde queda espacio para el humor, las vidas que continúan a pesar de todo en una zona fronteriza y campesina de Irak cerca de Turquía. Como en su anterior Tiempo de los caballos borrachos (que había sido Palma de Oro en Cannes 2000), sobre poblaciones itinerantes kurdas, el tono aquí es también humano y entrañable. Los protagonistas son niños que se las arreglan para sobrevivir, pero ese cuadro coral debe entenderse como una síntesis de un pueblo sin territorio propio, con rasgos culturales, idioma e identidad. Al fondo de la trama, las montañas áridas y evocadoras contrastan con datos de violencia y tragedia, como si ese paisaje indicara que la vida y la historia continúan, aludiendo a la supervivencia en el tiempo de un pueblo a veces cerca del exterminio, todo ello sugerido con sutileza y no dicho explícitamente. Una idea que está en el título del filme, donde lo maravilloso e imposible puede ocurrir y las tortugas algún día levantarán vuelo.
Vista en superficie, la película describe las historias de varios niños en un campo de refugiados próximo a la frontera con Turquía. Los chicos son listos, inventivos, crean una sociedad propia con jerarquías, líderes, juegos peligrosos (desarman minas de tierra), alguien que puede predecir el futuro, una muchacha con la que se arma un trío bizarro. Esos niños (sin experiencia actoral previa, con convicción y frescura) poco tienen que ver con el mundo adulto, que se maneja con otras reglas, que provoca la violencia y la guerra, y que pertenece a otra realidad más bien trágica. De ese modo, la trama es apenas un reflejo indirecto de la realidad, y la cinta debe verse como una manera de aproximarse a través de una mirada en apariencia ingenua, a esa vida colectiva herida por la persecución racial dentro del país y por una invasión que llega de lejos. A tres años del comienzo de una guerra que no se sabe cuándo ni cómo va a terminar, este filme por momentos entrañable aporta la entrelínea humana, el día a día de la realidad que perdura en medio de una circunstancia particularmente desfavorable. Para el director Ghobadi debe entenderse como el desafío a decir lo más sin alardes ni declamaciones, con emoción, algo que probablemente aprendió de su maestro ilustre, Abbas Kiarostami, de quien fue asistente y actor en varios filmes hasta El viento nos llevará y de quien probablemente aprendió que la simplicidad es el mejor estilo para transmitir al espectador sentimientos permanentes, una suerte de poesía de lo humano a través de miradas infantiles en un contexto doloroso.
Un dato complementario: Ghobadi es productor y libretista de todos sus filmes, con una marcada independencia de productores internacionales y ha contado con el apoyo solitario de Mij Film de Teherán. Se desconoce cuál será su relación actual o futura con las nuevas autoridades del cine iraní, que hasta ahora lo habían respaldado. Por cierto, en Irak o en Kurdistán esos apoyos no existen. *
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