Discreto interés de la temporada porteña
En los museos y centros culturales porteños de repente, el público, siempre importante, desapareció. Por sus hermosas salas vacías desfilan cuidadas exposiciones que, por su carácter y procedencia, no atraen multitudes. Es una ventaja: se pueden disfrutar mejor las obras sin los ajetreos febriles de la concurrencia.
Por la Recoleta, una visita obligada al Museo Nacional de Bellas Artes con sus espléndidas colecciones de arte europeo (Tiziano, Rubens, Rembrandt, El Greco, Goya, los impresionistas y el siglo XX, de Picasso a Tapies, de la colección Di Tella), el mejor de América Latina, rival del Museo de Arte de San Pablo. El año pasado inauguró una nueva sala permanente dedicada al arte precolombino, pequeña aunque de sugestivo montaje (para aprender los uruguayos), luego de haber remodelado la historia del arte argentino, desde sus orígenes hasta hoy, con un denso guión curatorial. Entre sus muestras temporarias figura Rembrandt examinado por 17 artistas contemporáneos, en su mayoría argentinos, donde se distinguen Elizabeth von Zehmen con una instalación inspirada en La cerda, 1643, del genial holandés, y Facundo De Zuviría en La ronda nocturna de Buenos Aires, ambientada en un depósito o subsuelo recorrido por cartoneros. Más interés revela Estudio Witcomb, el primer estudio de producción de fotografías argentino luego convertido en galería de arte, fundado en 1878 con intensa actividad hasta su cierre en 1970. Con buen criterio, la curadora Sara Facio eligió el tema de la familia argentina de comienzos del siglo XX en una exquisita evocación epocal.
Cerca, el Centro Cultural Recoleta hospeda en la sala Cronopios una retrospectiva del dibujante Eduardo Stupía (1950), con excelente oficio al servicio de una estética informalista que hoy resulta fatigosa y demasiado dependiente de la caligrafia japonesa y del iraní Zenderoudi, aunque en su enorme ejercicio sobre la Conquista de América logra una intensidad formal de gran impacto.
Más allá, el Malba.(Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires), la germano venezolana Gego (1912 1994), de la mano de la curadora Mari Carmen Ramírez, despliega sutilezas con hilos de alambre y numerosos grabados, aunque muy lejos de los excelentes envíos a las bienales de San Pablo y del MERCOSUR.
En la zona céntrica, se destaca el Centro Cultural Borges, siempre irregular en su programación, con una retrospectiva de 100 fotos de Robert Capa (1913 1964). Nacido en Hungría, huyó del país a Berlín a los 15 años, con el nombre de nacimiento Andres Friedman, estudiando ciencias políticas y volver a huir, ahora de los nazis, hacia París, donde conoció a la fotógrafa Gerda Taro con quien inventó el seudónimo Frank Capa (ella adoraba a Robert Taylor y él al director Franz Capa o ¿Frank Capra?). Lo cierto es que, contratado por la revista Life, viajó a España para cubrir la Guerra Civil, celebrizándose por la toma memorable de un miliciano al morir, identificado después con el nombre Federico Borrell García, cerca de Córdoba. A seguir, en la invasión japonesa a Manchuria, 1938, el desembarco de Normandía, 1944, la creación de Israel, el fin del imperio colonial francés en Indochina. Mientras acompañaba a las tropas francesas, pisó una mina y voló por los aires.
Fotógrafo extraordinario, anticipó a muchos (Jeff Wall, entre otros) con un rotundidad de la imagen, individual o colectiva, en exteriores o en la intimidad. La muestra comienza con una foto de Troszky en 1932 y termina en 1954.
En el mismo CCB, Ari Versluis & Ellie Uyttenbroek, vienen de Rottderdam para exhibir la serie Exactitudes: una contracción de exacto y postura, fotos de estratos culturales diferentes, en un ensayo antropológico de identificación social, mientras fotos de Yuri Gagarin recuerdan que el 12 de abril de 1961 se convirtió en el primer hombre en el espacio.
Por otros ámbitos céntricos (Galería Ruth Benzacar, Centro Cultural de España, Fundación Klemm), la corrección de siempre. En el aire casi irrespirable de La Boca, la Fundación Proa propone Colecciones de artistas, de interés relativo aunque sumamente curiosas en su dispar selección, con algunas obras valiosas ilustrativas de ciertos períodos del arte argentino poco divulgado. Impecable la sala dedica a las pinturas murales (Wall Drawings) de Sol Lewitt, ya exhibidas cinco años atrás, algo que debería conocer algún pintor uruguayo con aspiraciones a decorar el interior de centros culturales.
Dos curiosidades: el brasileño Eduardo Kac en la Fundación Telefónica, con fotos, dibujos y objetos multimedia, con el nombre Rabbit Remix, un cruce entre lo biológico y lo tecnológico.
En la suntuosidad de Puerto Madero el Cow Parade, consistente en 150 vacas de acrílico pintadas por artistas argentinos (aquí las quiso mercantilizar, sin resultado, Alicia Haber, experta en maniobras especulativas) y ya sometidas al vandalismo depredador, que sigue en paralelo a maniquíes intervenidos (vidriera de Desiderata, nueva marca de ropa de mujer), a cuerpos pintados, a bancos intervenidos (se hizo en el verano en Punta del Este) y a heladeras viejas intervenidas en la bienal de La Habana, de mejores resultados según alguna crónica hispana. La secuela de los nuevos soportes ya es una institución de contagio global, además de falta imaginativa, por supuesto, como si el cambio de soporte detuviera la agonía pictórica. *
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