Vida y milagros
En «Vida y milagros», el narrador y poeta Rafael Courtoisie construye un sólido alegato que apunta a la decodificación de los lenguajes del presente, mediante una prosa elocuente y no exenta de fina ironía, que identifica y cuestiona las frivolidades y vacuidades características de la posmodernidad.
En esta selección de narraciones, el autor pone bajo su escrutadora lupa a una multiplicidad de personajes, en un ejercicio literario que discurre entre la mera observación de conductas humanas y la reflexión de trazo a menudo existencialista.
Su visión, no exenta en algunos casos de fascinación, resulta frecuentemente crítica e irónica, por la peculiaridad de los seres que se cuelan en los territorios de su creación, con sus facetas más oscuras e iluminadas.
Rafael Courtoisie despliega toda la sagaz versatilidad de su pluma, para hurgar en las «Caras y máscaras», una dicotomía que no es tal, por más que casi siempre represente las singularidades de la personalidad.
En ese contexto, alude a célebres escritores que se ocultaron detrás de seudónimos y heterónimos, los que, en algunos casos, disfrazaban incluso el sexo.
En este revelador ensayo sobre la naturaleza humana, el narrador atisba detrás de las máscaras, lo que le permite redescubrir la verdadera esencia de los evocados, todos ellos famosos pero, en muchos casos, «desconocidos».
La escritura de Courtoisie incursiona en el universo de los enfermos imaginarios, la somatización de las emociones, el talento y las obsesiones, desde el genial Moliere que en su obra se mofaba de las frivolidades de su tiempo histórico, hasta las banalidades de Michael Jackson, sus asepsias patológicas y sus exacerbadas crisis de identidad.
El escritor observa con agudeza los territorios de la historia, descubriendo grandezas no tan grandes, las desmedidas soberbias y las curiosas relaciones de causalidad que vincularían al presidente norteamericano Abraham Lincoln con las estrellas de ébano de la NBA, que brillan en los escenarios deportivos de la meca del básquetbol y ganan millones de dólares.
Esas cumbres borrascosas están también pobladas de «mandatarios, bufones y secuaces», lo que permite al autor desarrollar un ácido ejercicio de sátira política que se mofa del poder abusivo.
Courtoisie reflexiona acerca de la riqueza y la pobreza, en dos relatos que denuncian el drama de la marginalidad en Montevideo y Nueva York.
También alude a la locura, la soledad y la muerte, interpretando esos fenómenos a través de las cartas de un juego de baraja, en una suerte de metáfora sobre la relatividad de los conceptos y los símbolos impresos en el imaginario colectivo.
En pleno ejercicio exploratorio de los paisajes humanos del tercer milenio, el escritor analiza la proliferación de videntes y adivinadores, los taumaturgos posmodernos y la contemporánea resurrección de milenarias filosofías orientales.
Rafael Courtoisie reflexiona sobre una de las inclinaciones más condenables de la naturaleza humana. En cuatro relatos, corrobora la compulsión por tener y acumular, aunque, en algunos casos, se pierda incluso la vida.
El autor fustiga a la avaricia, responsable de muchos de los males que aquejaron y aún aquejan a la humanidad.
Su pluma explora los territorios humanos más intrincados, logrando descubrir historias mínimas conmovedoras, como el relato ambientado en la feria de Tristán Narvaja, en el que el creador reflexiona acerca de la infancia, la vejez y la fantasía.
El ensayista apela al surrealismo, para construir otros dos relatos que impactan por su contundencia expresiva: «Matapájaros» y «El cazador de almitas».
En ambas historias, el autor nos confronta nuevamente a la muerte, tanto por mero instinto autodestructivo como por agotamiento del ciclo vital.
Hay una intensa reflexión en torno a la inexorabilidad del destino que todos compartimos, en elocuentes imágenes que retratan la tragedia cotidiana de hospitales y sanatorios, salas de espera o centros de tratamiento intensivo, donde los humanos se aferran a lo único irrecuperable: la vida.
El discurso literario del autor se torna deliberadamente sombrío, desestimando toda eventual estrategia de minimización del supremo drama de la definitiva partida.
El escritor se torna crítico, al elaborar un simbólico alegato sobre la desaparición de un modelo de país, en un relato intitulado «Dinosaurios». En este caso concreto, el legendario reptil no representa lo anacrónico ni lo perimido, sino lo perdido y lo añorado.
En su intenso discurrir literario, el autor observa con agudeza otras conductas humanas, como la tan arraigada estética de la perforación de orejas, labios, lenguas y otras regiones de la anatomía humana, que simbolizan señas de identidad individual y grupal y perentorios intentos de continentación social.
El extenso periplo explora otras historias y territorios urbanos no menos conflictivos, aludiendo a trabajadores informales y extranjeros indocumentados, que sobreviven a duras penas- sin derechos jurídicos ni certezas.
Agudo observador de la realidad, Courtoisie fustiga ácidamente a la cultura de las apariencias, las siliconas, los lentes de contacto cromáticos y otros artilugios que proveen las nuevas técnicas de transformación estética para construir un nuevo concepto de artificial belleza física.
El autor no soslaya alusiones en torno a las «cirugías del alma», que apuntan a «extirpar» la carga de las tensiones emocionales y la angustia cotidiana.
En una suerte de ejercicio casi antropológico, el narrador aborda lúcidamente otro de los problemas más traumáticos de nuestro tiempo: la violencia.
Este breve ensayo refiere a la seguridad y la inseguridad ciudadana, pero también a otras formas y modalidades de violencia instaladas en los paisajes contemporáneos.
Hay incluso alusiones críticas a cierto cine basura de alto consumo y a los héroes apócrifos recurrentemente vendidos como paradigmas por la industria del pasatiempo.
La pluma del autor también aborda las conflictivas relaciones entre el dinero y la poesía, una suerte de amor-odio que el autor interpreta a través de una atenta lectura de algunas inscripciones registradas en billetes que reproducen esfinges de célebres escritores.
En este texto, el autor critica despiadadamente a una sociedad cuyo supremo icono es precisamente el dinero. También la emprende implacablemente contra la indiferencia posmoderna hacia la poesía.
Courtoisie imprime un trazo crítico a su escritura, al abordar otras dos costumbres casi rituales de nuestro tiempo: la «ausencia» de los conectados al auricular o a la carretera virtual de Internet y los tentadores tenedores libres de tarifa fija, pantagruélicos festivales de excesos gastronómicos, bulimias irrefrenables y culpables anorexias.
Ambas son expresiones de insatisfacción y prácticas elusivas de una sociedad signada por el vértigo y el vacío de los discursos instantáneos.
El poeta y narrador retorna permanentemente a uno de sus temas más recurrentes: la muerte. Su abordaje trasciende naturalmente al análisis del mero fenómeno biológico, proponiendo una atenta reflexión acerca de la muerte como hecho cultural intrínsecamente asociado a las tradiciones y los ceremoniales fúnebres, pero también a la socialización y a la mercantilización de la sociedad de consumo.
El autor desarrolla una punzante lucubración en torno al uso de la lengua de Cervantes, el verdadero significado de las denominadas «malas palabras» y de las aluvionales groserías y chabacanerías televisivas que atentan contra la integridad de las neuronas de nuestros jóvenes.
En «Vida y milagros», Rafael Coustoisie mixtura el relato c
on el ensayo, para reflexionar sobre las grandezas y las miserias, la riqueza, la pobreza, la muerte la nostalgia, la informalidad laboral, la violencia, la inseguridad, la pedantería, la vanidad y la avaricia.
Su pluma escruta los entresijos de diversos territorios humanos, entre el pasado y el presente. Sin embargo, la temporalidad no es en esta obra un elemento determinante.
El escritor corrobora que los claros y oscuros del alma trascienden a toda eventual circunstancia histórica, porque son intrínsecos a la naturaleza humana.
No obstante, cuestiona -con singular agudeza- algunas costumbres y ritualismos contemporáneos, en un implacable ejercicio crítico de las futilidades que caracterizan a esta incierto posmodernidad.
Rafael Courtoisie imprime a su obra un acento irónico e irreverente, construyendo una poética del desencanto que cuestiona el errático rumbo de la humanidad. *
(Editorial Aguilar)
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