HACIA UNA NUEVA CRISTINA

Morán se confiesa en teatro de La Candela

Uno se pregunta cómo fue posible, alguna vez, resistir esa mirada. Ella tiene la voz, con sus vertiginosos cambios de velocidad y volumen, una voz que reconoceríamos entre mil; pero no es poca cosa el impacto de esos ojos acuosos, por donde parece pasar en un relámpago un manantial inagotable que nos miran desde una cabeza siempre erguida.

Parte del encanto está en que no es totalmente un agua clara. No hay allí, por cierto, ni una gota de veneno; no hay inocencia ya, y se siente la sombra de tormentas pasadas; pero como en las capas geológicas, que resumen largos períodos en una piedra compacta, se le adivinan vestigios de inocencia, aún de ingenuidad, en los pocos momentos en que Cristina se deja ir y le surgen gestos de niña. Hay vida aprendida, nunca sabremos a qué precio; hay la experiencia de quien no pasó por la vida en vano y que, bien vistas las cosas, todo o casi todo valió la pena.

Cristina ensayó el teatro más de una vez. Supo ser actriz, quiso ser autora, eligió obras que interpretó luego. Tras un periplo de ensayo y error que llevó algunos años, aquí vuelve al hogar, como Peer Gynt. Vuelve a su vida, que es el único material posible para nuestras aventuras en la creación. Allí se siente firme, precisamente porque mueve su piso, porque está en juego. No teme a la memoria, ese material peligroso, como las sustancias radiactivas, que nos puede destruir; el pasado está siempre a punto de explotar; como el átomo, encierra una energía insospechada, a disposición de quien sepa liberarla.

«La Morán se confiesa» es el título, pero Cristina se confiesa poco. Su estilo no es la confidencia. Relata anécdotas, algunas muy divertidas, de sus comienzos en radio y televisión, a veces conmovedoras; más que las circunstancias importa el sello de estoicismo que imprimió a toda su aventura; aquello es y no es ella. Ese carácter nos habla de coraje y de gracia, de decisión y de conciencia de los riesgos, de no temer a nada y aún de aceptar de buen talante los inevitables fracasos, de saber tomar distancia y volver a ver, sin tiempo ni espacio para la ira o la queja. La vida es ahora; la tomamos como viene; vejez no es deshonor. Pongámonos de pie para homenajear a Cristina, que ha entrado con firmeza en el buen camino. Es un camino largo el del arte; pero Ruskin tenía en su escritorio, a la vista, una piedra donde había grabado «Hoy». *

LA MORAN SE CONFIESA, de Cristina Morán, con la colaboración en textos de Gerardo Tulipano, dirección de Cristina Morán. En Teatro de La Candela.

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