El segundo mejor guitarrista
Woody Allen vuelve a presentarnos un filme «retro», esta vez, sobre los días de oro del jazz que a él le gusta, ubicado en los años 30.
Inventa al guitarrista Emet Ray (Sean Penn) al que carga de rasgos y anécdotas atribuidos a otros músicos de la época. Las peripecias de este personaje le permiten incluir bastante jazz arreglado por Dick Hyman, protagonizado por el guitarrista Howard Alden.
La cinta comienza con el propio Allen explicando por qué eligió a ese personaje, le sucede Ben Duncan describiendo a Ray, al que pronto vemos tocando (o, mejor dicho, llegando tarde a tocar). La película está armada a modo de biografía y otros críticos e historiadores de jazz aparecen para «aclarar» algunos episodios «oscuros» de este notable músico al que no le gustaba grabar por miedo a que lo copiaran. La biografía romántica que presentaba a los «genios de la música» como «titanes», degeneró al bajar a la revista semanal popular en la primera mitad de este siglo, en «viditas» que eran recopilaciones de anécdotas. Era la época dorada del jazz, así que no extraña que haya una historia del jazz hecha de anécdotas, más que de comentarios musicales. Esa es la línea que elige Allen para su guitarrista: comenzó como cafishio como Jelly Roll Morton, le gustaba mirar trenes como Django Reinhardt, vivía viajando y parando en hoteles como cien más, bajó sentado en una luna como Reinhardt (otra vez ese «gitano francés»), faltaba a sus presentaciones como Charly… perdón Reinhardt, era cleptómano como…, esgrimía su condición de artista para no comprometerse con las mujeres, como… etc.
El problema es que esos rasgos están «dichos» más que mostrados y que cuando se representan aparecen como caricaturas sin que se justifique por un tono general de humor de trazo grueso.
Emmet Ray roba un cenicero; se nos avisa que era cleptómano y no roba más nada hasta que al final el guionista precisa un incidente para relacionarlo con una mujer. Se nos informa que le gustaba mirar trenes e invita a cada mujer que se le cruza a mirar trenes –o a matar ratas a tiros–, pero una vez allí se pone de espaldas a la vía.
La presentación del tipo pintoresco, que menciona a Reinhardt cada vez que se presenta y se desmaya cada vez que lo ve, está presentada de a un costado por vez, lo que sería un desastre si Sean Penn no aportara una de sus mejores actuaciones.
La película llega a desconcertar. Pero por algo Allen es un profesor del guión. Al final nos ata algunos datos que había ido sembrando y logra redondear un sentido general que estalla literalmente cuando Emmet Ray destroza su guitarra contra un poste.
Puede no terminar siendo una obra maestra. Quizá Allen esté trabajando demasiado rápido. Esta película es de 1999; después de Celebrity del año anterior había actuado en tres películas y ya ha actuado en Picking up the pieces y estrenado Small time crooks.
Pero además de Allen, Penn y la música hay otras atracciones, sin contar a Uma Thurman. La primera es Samantha Morton, que actúa una de las chicas de Emmet Ray. Allen dice que tiene un estilo «Harpo Marx» para interpretar a su ingenua muda.
Otra, es la fotografía. Se utilizaron 85 locaciones cerca de Nueva York para lograr los ambientes de época diseñados por Santo Loquasto, habitual colaborador de Allen. Pero el color que se logra en esta película no es habitual en Allen y probablemente deba atribuirse al fotógrafo chino Zhao Fei.
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