OBRA DE WOODY ALLEN, EN EL TEATRO PLAZA

La lamparita mágica: viejos juguetes

Todo lo renuevan, con el ánimo lúdico y un poco desencantado de un niño con un viejo juguete; pero al final todo parece lo mismo. Harold Bloom ha dedicado largas páginas a sostener la teoría de la influencia, que dice que esta dialéctica sucede siempre, que toda obra literaria es la respuesta a otra, sea para completarla, modificarla o para destruirla y ya Henry James anotaba que en arte lo nuevo se cocina en la salsa del pasado. En ambos casos creemos encontrar el mismo material psíquico. Un hombre a contramano de su entorno (Müller es el abanderado de la vanguardia teatral en la Repúblicas Democrática Alemana, una provincia del reino del «realismo socialista»; Müller sigue a Brecht pero modifica sus ideas sobre el teatro y las enjuicia). Una apariencia desgreñada, vagamente culpable, como si los sorprendiéramos en el momento en que se comen las uñas. Hay en ambos una inteligencia lúcida y autocrítica; quizás mucho más lúcida que autocrítica, quizás, demasiado devastadora. También cierta aridez del alma, como si se sintieran súbitamente vacíos, sin «vida interior», una labilidad interior que permite las identificaciones, las metamorfosis y los aprendizajes vertiginosos pero que no autoriza el vuelo de una fantasía verdaderamente creadora; hay, dolorosamente, la sensación de que la felicidad les fue (le es), imposible y aún que no se preocuparon por ella.

«La lamparita mágica» tiene todos los méritos y los defectos del autor. Hay salidas originales, hay una observación impía de la distancia que va de nuestros sueños a nuestras realidades. Tiene gracia circunstancial, toda ella en los detalles; pero la obra no termina de pararse sobre los pies. Hay chispas, pero nada se enciende. Hay agudezas, pero por lo general no vienen a cuento. Encontramos materiales, escenas, gestos, escombros, pero no una obra redonda. Allen se demora con la penosa historia del hijo adolescente, el frustrado y tartamudo prestidigitador (Juan Silva), historia que se lleva casi todo el tiempo disponible; cuando se atiende a este hijo enteco toda la historia inicial de Max, el asertivo padre (Franklin Rodríguez), con sus llamadas en clave, su aire de gangster menor, sus zonceras de jugador, sus soterradas infidelidades con Betty (Mercedes Santos) parece desvanecerse, como si perteneciera a otra obra. Pero como para llenar el vacío se adelanta al proscenio la madre, Enid (Silvia Novarese) que por momentos parecería pretender una obra entera para sí; pero sólo amaga un rápido romance con Wesler (Alejandro Büsch) despide al fin al pesado de Max y cierra la obra con un obtuso lugar común sobre la ilusión. Se tiene la convicción que si Allen se dejara ir «La lamparita mágica» duraría cinco horas.

La puesta en escena tiene la agilidad y la vivacidad del director, Jorge Denevi. El elenco es impecable, aunque, en esto muy a lo Allen, cada uno en su estilo, que ninguno parece dispuesto a ceder.

Jorge Denevi se ha hecho cargo de la programación teatral de las salas del Plaza; sus proyectos son luminosos y un tanto fantásticos. Pero hay que confiar en la ilusión. No hay un techo mejor. *

LA LAMPARITA MAGICA, de Woody Allen, en traducción de Fernando Masllorens y Federico González del Pino, por teatro de la Plaza. Con Silvia Novarese, Germán Santos, Juan Silva, Franklin Rodríguez, Mercedes Santos y Alejandro Büsch. Vestuario de Diego Aguirregaray, escenografía de Dante Alfonso, dirección de Jorge Denevi. Estreno del 24 de marzo, teatro de la Plaza.

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