El pintor francés Henri Matisse en video
Henri Matisse (1869 1954), es el único artista del siglo XX que puede rivalizar con Picasso. Ambos, establecieron una amistad y una rivalidad constante, aunque eran diametralmente opuestos en formación cultural y orientación estética. Matisse no fue un dibujante prodigio como Picasso. Comenzó estudiando abogacía y recién a raíz de una larga convalecencia, comenzó a pintar, treintañero casi, e iniciar el lento, dificultoso camino hacia la pintura. Estudió en la Academia Julien, luego con Gustave Moreau, se interesó en Van Gogh, Gauguin, Cézanne, los neoimpresionistas Signac y Seurat, se ejercitó en la escultura (una actividad que reaparecerá a lo largo de su trayectoria), hasta que en 1905, se convirtió, involuntariamente, en el portavoz del fauvismo, la primera vanguardia del siglo, una explosión de colores puros salidos directamente del tubo que condujo a objetivar la subjetividad, la expresión inmediata de la alegría del vivir. Fauvismo viene del francés fauve (fiera) y la fuerza del instinto desplazó las estructuras racionalistas dominantes. Por eso, los referentes de Van Gogh, Gauguin, Turner, el descubrimiento del arte tribal en sus viajes a Marruecos y Tahití, el entusiasmo por la estampa japonesa y las miniaturas persas en Munich, los iconos bizantinos descubiertos en Moscú, deslumbrantes en su intenso colorido y el planismo de la composición, conformaron y confirmaron su osadía en el tratamiento del color y la libertad en la representación en Matisse.
A partir de 1905, Matisse comenzó, junto con el escándalo público por la audacia cromática de los fauves, a ser disputado por los grandes coleccionistas y marchands (los rusos Shchukin y Morosov, los franceses Vollard y Paul Guillaume, los estadounidenses Leo y Gertude Stein, luego el acaudalado Barnes) y así se dedicó a viajar (Picasso apenas se movió de Francia) con frecuencia por el norte africano, Italia, España, Rusia, Alemania, EE.UU., y pasó la mayor parte de su vida en la costa del Mediterráneo (Niza, Vence), cuya luz lo fascinaba, atravesando las corrientes estéticas del siglo con cierta indiferencia (aceptando algo de cubismo, de expresionismo, de abstracción) porque encontró un estilo tan singular que las incluyó surgiendo metamorfoseadas por la suntuosa sensualidad y la serenidad luminosa que lo caracterizó.
Heredero de la tradición erótica, desde los Carracci, Tiziano, Rubens, Delacroix, Gauguin, Renoir y Bonnard, para crear «un arte de equilibrio, de pureza y serenidad, desprovisto de materia temática turbadora, como una influencia reconfortante, un bálsamo mental, algo así como un buen sillón que descanse del cansancio físico», según escribió en Reflexiones de pintor, libro inteligente y brillante. Pintor solar, celebrante de la vida como pocos en la historia del arte, siguió pintando (desde la cama, en silla de ruedas) a contrapelo del cáncer que padeció desde 1941, renovando y ampliando el registro imaginativo con la sutil decoración para la Capilla de Vence (vitrales y objetos culturales), trajes y decorados para los Ballets de Diaghilev (se pueden ver en el Inseln Museum de Hombroich, Alemania) y el empleo del papel recortado con el título Jazz, 1946-47 (impedido de pintar con las manos, utilizó las tijeras para dibujar) para crear obras casi abstractas, ofrendas de un genio a la felicidad de existir. Pocos artistas en la ancianidad, casi paralítico, inventaron formas tan joviales y entusiastas y a la vez tan profundas y refinadas, de una encandilante hermosura como el genial Matisse, incanjeable representante de la histórica sensibilidad francesa, hecha de rigor y equilibrio.
No se limitó a la pintura. Fue, como Picasso, un dibujante extraordinario, en la búsqueda de ritmos abstractos en la representación, un grabador e ilustrador de excepcional envergadura y un escultor que anticipó muchas soluciones de Picasso, su amistoso rival. Dejó un universo de imágenes signado por el lujo, la calma y la voluptuosidad. *
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