El cielo peregrino

El escritor uruguayo Ramiro Guzmán nos ofrece en «El cielo peregrino», una nueva muestra de su particular sensibilidad poética, cabal reflejo de su profundo compromiso con la vida.

El autor ha publicado obras de la talla de «La leyenda de los Eoeses» (1988), «Tratado sobre la inmortalidad del cangrejo» (1990), » Siempre al borde» (1991), «La solución está en sus ojos» (1995) y » Al pie de la fuente» (19979, entre tantas otras.

El intelectual Carlos Cipriani realizó un interesante trabajo sobre la obra de Guzmán, titulado «El vacío repleto».

Por otra parte, cabe recordar que algunos de sus versos han sido recitados con acompañamiento de artistas de la talla de Hugo Fattoruso, Fernando Cabrera, Líber Acuña y Mario Villagrán, entre otros.

Como se recordará, Guzmán es un destacado letrista, y sus canciones han sido interpretadas por músicos de renombre a nivel nacional e internacional, destacándose especialmente el español Miguel Dandart y los uruguayos Jorge Nasser, Samantha Navarro y Nicolás Molla.

La prolífica y exitosa trayectoria de Guzmán recibe el valioso aporte de esta nueva obra, que es una suerte de afirmación de su particular modo de observar la vida.

Si bien el crítico Raúl Vallarino define a Ramiro Guzmán como «un poeta desgarrado», destaca que es también «un poeta de la felicidad. Todo aquel que conoce al autor, ya sea en persona o a través de su obra, coincide en que en su personalidad se entremezclan una meditativa melancolía y una desbordante alegría de vivir».

En el universo poético de Guzmán, la mención a la tristeza obra no como una invocación ni como un patológico regodeo, sino como una afirmación de la esperanza, como una suerte de contraste que torna más valiosa la consecución de la felicidad.

El misticismo, como bien apunta Vallarino, es parte fundamental del corpus poético de la creación de Ramiro Guzmán. Por fortuna, el poeta no cae en desbordes místicos ni en exageradas apelaciones a la divinidad, sino que, por el contrario, el concepto de Dios se integra de una forma natural y casi cotidiana, reflejándose en pequeños momentos de cotidianidad.

Al poeta le duele la vida, pero, al mismo tiempo, vivir lo regocija. La pena funciona como disparador de la acción que lo impulsa a escribir, pero también lo impulsa a perseguir con más afán esa plenitud que por momentos expresa.

Quizá en otro autor esa plenitud sonaría forzada, se vería falseada o cuestionada por el doliente inventario que Guzmán realiza. Pero si hay un elemento vertebrador de toda la obra es la inquebrantable fe que emana de ella, la indeclinable apelación a la vida y su alegría, más allá de las múltiples caídas que el autor reconoce y plasma con total y desgarrada sinceridad.

Ramiro Guzmán es ciertamente un poeta de la sencillez, un constructor de vocablos simples y llanos, que se vierten sin dificultad en el alma del lector.

Esa franqueza de lenguaje es la que permite la identificación inmediata del que recibe el mensaje, aquel a quien Guzmán considera parte fundamental de su obra.

El autor concibe al lector como un puente entre él y su propia obra. Si bien admite que ama lo que hace, en su visión literaria no descuida la necesidad de un destinatario de sus versos, de aquel que completa el ciclo comunicativo interpretando a su manera y dándole definitivo significado a su oficio poético.

Ramiro Guzmán es, por momentos, un hombre amargo. En otros pasajes, se nos muestra pletórico de felicidad y puerilmente esperanzado. En este poeta la ingenuidad y la melancolía son inseparables, y no parecen en absoluto antagónicas ni irreconciliables.

Es quizá esta riqueza emocional lo que más atrae de la creación del reconocido poeta, las múltiples facetas que nos muestra no ya el poeta ni el creador, sino el hombre sencillo, con sus tribulaciones y sus cotidianos triunfos, sus amores y sus amargas cruces.

«El cielo peregrino» es una libro que complementa y enriquece sustancialmente la ya reconocida obra de Ramiro Guzmán, poniéndonos nuevamente en conecto con un poeta de particular sensibilidad y frescura. *

(Editorial Linardi y Risso)

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