Troesma
n «Troesma», el periodista y escritor argentino uruguayo Antonio Pippo construye una crónica testimonial de lenguaje explícito y elocuente, que discurre entre las antípodas del desencanto y la recobrada esperanza.
En este relato crudo y realista, el autor mixtura el pasado y el presente, la nostalgia y los sueños hechos añicos por el destino.
Para el escritor, el tango no es un mero pretexto o referencia tangencial, sino la representación simbólica de los paisajes humanos cotidianos, de esa poesía de la vida sin finales felices y de quimeras despiadadamente tronchadas por la frustración.
El narrador nos impacta inicialmente con un fragmento de pesadilla, esa que padecimos recurrentemente durante más de once años de dictadura liberticida.
Antonio Pippo recrea el terror de una noche de «caza de brujas», de hogares copados por jaurías uniformadas, de taconeos de botas, de armas automáticas amenazantes, de capuchas, allanamientos, detenciones ilegales y saqueos.
Esa primera imagen anticipa al lector, que esta no es una novela complaciente, sino un relato comprometido con la realidad, con un pasado lacerante y con un presente colmado de incertidumbres.
En esa detallada secuencia, el miedo se huele en la atmósfera de una noche agobiante, como otras tantas del prolongado período autoritario, en las que campeaban la violencia, el ultraje, la vejación a la dignidad, los crímenes aberrantes y las groseras violaciones a los derechos humanos.
Este auténtico óleo del espanto que inicia el relato, alude a una historia como tantas otras historias de iniquidad y a una víctima más entre muchas otras.
Sus ficticios protagonistas son tan uruguayos como nosotros, con vidas destruidas por la plaga dictatorial y estigmatizadas para siempre, porque la tan mentada pacificación proclamada por los maestros de la demagogia, nació inválida, sin verdad ni justicia.
Esta inicial referencia a la dictadura como una presencia instalada en la memoria colectiva, es la matriz que construye el escritor para entrecruzar vidas, conflictos y miserias humanas contemporáneas.
El autor trabaja con el tiempo, materia prima primordial de su obra, que se nutre de sueños y recuerdos, de glorias y frustraciones, de pasados turbulentos pero fermentales y de presentes inciertos.
Aunque el novelista no delimita los espacios temporales, bajo su explícita pluma palpitan vivencias y pasiones de treinta años de historia de nuestro pasado reciente, como si todo fuera parte de una misma secuencia.
Los personajes del relato sin seres mínimos y anónimos, pero no menos relevantes que quienes tienen habitualmente un sitial privilegiado en la literatura testimonial.
Aunque todas sean criaturas de ficción, en muchos casos se parecen a nosotros, porque comparten nuestros sentimientos y experiencias existenciales.
El novelista habla a través de esos interlocutores, de ese tanguero viejo, cansado y gastado, que carga sobre sí con una patología casi invalidante, pero también una enfermedad tal vez más terrible: la del alma.
Entre ramalazos de nostalgia, este ser vulnerable se siente ya acabado, porque su presente parece ser un mero tránsito hacia el común destino inexorable de todos los humanos.
Ese «troesma» es la representación de una sociedad cada vez más postrada, que fue pero ya no es, al igual que el protagonista.
Antonio Pippo construye un paisaje humano desolado y desolador, que se tornó aún más despiadado a partir de 2002, cuando la crisis financiera empujó al país a un abismo incierto y a la pauperización de vastos sectores de la población.
El escritor transmite explícitamente una sensación claustrofóbica, que no se limita a la mera descripción de los paisajes humanos. También ese clima frío e implacable que instala en los territorios urbanos, coadyuva a visualizar la grisura de una cotidianidad desalentadora.
Ese joven hurgador, aunque pertenezca a otro tiempo y a este presente impiadoso, comparte la misma cara de la moneda con el desgastado cantante.
También es un hilo conductor con el pasado, un pasado de tangos, copas, cafetines y poesía ciudadana, tal vez de quiméricas esperanzas, que el tiempo se encargó de transformar en espejismos.
El hurgador es otro uruguayo venido a menos, que conoció tiempos mejores, porque cometió el pecado de arriesgarse y la crisis no tuvo piedad con él. De la dignidad pasó a la humillación.
Antonio Pippo construye una crónica de seres humanos abatidos, pero no por la casualidad sino por la causalidad. Esos dos seres aparentemente situados en las antípodas son, sin embargo, parte de una misma tragedia compartida, la de una sociedad que comenzó a desmoronarse antes de la dictadura.
El lector comparte este periplo literario, que es que el itinerario común de la mayoría de los uruguayos, castigados por la irracional iniquidad de los gobiernos insensibles que heredaron al régimen autoritario.
Ese dramático derrotero está descarnadamente representado en los personajes del relato, que, a su modo, son dos marginales, uno porque su tiempo biológico está cerca de extinguirse y el otro por no poder insertarse en un sistema expulsivo.
Antonio Pippo representa con lenguaje elocuente- la odisea de dos parias, víctimas de la crisis que barrió con todos los sueños, tal cual le sucedió a miles de uruguayos.
La narración evoluciona entre reflexiones explícitas y nostálgicas invocaciones. Ese discurrir asordinado del viejo cantor abatido por el tiempo, es la silenciosa confesión de un aspirante a una redención imposible, que carga con culpas propias y ajenas.
La evocación muta en nostalgia, en una suerte de ejercicio retrospectivo que se torna experiencia lacerante.
El escritor corrobora que no sólo los personajes notorios o relevantes son arquitectos de la historia. También los seres mínimos son parteros de epopeyas cotidianas de supervivencia, de solidaridades desinteresadas, de construcciones colectivas y de quimeras compartidas que el tiempo sepultó en el olvido.
La clave vertebral de la narración es el origen de la desesperanza, de cómo las tempestades de la historia afectan a los personajes anónimos, a aquellos que no identifica el público porque están ausentes de las marquesinas mediáticas.
Antonio Pippo reivindica a esos ausentes y a esos ignorados que padecen aún más las consecuencias de los terremotos políticos, económicos y sociales.
Esa ausencia que sugiere el escritor en su obra, es la ausencia del exilio, pero también la de la marginación, de la incomprensión y el abandono de los sueños que otrora inspiraron heroísmos.
El narrador entreteje las historias de sus dos personajes protagónicos, que, a su vez, contienen y atesoran otras historias, tanto individuales como colectivas.
Sin embargo, el discurso literario del novelista no se agota en las tribulaciones de estos dos hombres erosionados por la vida. También describe otros cuadros patéticos, los de «fantasmas» urbanos que representan dramas emergentes e impactantes: la pobreza extrema de seres errantes expulsados de la sociedad y el tortuoso periplo de prostitutas y travestis, que venden su dignidad al bajo precio de la necesidad.
El autor describe un universo surrealista y de pesadilla, poblado de seres humanos huérfanos de esperanzas.
Ese itinerario humano entrecruza circunstancias fortuitas o provocadas, que acercan afectos intergeneracionales abonados de recuerdos, de nostalgias y vivencias compartidas.
Hay sentimientos de pérdida pero también reencuentros y redivivas experiencias de aprendizaje.
El autor construye su novela mediante dispersos fragmentos de vida, que a menudo son jirones de pasado instalados en el prese
nte, en un presente despiadado.
La pluma de Antonio Pippo rescata la poesía ciudadana del tango, mediante la cual ensaya múltiples lecturas sobre el destino, la injusticia, la solidaridad y la esperanza.
Aunque casi todo el relato está impregnado de una pátina de desencanto, el autor asume la perentoria emergencia de recobrar el sentido del ser y el estar y la aún vigente utopía de la dignidad.
Antonio Pippo propone un discurso literario ácidamente crítico, que denuncia las inequidades del pasado reciente y los orígenes de la tragedia provocada por la plaga neoliberal.
En esa obra sensible y de indudable vuelo lírico, el tango es bastante más que una mera representación artística. Es el eje sobre el cual se reconstruye la simbólica identidad de un pueblo que busca obsesivamente recrear la esperanza y la confianza en sí mismo. *
(Editorial Fin de Siglo)
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