Arte

Marcel Duchamp habla de su obra en video

Muy apreciado en los restringidos círculos vanguardistas, en especial los vinculados al dadaísmo, surrealismo y derivados, Marcel Duchamp está lejos, todavía, de la celebridad y la fama de sus contemporáneos. Fue un creador para minorías (y ni siquiera algunas, como los cubistas, lo entendieron) pero que, curiosamente, como sucede con las ideas fecundas, su influencia se expande cada vez con mayor intensidad y amplitud en círculos concéntricos. Muchos son duchampianos sin saberlo.

Inventor del ready-made (el objeto fabricado y encontrado), anticipó a dadá y el surrealismo, el cinetismo y el conceptualismo, el happening y las instalaciones. Practicó la ironía y las ambigüedades semánticas en los títulos de sus obras como heredero de Raymond Roussel, Alfred Jarry y el poeta franco-uruguayo Jules Laforgue que, como él, también fue caricaturista. Casi nadie escapó a su embrujadora condición imaginativa. Dejó pocas obras, apenas trescientas. La mayoría pertenece al Museo de Arte de Filadelfia, espléndidamente presentadas, y fueron exhibidas por última vez en el veneciano Palacio Grassi en 1993, con curadoría de Pontus Hulten, en un inspirado montaje a cargo de la arquitecta Gae Aulenti, lejos de la ingrata solución a que sometió al Museo d´Orsay de París.

Las (pocas) obras que circulan en otros (pocos) museos y colecciones son, en su mayoría, reconstrucciones, réplicas autorizadas por el propio Duchamp. No obstante, el legado del creador no radica en su obra sino en la concepción inédita del arte, el anti-arte. El arte como una idea del arte. El filósofo Heidegger sentenció que «pensar en no pensar es la única manera de pensar» y Duchamp parecería coincidir con él al concebir una obra sin concretarla materialmente, el arte como idea. Es lo que hizo en toda su extensa vida, aunque nunca dejó de trabajar, desmintiendo el mito de su inactividad plástica. Los conceptualistas de los sesenta (Kosuth, On Kavara y demás) rescataron esa propuesta y la ejecutaron. Antes, Picasso recibió la influencia Duchamp con sus objetos encontrados (la conocida Cabeza de toro, 1943, hecha con un manubrio y asiento de bicicleta, nada casual, invertidos) y otros famosos creadores de hoy. Su figura sigue siendo la de un gran perturbador, como lo definió André Breton.

Nacido el 28 de julio de 1887, en la localidad francesa de Blenville, a escasa distancia de Ruán, la ciudad de Flaubert y Monet, Marcel Duchamp perteneció a una familia típicamente burguesa. Su padre, notario, y su madre, aficionada a la música. Se jugaba al ajedrez y realizaban conciertos. Fue el tercero de siete hijos, uno de los cuales falleció prematuramente: tres hombres, Gastón, que se convertirá en Jacques Villon, famoso pintor y grabador, Raymond, importante escultor conocido por Duchamp-Villon, de muerte joven, y tres mujeres, Suzanne, futura pintora a la que quedaría especialmente vinculado toda su vida, e Ivonne y Magdalena.

Duchamp tuvo una infancia feliz. El círculo familiar, culto, refinado, tolerante, sin apremios económicos. Su primera experiencia artística surgió a los 18 años: para evitar el servicio militar, practicó el grabado en una imprenta ejecutando los tirajes en una plancha de paisajes del abuelo. Eximido de la carrera militar, siguió con la pintura, influido por el simbolismo y el impresionismo. Luego vino el inevitable viaje a París, la inscripción en la Academia Julien, sin mayor provecho, y el rechazo al ingreso a la escuela de Bellas Artes, un duro golpe para un joven con moderadas ambiciones artísticas.

Se dedicó, pues, a la caricatura en varios periódicos, estableció contactos con los vanguardistas de la época y una durable amistad con Picabia. Trabajó en la biblioteca de Sainte-Geneviève, interiorizándose en los tratados de perspectiva. Tuvo una hija natural, Yo Savery, y realizó Desnudo descendiendo una escalera (1912), cinco formas de mujer en movimiento inspirado en la investigación fotográfica de Muybridge, rechazada por sus amigos en el Salón de los Independientes, y un éxito resonante en la muestra internacional Armory Show en Estados Unidos. Viajó a Munich y luego a Nueva York, en 1915, presentó con seudónimo (R. Mutt) en una muestra colectiva (él mismo integró el jurado, un rasgo típico de su accionar), el primer ready-made hecho con un urinario masculino dado vuelta que se convirtió en Fuente. Gran escándalo y, lógicamente, rechazado y tirado a la basura. La pieza que circula es una reconstrucción del propio autor.

Vinculado a Man Ray y al matrimonio Arensberg, coleccionistas de su toda su producción que luego donarían al museo de Filadelfia, Duchamp se convirtió en una figura legendaria. En 1917 empezó a ejecutar El gran vidrio, su obra maestra, también conocida por La novia desnudada por sus solteros, incluso), una de las más enigmáticas y apasionantes de interpretar, que dejaría aún inacabada en 1923, obra que sufriría una fractura al ser trasladada, aprovechada por Duchamp para trabajar sobre la misma e incorporando el accidente al elemento expresivo.

Luego, Duchamp viajó a Buenos Aires, en un misterioso viaje, regresó a Nueva York vía París, de donde llevó un frasco con aire de la capital francesa (será otra obra) y apareció trasvestido como Rrose Sélavy

(nombre que al ser pronunciado rápidamente en francés suena como Eros es la vida), una variante de los juegos de palabras relacionado con Yo Savery y otros títulos de sus trabajos. Interviene en algunos filmes (Entreacto, de René Clair, joya del surrealismo, Sueños que el dinero puede comprar, de Hans Richter, al lado de Calder, Max Ernst, Léger y Man Ray, música de John Cage), pone barba y bigote a una reproducción de La Gioconda, en tres versiones sucesivas, que lo hará más célebre aún.

Alejado de círculos artísticos, renegando de la condición retiniana de la pintura y de los museos, Duchamp se dedicó a crear extraños objetos que, con largos períodos de inactividad, lo condujeron a convertirse en el símbolo de la subversión estética permanente. El inconformismo de Duchamp contagió al escultor Calder, a su compatriota Louise Bourgeois, al alemán Joseph Beuys, a los estadounidenses Andy Warhol, Robert Motherwell, Rauschenberg, Keith Haring, a los franceses Jean Dubuffet y César, al italiano Piero Manzoni y al catalán Antoni Tapies, para recordar algunos célebres.

El próximo fin de semana se proyectarán dos videos singulares en el ciclo Personalidades del siglo XX (Museo Nacional de Artes Visuales, sábado y domingo a las 18.30 horas). Uno, es el propio Marcel Duchamp, nada menos, que comenta su obra en una exposición (Museo de Pasadena, 1963), y aclara muchos elementos de su realización, siendo un testimonio extraordinario y único. Otro, fue realizado en ocasión de la última muestra en el Palacio Grassi (Venecia, 1993), con 300 obras, comentada por su amigo Jean Lucien Suquet, que se abre con la visión de El escurridor de botellas (o egouttoir), clave interpretativa de la obra que también consiste en un juego de palabras: egouttoir, es escurridor de botellas en francés, viene de gotas, pero también de gusto, del gusto o disgusto que produce algo. Imprescindibles. *

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