El Libro de la Vida: Evangelio de Acuario
Las religiones tradicionales, particularmente la Iglesia Católica, han perdido gran parte de su poder en los últimos tiempos, en virtud de que el ser humano se ha tornado más prosaico y menos espiritual. Hoy más que nunca- se reclaman soluciones para el ahora y no mediatas promesas de vida eterna, en las cuales cada vez menos gente cree.
Por otra parte, esas corrientes, cuando se les practica a conciencia, exigen del creyente la admisión de determinados rituales y cultos, con los que presuntamente se demuestra la adoración al dios elegido.
Otro aspecto que también debe ser debidamente ponderado es el relativo al dogmatismo cerril y contumaz de dichas organizaciones, que sostienen contemporáneamente algunas concepciones medievales. Ello alienta la masiva «fuga» de fieles, que se sienten poco comprendidos y defraudados en sus aspiraciones y expectativas.
Estas situaciones explican, por lo menos en parte, la asombrosa epidemia de «elegidos» observada en los últimos tiempos, que mantienen una presunta conexión directa con la divinidad y se arrogan la categoría de portadores de «revelaciones».
La estrategia -que siempre es burda- consiste en fusionar elementos religiosos, filosóficos, psicológicos, cultos orientales y demás influencias que puedan parecer llamativas y exóticas al gran público.
«El Libro de la Vida», del autor uruguayo Sergio Miranda, no es por supuesto la excepción a la regla, pese a que ofrece algunos elementos algo inusuales en los trillados manuales de autoayuda o de «superación personal».
Sergio Miranda propone una obra que se sugiere escrita, nada más y nada menos, que por Dios. Como una suerte de nueva Biblia, Miranda ofrece un tratado de carácter religioso, en el cual se entremezclan diversos estilos literarios, desde el presunto alegato moralizante, con el infaltable anciano sabio meditando al borde de un curso de agua, hasta el relato supuestamente histórico.
El texto, en un detalle que no deja de ser novedoso para lo habitual en el género, está dividida en versículos. Mediante este lenguaje, el Autor que se menciona a sí mismo con mayúscula- pretende que su obra, de la cual se considera mero transcriptor, sea tomada como escrito religioso de referencia, de consulta y de guía espiritual.
Miranda menciona personajes bíblicos, lo que para nada puede sorprender al lector, ya que el propio título del libro anticipa que este es el «Evangelio de Acuario».
La mención a la astrología, si bien dicha disciplina del conocimiento se contrapone absolutamente a la creencia en Dios y a los cultos que requiere su veneración, no es por supuesto casual. Recordemos la fascinación que el Occidental blanco, occidental y cristiano de estos tiempos tiene por las formas de adivinación en general y por la astrología en particular. Es claro que el título coadyuva a incrementar el atractivo de la obra.
Pese a que insiste en intentar escribir en un español arcaico, Sergio Miranda demuestra no poseer un manejo muy fluido de nuestra lengua, como el que podemos encontrar en las habituales traducciones de los textos sagrados.
Esta situación se torna evidente casi desde el comienzo del libro, cuando en la página 13 utiliza el vocablo estupor como sinónimo de calma y de actitud meditativa. En cualquier diccionario de la lengua española, estupor es sinónimo de «pasmo o asombro», pese a que se le quiera atribuir otro significado.
En el prólogo, Alberto Roca afirma que el libro está escrito con humildad. Sin embargo, esta aseveración parece contradictoria, si consideramos que el autor se considera un elegido, otro más de los cientos o miles de presuntos «apóstoles» posmodernos.
«El Libro de la Vida. Evangelio de Acuario» es un nuevo exponente del tan prolífico como exitoso género de autoayuda o «superación personal», destinado exclusivamente a los adictos a esta nueva ola.
Más allá de algunos detalles de lenguaje y presentación, esta material no aporta casi nada novedoso en lo que atañe concretamente a contenidos.
Sin embargo, corrobora el auge de una nueva y lucrativa industria, cuya semejanza con la literatura es mera coincidencia.
(Edición del autor)
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