Música de fantasmas

En un tiempo histórico en el cual suele prevalecer la viabilidad comercial de una obra literaria por encima de su valor artístico, es ciertamente un desafío valorable atreverse a presentar una propuesta personal y despojada de convencionalismos.

Más allá de aquellos escritores que no se comprometen más que con su arte, proliferan los mercaderes que «fabrican» libros, apelando recurrentemente a pautas previamente establecidas y archiestudiadas, de modo que la obra tenga un éxito de público y ventas prácticamente garantizado.

Para la cultura de lo instantáneo, que suele transformar al libro en un mero objeto de consumo veloz y un entretenimiento liviano e irrelevante que sustenta gran parte de su atractivo en la uniformidad de estilos y contenidos, una obra como «Música de fantasmas» es particularmente destacable.

Presentar misterios ancestrales, personajes estrafalarios, enigmas aparentemente insondables en un marco de dudosa veracidad histórica que poco importa al lector ávido de aventuras, es un recurso de probada eficacia, que -por fortuna- Santiago Cortés omite totalmente.

El estilo de este profesor nacido en Tacuarembó que publica su primera novela, es llano pero al mismo tiempo profundo. Aunque el autor trabaja con personajes cotidianos y fácilmente reconocibles, tanto en los pueblos del Interior como en el ambiente urbano, igualmente logra hacerlos trascender más allá de la letánica monotonía de sus grises existencias.

En «Música de fantasmas», el escritor tacuaremboense narra un puñado de historias nada notables desde el punto de vista temático, protagonizadas por seres comunes, que manejadas por otros autores, caerían en la mera crónica unidimensional.

Sin embargo, la pluma de Cortés les imprime una vida y una significación que trasciende a la mera pintura de ambientes o al cuadro costumbrista.

Sin emitir juicios de valor, Santiago Cortés consigue mostrarnos, mediante la narración pura de estos sencillos relatos, el gran vacío existencial que se oculta tras esos rostros que observamos cotidianamente en nuestro entorno.

Con una cuidada economía de palabras y una prolija arquitectura narrativa, Cortés construye una reveladora descripción de ambientes, permitiéndonos respirar un mundo poblado de seres solitarios.

Los personajes de este autor aparecen encerrados en su propia angustia existencial, lo que les impide vincularse estrechamente con sus semejantes. Esta circunstancia los limita y condena a existir en una suerte de universo clausurado.

La primera narración, titulada «Paisaje», está compuesta de pequeñas estampas que sirven de marco de referencia al resto de la obra. En este caso concreto, el autor nos introduce en un mundo particular, que describe mediante un puñado de breves pero elocuentes pinceladas de ambiente.

La historia que le sigue, «Breves de quilombo», nos transforma en protagonistas de la realidad de un prostíbulo de pueblo, y las peculiares relaciones que los clientes habituales desarrollan con las trabajadoras sexuales que allí laboran.

En ningún momento, Cortés toma partido por personaje alguno ni critica nada de lo que está describiendo. De todos modos, logra transmitir eficazmente esa sensación de desamparo, de angustia subyacente y de inexorabilidad que se evidencia en el decurso del relato.

Con un estilo despojado pero contundente, que no cae en facilismos, desbordes de morbosidad o apuntes moralizantes, Santiago Cortés trabaja con personajes sencillos que llevan vidas nada notables y, aún así, logra impactantes narraciones, que atraen por su contundencia.

«Los celebrantes», otra de las historias incluidas el libro, es el relato de la rutinaria vida de un play boy de pueblo chico. El cuadro es una pormenorizada descripción de las costumbres de este particular y conocido personaje, en un relato de particular potencia dramática y expresiva.

A pesar de ser esta su primera obra publicada, Santiago Cortés exhibe oficio y un estilo personal, que evita fórmulas preconcebidas y de dudosa calidad artística.n

(Ediciones Integrarte)

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