Edificio Libertad: asesores se necesitan

Desde la casa del gobierno nacional se establecen las pautas operativas que rigen la administración central. Desde allí se dan señales a la población por el huésped de turno. Es un modelo a seguir, una propuesta a imitar, por lo menos durante cinco años. En todos los rubros. Uno de los más importantes es el cultural. Los visitantes nativos y, en especial, extranjeros, juzgan en función del aspecto inmediato que reciben del edificio al entrar y su entorno. No es lo mismo el espacio opresivo que impuso Manuel Espínola Gómez al Palacio Estévez a la fluidez del diálogo con la naturaleza del Edificio Libertad. Por eso, los detalles importan.

En los primeros años de restauración democrática, Julio María Sanguinetti, con sensatez, apeló a los principales artistas nacionales para realzar el interior y el exterior del edificio. Esculturas de Hugo Nantes, Águeda Dicancro, Wifredo Díaz Valdez, Jorge Abbondanza-Enrique Silveira potenciaron con enorme expresividad el hall de entrada. Era una carta de presentación del arte nacional en su manifestación más original e imaginativa. Mientras, en el jardín exterior se conformó un espacio público de árboles autóctonos (que hoy lucen espléndidos) y se amplió el espectro de escultores.

A una pieza de Abbondanza-Silveira, se agregaron las de Salustiano Pintos (hoy misteriosamente desaparecida, arrumbada en algún depósito a pesar de su considerable dimensión), Pablo Atchugarry, German Cabrera, Gonzalo Fonseca, Mario Lorieto, Francisco Matto, Manuel Pailós, Octavio Podestá, Guillermo Riva Zucchelli, Nelson Ramos, Ricardo Pascale, María Freire y Alfredo Halegua, integrando, en el acertado proyecto a cargo de los arquitectos Enrique Benesch y Marcelo Danza, el monumento a Luis Batlle Berres de Román Fresnedo Siri. Un museo de esculturas al aire libre notable por la diversidad de tendencias estéticas y de materiales empleados, que admite ser enriquecido con obras de sucesivas generaciones.

Hoy, sin embargo, mientras las especies vegetales lucen en toda su hermosura y constituyen un remanso de serenidad para vecinos y paseantes, varias esculturas surgen descuidadas por falta de mantenimiento. Los trabajos en madera de Pascale y Matto necesitan urgentemente un tratamiento de protección a las variaciones climáticas, la obra de Pailós con un pequeño espejo de agua, es un depósito de basura pútrida, la de Halegua implora una mano de pintura. Todas, necesitan restaurar las luminarias embutidas en el césped o algunos focos de altura destrozados por los vándalos de siempre, a pesar de la apreciable guardia que circunda el edificio. Lustrar las placas identificatorias no estaría demás.

Sería una lástima que el deterioro se acentuara cuando ya fuera más difícil la restauración adecuada. Además del perjuicio económico, es el valioso patrimonio cultural que importa preservar.

Más grave es lo que sucede adentro del Edificio Libertad. El hall de entrada perdió la armonía inicial al desaparecer los trabajos de Nantes (una escultura emblemática de la identidad nacional) y de Testoni, mientras que el pasillo que conduce a la biblioteca está ocupado por muestras temporarias sin ninguna jerarquía, vergonzantes y vergonzosas. Si no hay rubros para cubrir las exposiciones, lo mejor es solicitar en préstamo, cuadros al Museo Nacional de Artes Visuales y mantener la dignidad visual que la institución merece a sus visitantes, en la mayoría extranjeros. Si no hay asesores artísticos, habría que pensar en nombrarlos ya. *

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