El guerrero
Hábil y fecundo hacedor del oficio de escribir, Jorge Arbeleche posee una contundente obra de más de cuarenta años, en la cual ha demostrado sobradamente su particular lirismo y su tradicional y a la vez innovadora voz literaria.
Dueño de un innegable manejo del lenguaje, alfarero de poderosas metáforas, algunas opulentas como una compleja pieza de orfebrería y otras sencillas y terrenales como la más pura arcilla, Arbeleche nos ofrece un nuevo testimonio de su visión poética del mundo en el que vivimos.
Es que el poeta tiene su cosmogonía particular, en la cual se mixturan intrincadas imágenes con sencillas estampas populares. Arbeleche es simultáneamente- creador y testigo de este universo que emerge de su pluma, en caudalosos torrentes algunas veces y en un manso goteo en otras.
«El guerrero» es una obra en la cual se reconocen claramente los elementos esenciales del mundo poético del autor. Un cuidadoso manejo del lenguaje que renuncia a someterse a ninguna estructura clásica pero sin perder la musicalidad, la cadencia de los antiguos maestros del verso y su proverbial versatilidad a la hora de manejar intensidades emotivas, son elementos presentes en el registro del renombrado poeta.
El cuerpo de la creación, el esqueleto temático que le da unidad es la elegía, quizá la forma poética más sentida y desgarrada. De este modo, el poeta brinda testimonio y tributo a algunos de sus seres más queridos, rescatándolos de la corrupción de la carne para conferirles nueva vida e inmortalidad a través de la palabra.
Arbeleche abre su corazón y deja gotear sus sentimientos, sus imágenes queridas, sus más íntimas semblanzas a propósito de aquellos que dejaron el universo físico para comenzar a habitar la memoria.
La obra funciona no como un obituario, sino como una invocación y, aunque resulte paradójico, un canto a la vida, a lo que perdura vivo y trasciende a la mera existencia terrena.
El poeta no menciona a la muerte en forma explicita, pero la sugiere a través de la ausencia, de la descripción de la decrepitud física, del ensanchamiento de la memoria y de los rastros que dejan aquellos que ya no están. Y es quizá más terrible el comprobar los vestigios, los harapos, que enfrentarse a la muerte misma.
Por eso, el poeta no la menciona, pero tampoco deja de tenerla presente. Simplemente, la incluye en el inventario, tan inexorable e inevitable como la propia vida.
El tono elegido para las composiciones es fundamentalmente emotivo, por encima de algunos desbordes académicos o expresiones populares.
De todos modos, el creador no logra desprenderse de innecesarias referencias a la mitología griega, que quizá puedan constituir elitistas academicismos que poco aportan a la doliente expresión del poeta.
Incluso, en algunos pasajes, puede resultar inconveniente esa recurrente alusión a la Grecia clásica, algo descontextualizada en medio de la honda raigambre emotiva de la obra.
«El guerrero», como su título alude, representa a aquel que sufre pero no se rinde, que elige la batalla como oficio, pero que no renuncia a la búsqueda de la paz.
Como en la mitología japonesa, que vincula al guerrero con el caminante, el protagonista lo ve, lo siente y lo hace todo, pero no se detiene, ya que su búsqueda no cesa nunca.
Por otra parte, el autor interroga metafóricamente a algunos de sus fantasmas, requiriéndoles claves para entender el mundo y, además, su propio jardín interior.
Si bien el sentimiento en su forma más pura y sincera da unidad y cimiento a toda la obra, el poeta jamás se deja seducir por los cantos de sirena del facilismo ni de la cursilería.
Jorge Arbeleche se abre pero también se escuda tras sus versos. Se guarda algo para sí, no se «desnuda» por completo, quizá como una estrategia para no transformar la catarsis en un auto flagelamiento.
Rescatando la mejor tradición del género elegíaco, pero sin sacrificar una visión íntima y absolutamente personal, «El guerrero» es, sin lugar a dudas, una de las creaciones más sobresalientes de la reciente producción de Jorge Arbeleche. *
(Ediciones Artefato)
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