"EL METODO GRONHOLM" DE JORDI GALCERAN, EN EL MOVIE CENTER.

Enigma para ejecutivos

Se puede esbozar el retrato de una escuela catalana contemporánea de dramaturgia. Casi podemos verlos, unos junto a otros, la vista en la cámara, en pose familiar. Son ya varios los nombres: Sergi Belbel , nacido en 1963 (Caricias, Tálamo, La sangre, Morir) es el más conocido en nuestro medio; pero cuentan Paco Mir (1957), Joel Joan (1971) y Jordi Sánchez (1968), autores estos últimos de Excusas (Compañía Teatral Italia Fausta, 2005) y, ahora, Jordi Galcerán (1964), de quien creemos es el autor del libreto de Palabras encadenadas, un repelente thriller que interpretó Darío Grandinetti.

Estos autores suelen escribir en catalán, se interesan en el cine y en el género musical; en nada se vinculan con lo mejor del teatro español del siglo XX. La llama sagrada que encendió García Lorca parece haber sido fusilada con él.

Este nuevo teatro catalán es un teatro despolitizado, impersonal e intemporal. Los personajes viven cada uno en su burbuja. La sola idea de una manifestación popular, una modesta elección, un tema social o económico, la pobreza y la miseria, todo esto está a años luz de sus mentes. No se plantean siquiera ninguna reflexión que trascienda lo más inmediato, representado casi siempre por la dupla sexo – dinero.

Las obras suelen ser entretenidas, con audacias de vocabulario y de situaciones, con efectos a veces sorprendentes; su técnica es, definitivamente, la del thriller, cuando no del gran guiñol, técnica del efecto y del «suspenso» que aparece a cada paso. No es un agravio, por tanto, calificar a todo este teatro de comercial: estamos convencidos de que todos estos autores aceptarían con gusto la calificación y hasta la considerarían un elogio.

Hemos escuchado sobre esta obra varias opiniones, todas ellas muy respetables, que la juzgan muy entretenida; aún que es apasionante. Por nuestra parte lamentamos no sumarnos a esta opinión. La pieza nos ha incomodado, de entrada, con su vetusta técnica de entretenimiento. Hemos visto demasiadas veces, desde Edgar Poe, A. Conan Doyle, Wilkie Collins, Agatha Christie y Ellery Queen a P.D. James, el enigma de quién es el asesino, o quién es el traidor, o quién es el falso asesino o el falso traidor (como en Un ténebreux affaire de Balzac), quién es el falso cobarde (como en Les mystères de Paris de Eugénie Sue), o, en este caso, quién es el falso postulante a un cargo ejecutivo; y debemos decir que la revelación final nos decepcionó, por lo facilonga.

Como señaló agudamente Sartre, la técnica de un autor nos habla de su metafísica. El thriller dice mucho. En un superficial análisis retrospectivo, encontramos demasiada mala fe en el autor, demasiado engaño, demasiado artificio. El autor dice en el programa que: «Los cuatro últimos candidatos a obtener una plaza de ejecutivo en una importante multinacional son reunidos para ser sometidos a las pruebas finales del proceso de selección». Esto ya es no decir la verdad; y a los quince minutos de comenzada la pieza el espectador verifica que el autor mintió en ese párrafo. Mintió antes de que se encendieran las luces. Esto no carece de consecuencias: perdemos la fe. Nos ha pedido demasiado: que le creamos después de saber que nos ha mentido. Agotó en vano los diez minutos de suspensión de la incredulidad.

En relación con el argumento, dudamos que ninguna empresa, ni aún la imaginaria Dekia, pueda disponer de tanto tiempo de sus bien pagados funcionarios y de tanto dinero gastado en investigación para la aplicación del método Grönholm en la selección del personal; sobre todo si tenemos en cuenta que el producto del método, el resultado, luego de un par de horas de episodios varios, es una valoración subjetiva que se nos despacha en menos de un minuto. Dudamos también que los ejecutivos sean, por unanimidad, seres sin escrúpulos y aún con una veta de inútil crueldad, como aparece en el desenlace. La verdadera «crueldad en las relaciones laborales» que dice Galcerán en el programa, no está en los métodos de selección del personal, selección realizada entre saludables «yuppies» celular en la palma, sino en la explotación del trabajo humano, de la que Galcerán no parece enterarse. Hay que buscar las víctimas en otro lado; si todos los males del capitalismo se reducen a que hay algunos farsantes, ya estamos en el mejor de los mundos. En cuanto a la ejecución de la idea, tampoco discutiremos la postulada existencia de «… técnicas reales de selección de personal…» que son aquí el «método Grönholm»; pero confesamos que las manipulaciones de la conducta que implica nos resultaron muy semejantes y no menos infantiles, en su planteo y desarrollo, a las del lamentable «Gran Hermano». Está el encierro de cuatro personas, que pueden liberarse pero pierden chance, están sus suspicacias y recriminaciones, verdaderas o falsas y sus confesiones, verdaderas o falsas. Todo ese exhibicionismo de las vísceras abiertas. La puesta en escena (Mario Ferreira) es profesional y ha hecho valer con precisión todos los efectos de la pieza. Hay un cuarteto de buenos actores: Margarita Musto, a quien nombraremos primero porque es una mujer, como se dice galantemente en la obra, Rogelio Gracia, Gabriel Hermano, César Troncoso. *

 

EL METODO GRONHOLM, de Jordi Galcerán, con Rogelio Gracia, César Troncoso, Margarita Musto y Gabriel Hermano. Escenografía de Alberto Negrín, vestuario de Diego Aguirregaray, dirección de Mario Ferreira. Estreno del 19 de enero, Movie Center.

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