PRESENTAN SU NUEVO ESPECTACULO CON CUATRO FUNCIONES EN EL CONRAD DE PUNTA DEL ESTE

Les Luthiers traen premios a granel

Las entradas están a la venta en los locales de la Red UTS con precios de 70, 50 y 30 dólares. Si se mantiene el cambio a $ 24,95, esas cifras representarían $ 1.747, $ 1.248 y $ 749 respectivamente. Se han suscitado reacciones negativas en muchas personas que no pueden acceder a esos montos, pero casi siempre se olvida que el grupo debe trasladarse con todos sus asistentes (que son más que los cinco artistas que aparecen en el escenario) y toda su utilería.

Eso implica traer los instrumentos formales e informales, bártulos de escenografía, equipos electrónicos de luz y sonido, incluyendo focos, spots, lámparas, consola, parlantes, micrófonos y centenares de metros de cables. Quien quiera ver descargar en el Conrad esas cinco toneladas de enormes cajas metálicas podrá disfrutar de un espectáculo aparte.

Podría asombrarse también del trabajo de los asistentes, quienes deben llegar el día anterior a las funciones para disponer el escenario, instalar luces y aparatos de sonido, verificar el funcionamiento de instrumentos musicales, micrófonos inalámbricos y dispositivos digitales y computarizados.

Se sabe que Les Luthiers no dejan nada librado al azar, que todo está ensayado al milímetro y que sus espectáculos deben salir a la perfección. La risa y el humor son tomados muy en serio por estos creadores.

Ese inflexible profesionalismo que en 2006 cumplirá 39 años ininterrumpidos de éxitos internacionales, tiene su costo para los espectadores que gozan y se divierten con él. Por lo visto vale la pena pagarlo, porque pasan las décadas y los teatros siguen repletos cada vez que Daniel Rabinovich, Carlos Núñez Cortés, Marcos Mundstock, Jorge Maronna y Carlos López Puccio salen al escenario.

«¿Por qué nunca actúan en televisión?», es una pregunta frecuente. Porque el humor de Les Luthiers es inteligente, no es ofensivo, no es degradante y está muy lejos de la despreciable chabacanería habitual que exhibe la pantalla chica. Precisamente contra ella se dirigen los afilados dardos del quinteto cuando ponen en escena Los Premios Mastropiero.

El show es exactamente lo que el título indica: una entrega de premios al estilo de los Oscar. A partir de allí se produce el jocoso desfile de personajes que retiran sus estatuillas y pronuncian una retahíla de discursos que el público festeja cuando se percata que todo es al revés de lo que se aparenta. La sátira mordaz e irreverente cae implacable sobre la televisión, los empresarios venales, los funcionarios corruptos, los intelectuales engreídos, los políticos necios. No queda títere con cabeza, no se salvan ni la CIA, ni el coro de una iglesia, ni el inocente cuento infantil, ni la farándula del mundo del espectáculo.

Y como toda ceremonia de entrega de premios, ésta tiene intercalada su buena dosis de desopilantes números musicales, tales como el merengue «Juana Isabel», el tango «Ella me engaña con otro», la canción «Ya no te amo, Raúl», la bossa nova «Amor a primera vista», y la comedia musical infantil que presenta un nuevo instrumento informal, el asombroso «alambique encantador», plagado de copas, botellas y botellones y que debe ser ejecutado por tres músicos al mismo tiempo.

Fuera de programa, la sinuosa y chispeante historia de un obstetra da pie para que Johann Sebastian Mastropiero componga «Pepper Clemens sent the Messenger», un tema de jazz que pretexta el desfile de bocinetas, latines, tubófonos, tablas de lavar con aditamentos de percusión y otros instrumentos. Para quienes asistan al show, la diversión de alto vuelo está ampliamente asegurada. *

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