Montevideo en 1818, según Emeric E. Vidal
«…La ciudad ofrece una hermosa apariencia desde la bahía, por estar construida en una pendiente, y las casas entremezcladas con árboles y jardines. Pocas de las casas tienen más de un piso, son de piedra y ladrillo y tienen techos chatos, sin chimeneas, pues el fuego se enciende generalmente en el patio, en una cocina separada, trayéndose a las habitaciones en braseros especiales, cuando el tiempo es frío o húmedo. Las calles son anchas y se cruzan, unas con otras, en ángulos rectos, pero están sin pavimentar. Cerca de lo alto de la ciudad está la plaza del mercado, de unas 300 varas cuadradas, y al lado oeste hay una iglesia grande. También hay un convento de franciscanos.
A Montevideo se la reconoce como a una admirable estación comercial, poseyendo un pasable fondeadero y una situación central para concentrar productos, y la navegación del río que, hasta ahora, se realiza con poco peligro. Resultó, como consecuencias de estas ventajas, un lugar floreciente; pero las revoluciones políticas que han convulsionado a casi toda la América española, llevaron a Montevideo en ruina.
La ciudad misma ha decaído, y a pesar de que los portugueses, que en los últimos tiempos se habían posesionado de ella, han realizado algunos adelantos, aún así, y como el perturbado estado del país ha puesto fin a todo comercio, los medios para llevar a cabo cualquier plan, con esos propósitos, son extremamente limitados. Antes había un suburbio muy extendido, con muchas casas quintas elegantes pertenecientes a los comerciantes españoles de la ciudad, pero ha sido tan completamente asolado durante las guerras de la independencia, que todo lo que ahora queda, de lo que en un tiempo albergara a una población de seis mil almas, son algunos muros rotos y parte de una capilla. Antes de esta lucha había catorce mil habitantes dentro de sus muros; este número se ha reducido ahora a cinco mil» *
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