Emeric E. Vidal, 215 años de posteridad
Una revisión necesaria en un medio escaso de publicaciones y ausencia total de un instituto de investigaciones en las artes visuales. Los artistas viajeros, en su mayoría del siglo XIX, no han merecido atención adecuada de los especialistas actuales que prefieren ignorar el pasado que fue, esquivar los archivos o escudriñar las obras de los museos históricos. Obsesionados por el presente, investigan sin conocer los cimientos de una identidad visual. Las imágenes modestas del ayer se filtran, impertinentes, en numerosos trabajos de la modernidad.
Celebrar o recordar los aniversarios puntuales de artistas plásticos uruguayos, escribió hace quince años en estas páginas el autor de esta nota, no es una simple rutina convencional ni un pretexto para la nostalgia. Menos aún, un afán erudito por contabilizar nombres y fechas.
Lo que interesa es llamar atención hacia creadores significativos que, de alguna manera, construyeron un lenguaje y forjaron una historia que es necesario rescatar y revisar de acuerdo a nuevos enfoques críticos y de investigación. El Uruguay es un país de frágil memoria y tacaño para reconocer el talento si no circula entre los círculos ideológicos del poder de turno o la discutible popularidad. Así, se dejaron pasar, frívolamente, los bicentenarios de pintores viajeros (Vidal, Monvoisin, Besnes e Irigoyen) y el centenario de Barradas en 1990, torpemente recordado por las nuevas autoridades municipales. Por eso, y con escasas posibilidades de ser instrumentadas como hechos tangibles, se insiste regularmente en recordar los aniversarios.
En 1991, en ocasión del 200º cumpleaños de Emeric E. Vidal (1791-1861), estuvo a punto de concretarse una exposición de sus obras en ambas márgenes rioplatenses y hasta en Londres. La férrea burocracia lo impidió. Quizá lo consiga nuevamente. No es, como la mayoría, un artista popular. Descendiente de una familia de marinos ingleses, Vidal vino al Río de la Plata en el buque Hyacinth con el cargo de contador y, por los informes que realizó, de agente secreto del imperio británico, en una época de feroces luchas por el dominio de las tierras americanas entre España, Portugal, Francia e Inglaterra.
Vidal no era un pintor profesional como otros artistas viajeros (D´Hastrel, Gras, Monvoisin) sino que se fue haciendo en la práctica. Ingresó en la Armada Británica a los 14 años y a los pocos años asumió el rango oficial de secretario del buque Clyde en el mar del Norte, luego escribiente y contador a bordo del Calypso y del Calíope. Desde 1809 a 1813 se encontró en situación de retiro, quizá para adquirir estudios sistemáticos referidos a la carrera militar pues presentó un proyecto de carro blindado para el ministerio de guerra que no fue aceptado. En 1813 reapareció a bordo del Speedy, se casó con la hija de un pastor, y ejecutó sus primeras acuarelas sobre el lago Ontario y las cataratas del Niágara en un viaje a Canadá. En setiembre de 1816 recaló en Montevideo en el Hyacinth desde donde elaboró acuarelas de Montevideo, Buenos Aires, Bahía y Río de Janeiro.
Permaneció hasta 1818, en el fragor de los conflictos de las luchas independentistas, recorriendo parte de la pampa argentina, la Banda Oriental y Paraguay. Cosechó numerosas acuarelas y dibujos, escribiendo, detrás de cada uno de ellos, textos descriptivos con sostenida caligrafía, típica de la época. Al regresar a Londres, el famoso editor Ackermann se interesó por ese material y Vidal le ofreció 25 trabajos (pero se publicaron 24) para ser trasladados a la litografía y formar un álbum que se editó en 1820 con el nombre Picturesque Illustrations / of Buenos Ayres / and / Monte Video/ consisting of / Twenty – four views:/ accompanied with / Descriptions of the Scenery, / and of the / Costumes, Manners, &c. of the inhabitans of those Cities / and their environs./ By E.E. Vidal.Esq. /London: / Published by R. Ackermann, 100, Strand / Printed by L. Harrison, 373, Strand. M.DCCC.XX. (Ilustraciones pintorescas de Buenos Aires y Montevideo, consistentes en veinticuatro vistas, acompañadas de descripciones del paisaje y de las indumentarias, costumbres, etc., de los habitantes de esas ciudades y de sus alrededores, por E. E. Vidal, Esq. Londres. Publicado por R. Ackermann, 101, Strand, etc. Impreso por L. Harrison, 373, Strand. M.DCCC:XX).
La edición tuvo un tiraje de 800 ejemplares (dos existentes en la Biblioteca Nacional de Montevideo) y 50 en tamaño mayor (uno en el Cabildo), con láminas grabadas al aguatinta y coloreadas a mano por los grabadores George Maile, Thomas Sutherland, J. Buck y Danil Havell, que se tomaron algunas libertades iconográficas en relación a los originales que ocasionaron vigorosas protestas de Vidal que, en el momento de la impresión, se encontraba fuera de Inglaterra. También se hizo un tiraje de las láminas sin texto con una tapa diferente a las anteriores. El libro se difundió mundialmente y tuvo un resonante éxito, al punto de que otras publicaciones piratearon varias reproducciones.
En 1943, en Buenos Aires, se hizo una reproducción facsimilar con traducción al español. Posteriormente, y sin registro de fecha (década del 60), Bonifacio del Carril, el mayor estudioso de Vidal, realizó para Emecé Editores e impreso por Gaglianone, Corrida de toros en Buenos Aires, tres acuarelas de Vidal, firmadas al dorso en 1817, 1818 y 1824, pertenecientes al Banco Shaw de Buenos Aires y a coleccionistas argentinos radicados en Washington, cuando la plaza de toros porteña estaba ubicada en la Plaza San Martín actual. En 1999, Emecé publicó, en la Serie Memoria Argentina, los textos íntegros de Vidal pertenecientes al famoso álbum y algunas ilustraciones.
En su doble condición de dibujante y escritor, Vidal proporcionó en Pintorescas ilustraciones… solamente tres aspectos de la Banda Oriental (una vista de Montevideo desde el río, soldado en la puerta de una pulpería y una estancia sobre el río San Pedro), privilegiando a Buenos Aires y alrededores. Por primera vez, una mirada
visitante traspasó los límites de las panorámicas desde el río y recorrió las calles y campos circundantes, recogiendo, en delicadas manchas acuareladas, con sencillez y objetividad, el trabajo y los días de sus habitantes: el reparto de leche, el aguatero, mendigos a caballo, la indumentaria de hombres y mujeres, las diversas faenas del campo, las carretas y los carruajes, con sabrosos comentarios escritos.
Una iconografía de excepcional interés y que, referida en su mayor parte a Buenos Aires, es asimilable a la montevideana. No le interesó las atrocidades de la tierra purpúrea ni cuestionó la ideología colonialista como lo hizo el alemán Johann Moritz Rugendas.
Vidal regresó en dos oportunidades a estas comarcas que entraron a formar parte del imaginario estético romántico de Europa. En 1826-29 y en 1835-37. Dejó el servicio activo en 1853 y murió en Brighton en 1861, cuando nacían Figari y Pallejá en Montevideo. De los tres períodos creadores de Vidal, el último, con temas de Lisboa (el Museo de la Ciudad no registra su presencia ni su nombre) y Río de Janeiro, es el de la madurez: una gran acuarela que capta el pasaje por el Cabo de Hornos, perteneciente a la colección Amalia Fortabat, lo sitúa a la altura de la mejor tradición de acuarelistas ingleses de los siglos XVIII y XIX, de la cual fue uno de sus herederos. Efectuar una exposición con el material existente en Montevideo sería reveladora de un pasado disuelto en la bruma de la memoria colectiva y de un artista de jerarquía, aunque los coleccionistas particulares de la vecina orilla (Horacio Porcel, Natalia Cohen, los Blaquier, el Banco Shaw) y los museos, que estarían, sin duda, dispuestos a c
olaborar, como lo hicieron 15 años atrás. Si es que hay auténtico interés en vencer la hasta ahora inamovible burocracia local. *
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