"PROMETEO Y LA JARRA DE PANDORA" DE CARLOS REHERMANN, EN TEATRO DE AGADU

Los sueños de la razón

l nombre de «Teatro del Umbral» nos parece definirlos, como si en el templo del arte no se atrevieran a franquear el umbral, con la modestia del publicano del Evangelio. Saben que al arte hay que llegar con el sombrero en la mano, y que la emoción artística se rehusará a cien visitas a los mejores museos del mundo y podrá dársenos, tal vez, en la evocación de un momento del lejano pasado en que mirábamos, sin pasión ni inteligencia, una rosa o una hormiga.

Pero los peregrinos deben abrirse camino hasta el altar. La divinidad se cansa con tantas muestras de respeto. Quizás hay algo de insolencia y de desparpajo en el arte; todo artista en algo Prometeo, porque tiene la inverosímil pretensión de competir con Dios, con traer algo nuevo al mundo; pero eso nuevo sólo puede provenir de su interior, ese territorio desconocido, más misterioso que los mitos griegos, mitos que, siglos hace, supieron expresarlo. Pero Rehermann y Massera le rinden al arte un sacrificio que no le es debido. Ponen todo en la creación, pero no desechan de la ofrenda a la inteligencia, herramienta temible en un artista y que en ambos es considerable. Lo comprenden todo; pero aquello que se ha comprendido con claridad, no puede ya decirse de modo espontáneo; casi diríamos que no puede decirse con sinceridad.

Buscan sus temas en la mitología y en la historia. En la mitología aliada a la historia, en «Minotauros»; en la mitología pura, en «Prometeo y la jarra de Pandora» y sólo en la historia, como en «A la guerra en taxi». Están muy cerca del misterio, pero dudan si hay o no que levantar el velo. Saben cuál es la piedra que hay que golpear con la vara de Moisés en la peña de Horeb para que brote agua, pero no golpean. No es el misterio de la jarra de Pandora el que debe revelarse; y hasta el enigma de la jarra, que no es el centro de la obra, queda sin conocerse.

Hay una actitud ambivalente en el libreto que atribuimos a esta cercana lejanía, a este merodear en el propíleo. Línea a línea, la historia que se narra es estremecedora; se trata de Prometeo, que robó para nosotros el fuego del cielo y por ello fue sometido a un horrible castigo; se trata de sus amores con Pandora, la primera mujer, que además comete el primer adulterio, la primera ruptura de un tabú. Pero el efecto a menudo es cómico, y no porque Rehermann se niegue a la tragedia. Lo cómico es la venganza de la inteligencia. Aparece Tiresias, que, ciego, ve el porvenir; ha leído a Freud, y aún conoce su vida; pero nos aleja, con su ciencia, de aquel mundo de pasiones bravías. Tiresias es un sexto sentido, al que quizás Rehermann debió prestar más atención, que entra de pronto en la escena y dice en voz alta que casi todo aquello le es ajeno.

Como lo quería Bertolt Brecht, la escena se aleja del espectador, por la forma inusual en que los actores dicen, se mueven y gesticulan; pero la acción es proyectada demasiado lejos, y no logramos entrever un puente hacia ella. Ningún personaje lleva los colores del autor y con ninguno de los personajes se nos invita a identificarnos; la ironía y los deliberados anacronismos nos desalientan un poco más. Iván Ilich sugirió que el hombre ha complicado demasiado la vida, y que debemos intentar al hombre epimeteico o volver a él; Prometeo fue algo así como el prototipo del rebelde, que no acepta al mundo como es, y por algo el joven Marx escribió un poema en su honor. Pandora es, como Eva, muy defendible; ni que hablar si dejamos la palabra a Robert Graves. Una identificación entre el espectador y un personaje quizás no es estrictamente necesaria para el teatro, pero es útil: es una cuerda sobre el abismo que separa al escenario de la platea. Pero Rehermann mira a los personajes imparcialmente y sin permitirse ninguna simpatía; parece que está demasiado absorto en la obra, y no parece vernos. No hay buen fin para los sueños de la razón. *

PROMETEO Y LA JARRA DE PANDORA, de Carlos Rehermann, por teatro del Umbral. Con Marcel García, Nelson González, Lila García y Fernando Gallego. Iluminación de Verónica Lagomarsino, música de Coriún Aharonián, Gabin Dabiré, Alan Hohvaness, Meredith Monk y Kevin Volans. Vestuario, selección musical, puesta en escena y dirección general de Sandra Massera. Teatro de Agadu. *

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