Un filme de alta factura y una comedia
El agujero es un filme que debe catalogárselo en el llamado «cine arte» y contiene una profunda reflexión acerca de las cuestiones que hacen a la identidad humana. A través de un relato casi de ciencia ficción, aunque vale aclarar que no es exactamente eso, se cuenta la relación entre dos jóvenes (él y ella) que han quedado aislados y apenas comunicados entre sí por un agujero, en una ciudad devastada por una epidemia. Se trata entonces de una parábola sobre la soledad, la incomunicación y el vacío que tiene más que ver con el cine de Antonioni que con cualquier novela de anticipación.
A principio de la década de los noventa, en una antología del cine coreano preparada por la cinemateca de Taipei y exhibida en Montevideo por la Cinemateca, aparecía una opera prima inesperada filmada ese mismo año por un joven Tsai Ming-liang, Rebeldes del dios Neón. Visión desesperada y violenta de una ciudad violenta, con luces de neón y máquinas electrónicas, jóvenes y adolescentes incapaces de experimentar y transmitir sentimientos pero capaces en cambio de rechazar ese mundo de cemento, el sida, la fascinación por la homosexualidad pero a la vez la ambigüedad sensorial por las mujeres. Ese filme era apenas la carta de presentación de uno de los mayores cineastas asiáticos actuales, un autor que fue descubierto a lo largo de una obra todavía escasa por la crítica occidental, y del cual Montevideo ha permanecido casi ajeno por las exclusiones que crea el sistema de distribución y exhibición homogéneo que cada día más limita el conocimiento del cine mundial y de los filmes de cineastas que están creando el cine del tiempo presente. Que no es desde luego el cine de la industria, ni el más indicado para el pop–corn. La otra película que hoy llega al circuito exhibidor es Millones, de Danny Boyle. Aquí, en tono de aventura, se narra cómo hacen dos niños de siete y nueve años de edad para gastar un cuarto de millón de libras esterlinas en tan solo una semana. Vale aclarar que esa fortuna llegó a sus manos por una extraña casualidad. El dinero fue robado en un tren que transporta caudales y los ladrones, en su acelerada fuga, extraviaron una de las valijas en que ocultaron el dinero. Esta maleta es encontrada por los pequeños, quienes en lugar de denunciar el hecho y devolver el botín a sus verdaderos dueños, deciden apropiárselo, tal vez por aquello de que «quien roba a un ladrón tiene cien años de perdón». La cuestión es que en una semana ese papel moneda perderá su vigencia y valor, ya que Gran Bretaña ingresa al sistema monetario del euro y las libras esterlinas que no hayan sido cambiadas en el lugar adecuado, no servirán más, serán sólo papel en desuso. Allí comienza la peripecia de los pequeños. Uno desea invertir en negocios, el otro ayudar a la gente más pobre. Y claro, detrás de todo esto, están los asaltantes del tren que buscan recuperar su botín cuanto antes les sea posible. *
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